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jueves, 23 de octubre de 2008

A CÉSAR CALVO AGRADECIÉNDOLE QUE ESTÉ AQUÍ - Manuel Scorza

Manuel Scorza (Lima, 1928-1983)

En el principio el hombre abandonaba a sus muertos.
Hace cincuenta mil años comenzó a cavar tumbas.
En la piel de las cavernas cinceló sus miedos bellísimos:
descubrió la poesía.
Por eso estamos aquí,
aventando palabras contra el cielo indiferente.
Cecilia, mi hija, juega con sus años:
cuatro guijarros de colores.
La vida pasa tan rápido, César, que una tarde
la miraremos salir para el parque
y regresar hermosísima mujer.
Así es, César, la vida huye tan rápido
que uno de estos días deberíamos tratar de decir la verdad.
Por favor, qué ocurrencia.
¡El mayordomo tiene órdenes estrictas
de tirarle la puerta al pasado!
Porque jóvenes aúreos,
en las breñas del horror de América combatían entonces
por un mundo más bello.
Mortalmente heridos caían
más que por la metralla llagados por sus sueños.
Hermosos nacían a la muerte.
Mientras nosotros tatuábamos poemas olvidados
en cuerpos olvidados de mujeres olvidadas.
En chinganas de mala muerte cauterizábamos nuestra melancolía
bebiendo aguardiente que no era Agua Ardiente.
Lenín no apreciaba a los poetas:
cortó groseramente un poema de Maicovski.
Vladimir Maicovski se mató.
Pero Lenín se equivocaba: el Che llevaba en su mochila
acribillados versos de León Felipe
y Javier Heraud llevaba una carta tuya en su chaqueta.
El impiadoso río Madre de Dios arrastró su cuerpo,
tu cuerpo, mi cuerpo, nuestra acribillada juventud, todo.
Pero la vida fluye más rápido que el río Madre de Dios.
¡Imposible erigir un mundo nuevo
sin desembarcar en las Indias entrevistas en nuestros sueños!
Una revolución que sólo es una revolución no es una revolución.
¡Hay que volcarlo todo, hay que quemarlo todo, hay que arrancarlo todo!
No permitir que vuelva a retornar jamás la misma realidad,
la misma familia, la misma agua, los mismos padres,
la misma luz, la misma patria, el mismo futuro, la misma tristeza,
la misma religión, el mismo sol!
¿Quién se atrevería a absolvernos?Un inmortal poema nos absolvería.
Pero los años han pasado y no hemos mencionado la Palabra Ígnea.
La vida es tan fugaz, César, que una de estas tardes
saldrás a comprar cigarros
y regresarás a contar chistes en nuestros velorios.
Y ahora sí te acepto un pisco.
Porque a pesar de esta tristeza, la vida vale la pena:
estoy alegre, estoy árbol, estoy exaltado, estoy
con mis amigos, estoy relámpago, estoy luz.
Porque el hombre que está más cerca de su muerteque de su nacimiento
necesita urgentemente ser feliz.
Hace cincuenta mil años, en la piel de las cavernas,comencé a grabar este poema.
Por eso estoy aquí aventando palabras contra el cielo indiferente.

¿Cuál es la obligación moral del verdadero hombre culto? - Marco Aurelio Denegri

Artículo del poligrafo peruano

Por Marco Aurelio Denegri.


"La obligación moral del verdadero hombre culto –dice el gran novelista Henry Miller– es corromper. Sí, corromper, y corromper especialmente a los jóvenes, a los niños. Hay que salvar a las nuevas generaciones de la obra nefasta de la educación. Hay que abrirles los ojos a nuestros hijos, por fin, después de muchos años de obscurantismo. Los grandes hombres del pasado, Sócrates, Jesús, San Francisco, todos ellos fueron terribles corruptores. Sus palabras y sus ejemplos disgregaron el orden establecido, liberaron los sentimientos reprimidos, dieron nuevo valor a los estímulos de la mente y del cuerpo. Pero ahora nos hallamos en una encrucijada: felicidad o destrucción. El hombre debe elegir."


Disidente y crítico insobornable del Sistema, Miller dice frontal y resuelto en la página inicial de su Trópico de Cáncer lo siguiente:


"¿Y qué es, entonces, esto que escribo? No es un libro. Es libelo, calumnia, difamación. No es un libro en el sentido ordinario de la palabra. No. Es un insulto prolongado, un escupitajo en la faz del Arte, una patada en el culo a Dios, al Hombre, al Destino, al Tiempo, al Amor, a la Belleza..., a lo que gustes y mandes. Voy a cantar para ti, un poco desentonado, quizá, pero cantaré. Cantaré mientras te estés muriendo y bailaré sobre tu sucio cadáver."


