Translate

martes, 23 de enero de 2018

COMO DESCUBRÍ AL SUPERHOMBRE - How I Found the Superman - G. K. Chesterton

COMO DESCUBRÍ AL SUPERHOMBRE

A los lectores de Bernard Shaw y de otros escritores modernos les interesará la noticia del descubrimiento del Superhombre. Yo lo descubrí: vive en South-Croydon. Mi hallazgo será un severo desengaño para Mr. Shaw, que ha seguido una pista falsa y anda buscándolo por Black-pool; y en cuanto a la esperanza de Mr. Wells de producirlo, a base de cuerpos gaseosos, en un laboratorio particular, siempre la creí predestinada al fracaso. Afirmo que el Superhombre de Croydon nació de una manera normal, aunque, por supuesto, él no tiene nada de normal.
Sus padres no son indignos del ser prodigioso que han dado al mundo. El nombre de Lady Hypatia Smythe-Browne (ahora Lady Hypatia Hagg) nunca será olvidado en los barrios pobres, tan atendidos por su benéfico celo. Su constante grito de Salvad a los niños fustigaba la negligencia cruel de quienes permiten al niño la posesión de juguetes de color vivo, pernicioso para la vista. Alegaba estadísticas irrefutables que demostraban que los niños a quienes no les vedan el espectáculo del violeta y del bermellón propenden muchas veces a la miopía en la extrema vejez; y a su cruzada infatigable se debe que el azote de las bolitas casi fuera barrido de las casas de inquilinato. La abnegada señora recorría las calles de sol a sol quitando los juguetes a los niños pobres, bondad que les llenaba los ojos de lágrimas. Su obra fue interrumpida, en parte por su nuevo interés en la religión de Zoroastro, en parte por un paraguazo feroz. Se lo infirió una disoluta verdulera irlandesa, que, al regresar de alguna orgía, se encontró en su dormitorio insalubre con Lady Hypatia descolgando una oleografía vulgar, cuya influencia, para no decir otra cosa, no podía ser edificante. La celta, analfabeta y alcoholizada, no sólo agredió a su bienhechora, sino que la acusó de robo. La mente, exquisitamente equilibrada, de Lady Hypatia, padeció un eclipse transitorio, durante el cual contrajo enlace con el doctor Hagg.
Hablar del doctor Hagg es innecesario. Quienes tengan la más leve noticia de esos atrevidos experimentos de Eugenesia Neo-Individualista, que constituyen la preocupación esencial de la democracia británica, sin duda conocen su nombre y lo han encomendado más de una vez a la protección personal de una Entidad impersonal. Desde muy joven aplicó a la historia de la religión su vasta y sólida cultura de ingeniero electricista. Poco después era uno de nuestros geólogos más ilustres, y logró esa clara visión del porvenir del socialismo, que es patrimonio de los geólogos. Al principio pareció advertirse una grieta, fina pero visible, entre sus opiniones y las de su aristocrática esposa. Ella era partidaria (para decirlo con su poderoso epigrama) de proteger a los pobres contra sí mismos; él sostenía, con una nueva y vigorosa metáfora, que en la lucha por la vida el triunfo debía adjudicarse a los triunfadores. Los dos, sin embargo, acabaron por percibir que sus respectivas opiniones eran inequívocamente modernas y en este luminoso adjetivo sus almas encontraron la paz. El resultado es que la unión de los dos tipos más altos de nuestra cultura, la gran dama y el hombre de ciencia autodidacto, fue bendecida por el nacimiento del Superhombre, del ser que aguardan día y noche todos los obreros de Battersea.
Encontré, sin mayor dificultad, la casa del doctor Hagg: está ubicada en una de las últimas calles de Croydon y la domina una fila de álamos. Llegué a la hora del crepúsculo y es comprensible que me pareciera advertir algo oscuro y monstruoso en la indefinida mole de aquella casa que hospedaba a un ser más prodigioso que todos los seres humanos. Fui recibido con exquisita cortesía por Lady Hypatia y su esposo, pero no vi en seguida al Superhornbre, que ya ha cumplido los quince años y vive solo en una pieza apartada. Mi diálogo con los padres no aclaró del todo la naturaleza de esa misteriosa criatura. Lady Hypatia, que tiene un rostro pálido y ansioso, ostentaba esos grises y medias tintas con los que ha dado alegría a tantos hogares pobres en Hoxton. No habia del fruto de su vientre con la vanidad vulgar de una madre humana. Tomé una decisión audaz y pregunté si el Superhombre era lindo.
-Crea su propio canon, como usted sabe -respondió con un leve suspiro-. En ese plano es más bello que Apolo. Desde nuestro plano inferior, por supuesto... -y volvió a suspirar.
Tuve un horrible impulso y dije de golpe: -¿Tiene pelo?
Hubo un silencio largo y penoso. El doctor Hagg dijo con suavidad:
-Todo en ese plano es distinto: lo que tiene no es... lo que nosotros llamaríamos pelo, aunque...
-¿No te parece -murmuró su mujer-, no te parece que, para evitar discusiones, conviene llamarlo pelo, cuando uno se dirige al gran público?
-Quizá tengas razón -dijo el doctor, después de un instante-. Tratándose de pelo como ése hay que hablar en parábolas.
-Bueno, ¿qué diablos es -pregunté con alguna irritación- si no es pelo? ¿Son plumas?
-No plumas, según nuestro concepto de plumas -contestó Hagg con una voz terrible.
Me levanté, impaciente.
-Sea como fuere, ¿puedo verlo? -pregunté-. Soy periodista y sólo me traen aquí la curiosidad y la vanidad personal. Me gustaría decir que he estrechado la mano del Superhombre.
Marido y mujer también estaban de pie, muy incómodos.
-Bueno, usted comprenderá -dijo Lady Hypatia con su encantadora sonrisa de gran dama-. Usted comprenderá que hablar de manos... su estructura es tan diferente...
Olvidé todas las normas sociales. Arremetí contra la puerta del aposento que encerraba sin duda a la criatura increíble. Entré: la pieza estaba a oscuras. Oí un triste y débil gemido; a mi espalda retumbó un doble grito:
-¡Qué imprudencia! -exclamó el doctor Hagg, llevándose las manos a la cabeza-. Lo ha expuesto a una corriente de aire. ¡El Superhombre ha muerto!
Esa noche, al salir de Croydon, vi hombres enlutados cargando un féretro que no tenía forma humana. El viento se quejaba sobre nosotros, agitando los álamos, que se inclinaban y oscilaban como penachos de algún funeral cósmico.