Anécdota dictatorial


El dictador venezolano Antonio Guzmán Blanco (1829-1899), encarnación del autoritarismo drástico, pronunció una frase célebre en su lecho de muerte. Al pedirle su confesor que perdonara a sus enemigos, respondió:


"No puedo; los he matado a todos."


Esta anécdota consta en el libro de Jacques Bainville, Los Dictadores. Al cabo de muchos años he releído esta obra y sigo juzgando admisibles las palabras liminares del autor.


"La dictadura –dice Bainville– es como muchas cosas. Puede ser la mejor o la peor de las formas de gobierno. Hay excelentes dictaduras. Las hay detestables. Buenas o malas, ocurre, por lo demás, que con frecuencia las imponen las circunstancias. Entonces los interesados no eligen: soportan."


También me siguen pareciendo juiciosos los párrafos finales de la Conclusión.


"Eckermann preguntaba un día a Goethe –escribe Bainville– si la humanidad no vería el fin de las guerras. ‘Sí’, respondió el olímpico de Weimar, ‘con tal de que los gobiernos sean siempre inteligentes y los pueblos siempre razonables’.


"Otro tanto diremos de las dictaduras. Se evitan cumpliendo las mismas condiciones. Pero los buenos gobiernos son raros. Y Voltaire dijo que el grueso del género humano ha sido y será siempre imbécil."


El auténtico dictador es transparente en su conducta y jamás se avergüenza de ser abusivo y despreciador sistemático y obstinado de la democracia y las leyes.
Los dictadores de la antigüedad eran así y por eso Flaubert, que los admiraba, decía que detestaba la dictadura moderna, porque era bestia y tímida, al paso que elogiaba a Heliogábalo y Nerón por la diafanidad de sus brutalidades y atropellos, y porque no se avergonzaban de cometerlos.


Seguramente Flaubert asentía gozoso a lo que el hagiógrafo dice en el siguiente pasaje:"Conozco tus obras y sé que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Mas porque eres tibio y no caliente ni frío, estoy por vomitarte de mi boca." (Apocalipsis, 3: 15-16.)




HENRY MILLER. (1891-1980) (Esta fotografía de Miller –muy buena– se la tomó en 1946 el pintor, fotógrafo y cineasta norteamericano, Man Ray, 1890-1977.)

miércoles, 22 de octubre de 2008

La saeta - Antonio Machado

¿Quien me presta una escalera
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?

(Saeta Popular)

¡Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!

¡Cantar del pueblo andaluz
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la Cruz!
¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero,
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

¿Y el hombre dónde estaba? - Mario Vargas Llosa

Por Mario Vargas Llosa

El País

En el año 1944, en Dhaka, Bengala, entonces todavía parte de la India, un niño de once años vio llegar arrastrándose al jardín de su casa a un hombre malherido que pedía agua. Se llamaba Kader Mia y era un operario musulmán miserable que, pese a los desórdenes y las matanzas que ensangrentaban la ciudad, había salido a trabajar para poder alimentar a su familia. Lo lincharon en la calle fanáticos hinduistas por el único delito de ser musulmán, así como muchos musulmanes fanáticos degollaban en los barrios de Dakha a los hinduistas que encontraban en su camino. Kader Mia falleció en los brazos de aquel niño y su padre cuando éstos trataban de llevarlo a un hospital.

Amartya Sen, el niño de mi historia, nunca olvidó aquel episodio de su infancia ni las matanzas de cientos de miles de personas que ocurrieron aquellos días en la India por la guerra religiosa desatada entre hinduistas y musulmanes, que culminaría con el desmembramiento del país y el nacimiento de Paquistán, país que, años más tarde, se desmembraría a su vez por luchas despiadadas entre los propios musulmanes, por razones étnicas y regionales, a causa de las cuales nacería Bangladesh.

Desde aquel entonces, el futuro economista y filósofo, galardonado con el Premio Nobel de Economía y uno de los pensadores liberales más lúcidos de nuestro tiempo, aprendió a desconfiar de esas categorías colectivas -religión, raza, nación, lengua, etcétera- que pretenden definir de manera concluyente lo que es un individuo y a ver en esa "minimalización del ser humano", como la llama, a la corta o a la larga, una semilla de violencia y de crimen.