G. K. Chesterton 
JORGE LUIS BORGES & ADOLFO BIOY CASARES CUENTOS BREVES Y EXTRAORDINARIOS  

________________________________

Readers of Mr. Bernard Shaw and other modern writers may be interested to know that the Superman has been found. I found him; he lives in South Croydon. My success will be a great blow to Mr. Shaw, who has been following quite a false scent, and is now looking for the creature in Blackpool; and as for Mr. Wells's notion of generating him out of gases in a private laboratory I always thought it doomed to failure. I assure Mr. Wells that the Superman at Croydon was born in the ordinary way, though he himself, of course, is anything but ordinary.
Nor are his parents unworthy of the wonderful being whom they have given to the world. The name of Lady Hypatia Smythe-Brown (now Lady Hypatia Hagg) will never be forgotten in the East End, where she did such splendid social work. Her constant cry of "Save the children!" referred to the cruel neglect of children's eyesight involved in allowing them to play with crudely painted toys. She quoted unanswerable statistics to prove that children allowed to look at violet and vermillion often suffered from failing eyesight in their extreme old age; and it was owing to her ceaseless crusade that the pestilence of the Monkey-on-the-Stick was almost swept from Hoxton.
The devoted worker would tramp the streets untiringly, taking away the toys from all the poor children, who were often moved to tears by her kindness. Her good work was interrupted, partly by a new interest in the creed of Zoroaster, and partly by a savage blow from an umbrella. It was inflicted by a dissolute Irish apple-woman, who, on returning from some orgy to her ill-kept apartment, found Lady Hypatia in the bedroom taking down some oleograph, which, to say the least of it, could not really elevate the mind.
At this the ignorant and partly intoxicated Celt dealt the social reformer a severe blow, adding to it an absurd accusation of theft. The lady's exquisitely balanced mind received a shock; and it was during a short mental illness that she married Dr. Hagg.
Of Dr. Hagg himself I hope there is no need to speak. Anyone even slightly acquainted with those daring experiments in Neo-Individualist Eugenics, which are now the one absorbing interest of the English democracy, must know his name and often commend it to the personal protection of an impersonal power. Early in life he brought to bear that ruthless insight into the history of religions that he gained in boyhood as an electrical engineer. Later he became one of our greatest geologists; and achieved that bold and bright outlook upon the future of Socialism which only geology can give. At first there seems something like a rift, a faint, but perceptible, fissure, between his views and those of his aristocratic wife.
For she was in favour (to use her own powerful epigram) of protecting the poor against themselves; while he declared pitilessly, in a new and striking metaphor, that the weakest must go to the wall. Eventually, however, the married pair perceived an essential union in the unmistakably modern character of both their views; and in this enlightening and comprehensive expression their souls found peace. The result is that this union of the two highest types of our civilisation, the fashionable lady and all but vulgar medical man, has been blessed by the birth of the Superman, that being whom all the labourers in Battersea are so eagerly expecting night and day.
I found the house of Dr. and Lady Hypatia Hagg without much difficulty; it is situated in one of the last straggling streets of Croydon, and overlooked by a line of poplars. I reached the door towards the twilight, and it was natural that I should fancifully see something dark and monstrous in the dim bulk of that house which contained the creature who was more marvellous than the children of men. When I entered the house I was received with exquisite courtesy by Lady Hyptia and her husband; but I found much greater difficulty in actually seeing the Superman, who is now about fifteen years old, and is kept by himself in a quiet room. Even my conversation with the father and mother did not quite clear up the character of the mysterious being. Lady Hypatia, who has a pale and poignant face, and is clad in those impalpable and pathetic greys and greens with which she has brightened so many homes in Hoxton, did not appear to talk of her offspring with any of the vulgar vanity of an ordinary human mother. I took a bold step and asked if the Superman was nice looking.
'He creates his own standard, you see,' she replied, with a slight sigh. 'Upon that plane he is more than Apollo. Seen from our lower plane, of course...' And she sighed again.
I had a horrible impulse, and said suddenly, 'Has he got any hair?'
There was a long and painful silence, and then Dr. Hagg said smoothly, 'Everything upon that plane is different; what he has got is not...well, not, of course, what we call hair...but...'
'Don't you think,' said his wife, very softly, 'don't you think that really, for the sake of argument, when talking to the mere public, one might call it hair?'
'Perhaps you are right,' said the doctor after a few moments' reflection. 'In connection with hair like that one must speak in parables.'
'Well, what on earth is it,' I asked in some irritation, 'if it isn't hair? Is it feathers?'
'Not feathers, as we understand feathers,' answered Hagg in an awful voice.
I got up in some irritation. 'Can I see him, at any rate?' I asked. 'I am a journalist, and have no earthly motives except curiosity and personal vanity. I should like to say that I had shaken hands with the Superman.'
The husband and wife had both got heavily to their feet, and stood embarrassed.
'Well, of course, you know,' said Lady Hypatia, with the really charming smile of the aristocratic hostess. 'You know he can't exactly shake hands...not hands, you know....The structure, of course...'
I broke out of all social bounds, and rushed at the door of the room which I thought to contain the incredible creature. I burst it open; the room was pitch dark. But from in front of me came a small sad yelp, and from behind me a double shriek.
'You have done it, now!' cried Dr. Hagg, burying his bald brow in his hands. 'You have let in a draught on him; and he is dead.'
As I walked away from Croydon that night I saw men in black carrying out a coffin that was not of any human shape. The wind wailed above me, whirling the poplars, so that they drooped and nodded like the plumes of some cosmic funeral.
'It is, indeed,' said Dr. Hagg, 'the whole universe weeping over the frustration of its most magnificent birth.' But I thought that there was a hoot of laughter in the high wail of the wind.

G. K. ChestertonDaily News, 1909



martes, 15 de agosto de 2017

Cómo seré - Ángel González - Poema

CÓMO SERÉ - Ángel González -

¿Cómo seré yo
Cuando no sea yo?

Cuando el tiempo
Haya modificado mi estructura,
Y mi cuerpo sea otro,
Otra mi sangre,
Otros mis ojos y otros mis cabellos.

Pensaré en ti, tal vez.
Seguramente,
Mis sucesivos cuerpos
-Prolongándome, vivo, hacia la muerte-

Se pasarán de mano en mano
De corazón a corazón,
De carne a carne,
El elemento misterioso

Que determina mi tristeza
Cuando te vas,
Que me impulsa a buscarte ciegamente,
Que me lleva a tu lado

Sin remedio:
Lo que la gente llama amor, en suma.
Y los ojos
-Qué importa que no sean estos ojos-
Te seguirán a donde vayas, fieles.



miércoles, 2 de agosto de 2017

-Noción de la mañana - Javier Sologuren - Poema

Noción de la mañana


Voy de tu mano entre los limpios juncos,
entre nubes ligeras, entre espacios
de tierna sombra. Voy en tus ojos.

Voy de tu mano como quien respira
la pausa cálida del viento,
como quien pisa en el aire blandos frutos,
como quien bebe su risueño aroma.

(No he de perder el trino y la corriente
que te moja de libres claridades,
ni tu cabello suelto como el río
que apresura sus labios en la sombra).


Del libro: Detenimientos (1947)


martes, 11 de julio de 2017

Casa de cuervos - Blanca Varela - Poema

Casa de cuervos


porque te alimenté con esta realidad
mal cocida
por tantas y tan pobres flores del mal
por este absurdo vuelo a ras de pantano
ego te absolvo de mí
laberinto hijo mío

no es tuya la culpa
ni mía
pobre pequeño mío
del que hice este impecable retrato
forzando la oscuridad del día
párpados de miel
y la mejilla constelada
cerrada a cualquier roce
y la hermosísima distancia
de tu cuerpo
tu náusea es mía
la heredaste como heredan los peces
la asfixia
y el color de tus ojos
es también el color de mi ceguera
bajo el que sombras tejen
sombras y tentaciones
y es mía también la huella
de tu talón estrecho
de arcángel
apenas pasado en la entreabierta ventana
y nuestra
para siempre
la música extranjera
de los cielos batientes
ahora leoncillo
encarnación de mi amor
juegas con mis huesos
y te ocultas entre tu belleza
ciego sordo irredento
casi saciado y libre
con tu sangre que ya no deja lugar
para nada ni nadie

aquí me tienes como siempre
dispuesta a la sorpresa
de tus pasos
a todas las primaveras que inventas
y destruyes
a tenderme -nada infinita-
sobre el mundo
hierba ceniza peste fuego
a lo que quieras por una mirada tuya
que ilumine mis restos
porque así es este amor
que nada comprende
y nada puede
bebes el filtro y te duermes
en ese abismo lleno de ti
música que no ves
colores dichos
largamente explicados al silencio
mezclados como se mezclan los sueños
hasta ese torpe gris
que es despertar
en la gran palma de dios
calva vacía sin extremos
y allí te encuentras
sola y perdida en tu alma
sin más obstáculo que tu cuerpo
sin más puerta que tu cuerpo
así este amor
uno solo y el mismo
con tantos nombres
que a ninguno responde
y tú mirándome
como si no me conocieras
marchándote
como se va la luz del mundo
sin promesas
y otra vez este prado
este prado de negro fuego abandonado
otra vez esta casa vacía
que es mi cuerpo
a donde no has de volver


Blanca Varela - Casa de cuervos, del libro Ejercicios materiales (1978-1993)

lunes, 10 de julio de 2017

Letanía del solitario - Juan Gonzalo Rose - Poema

Letanía del solitario


Cada tarde te pierdo,
como se pierde el tiempo
o la esperanza.
Cada tarde,
definitivamente,
te pierdo
como se pierde la paciencia.
Cada tarde
dices no.
Mueves la cabeza y dices no.
Mueves la tierra y dices no.
No mueves los labios y tu silencio dice no.
Infatigablemente,
cada tarde,
mi café solitario obscurece el planeta.


Juan Gonzalo Rose - Letanía del solitario, del libro Simple canción (1960)

jueves, 6 de julio de 2017

César Calvo - Dan las campanas tu recuerdo en punto - Poema

Dan las campanas tu recuerdo en punto.
Afuera se pasean las dos de la mañana.
Nada pudo diciembre contra el semestre tuyo.
Nada el sol silencioso contra tu sombra hablada.
Desde el fondo de todo
lo que tengo,
me faltas.
Dan tu recuerdo en punto las campanas.
Y afuera se pasean,
de una
en una,
las dos
de la mañana.

César Calvo - Dan las campanas tu recuerdo en punto, del libro Poemas bajo tierra (1961)


martes, 4 de julio de 2017

A Islandia - Ísland - Jorge Luis Borges - Poema

A Islandia
De las regiones de la hermosa tierra
Que mi carne y su sombra han fatigado
Éres la más remota y la más íntima,
Última Thule, Islandia de las naves,
Del terco arado y del constante remo,
De las tendidas redes marineras,
De esa curiosa luz de tarde inmóvil
Que efunde el vago cielo desde el alba
Y del viento que busca los perdidos
Velámenes del viking. Tierra sacra
Que fuiste la memoria de Germania
Y rescataste su mitología
De una selva de hierro y de su lobo
Y de la nave que los dioses temen,
Labrada con las uñas de los muertos.
Islandia, te he soñado largamente
Desde aquella mañana en que mi padre
Le dio al niño que he sido y que no ha muerto
Una versión de la Völsunga Saga
Que ahora está descifrando mi penumbra
Con la ayuda del lento diccionario.
Cuando el cuerpo se cansa de su hombre,
Cuando el fuego declina y ya es ceniza,
Bien está el resignado aprendizaje
De una empresa infinita; yo he elegido
El de tu lengua, ese latín del Norte
Que abarcó las estepas y los mares
De un hemisferio y resonó en Bizancio
Y en las márgenes vírgenes de América.
Sé que no lo sabré, pero me esperan
Los eventuales dones de la busca,
No el fruto sabiamente inalcanzable.
Lo mismo sentirán quienes indagan
Los astros o la serie de los números...
Sólo el amor, el ignorante amor, Islandia.



















En El oro de los tigres (1972)