"¿Y el hombre dónde estaba?", dice uno de los versos del Canto general, de Neruda, que recuerdo desde la primera vez que lo leí, de adolescente. Es la pregunta que parece hacerse Amartya Sen en cada una de las páginas de su último libro, Identity and Violence. The Illusion of Destiny , recientemente publicado en una Inglaterra que he encontrado -vuelvo después de casi ocho meses- removida, desde las bombas terroristas de julio de 2005, con debates y dilemas sobre los temas del multiculturalismo y la existencia en el suelo británico de comunidades de razas, lenguas, culturas y credos diferentes.

En efecto, ¿dónde están el hombre y la mujer singulares y concretos, de carne y hueso, en esas abstracciones en que los disuelven los teorizadores, políticos y clérigos colectivistas para quienes la credencial definitiva y determinante de un individuo es su pertenencia a un colectivo? Disueltos, desaparecidos, regresados brutalmente a la condición tribal, a ser sólo piezas desechables del ente gregario, de modo que así puedan ser mejor odiados o endiosados.

Aunque su libro sea una refundición de conferencias y textos escritos para todos los rincones del mundo, y por momentos resulte algo repetitivo, se trata de un ensayo apasionante, valeroso y polémico, que trata de hacer prevalecer el análisis racional y la sensatez intelectual sobre los actos de fe, los prejuicios y las pasiones políticas que generalmente enturbian toda discusión sobre la identidad, el multiculturalismo, la globalización y la nacionalidad en nuestros días, en un mundo que, desde los terribles atentados terroristas de Nueva York, Washington, Madrid y Londres, se siente inseguro y confuso sobre aquellos asuntos y al que, sobre todo, el fenómeno de una inmigración creciente e inatajable de personas de confesión musulmana ha llenado de prevenciones y suspicacias.

Amartya Sen recuerda una y otra vez, con ejemplos al alcance de la inteligencia más elemental, que todo ser humano es muchas cosas a la vez y que tratar de encajonarlo en una "pequeña cajita" -por ejemplo, su religión, su raza o su lengua- es desnaturalizarlo totalmente y condenarse a no entenderlo. Todos pertenecemos a muchas colectividades y esa múltiple pertenencia, a la vez que nos acerca y emparienta con un vasto sector, nos va diferenciando y alejando de otros (de los que también somos parte). De este modo surge nuestra identidad, en razón de una combinación muy compleja, y en cada caso diferente, de circunstancias que nos son impuestas y elecciones libres con las que confirmamos o rechazamos lo que se nos viene dado por nacimiento, familia o educación, y optamos por algo distinto.

Las identidades colectivas suprimen mediante una reducción arbitraria aquellas matizaciones y ven en los seres humanos no criaturas soberanas, con derechos y deberes inherentes a su individualidad, sino productos seriales, idénticos entre sí, privilegiando una sola de sus características -por ejemplo, ser negro, musulmán, cristiano, blanco, budista, vasco, judío, etcétera- y aboliendo todas las demás.

Ese descuartizamiento de la humanidad en bloques rígidamente diferenciados es peligroso, porque alienta el fanatismo de quienes se consideran superiores -el pueblo elegido, la raza pura, la verdadera religión, la clase redentora, la nación ejemplar- y los autoriza a ejercer la violencia sobre los otros.

Es, además, una distorsión profunda de la realidad humana, sobre todo en la época moderna, uno de cuyos grandes logros es justamente haber abierto mucho el espectro de opciones entre las que el hombre y la mujer pueden, mediante un libre ejercicio de su libertad, decidir ser diferentes del grupo, secta, comunidad o colectivo del que proceden.

La identidad no es una condición metafísica, estática, sino una realidad viva y, por lo tanto, en permanente proceso de recreación.

Yo soy un buen ejemplo de ese crucigrama de pertenencias y rechazos que, como dice Amartya Sen, constituyen la identidad de un individuo, para mí la única aceptable. Peruano, latinoamericano, español, europeo, escritor, periodista, agnóstico en materia religiosa y liberal y demócrata en política, individualista, heterosexual, adversario de dictadores y constructivistas sociales -nacionalistas, fascistas, comunistas, islamistas, indigenistas, etcétera-, defensor del aborto, del matrimonio gay, del Estado laico, de la legalización de las drogas, de la enseñanza de la religión en las escuelas, del mercado y la empresa privada, con debilidades por el anarquismo, el erotismo, el fetichismo, la buena literatura y el mal cine, de mucho sexo y tiroteo.

¿Se agota lo que soy en esa pequeña enumeración en la que, a simple vista, abundan las incoherencias y contradicciones? No. Podría llenar todavía varias páginas más mencionando todo lo que creo ser y no ser y estoy seguro de que siempre se me quedarían muchas cosas en el tintero. Cada una de ellas me solidariza con buen número de personas y me enemista con otras tantas y de toda esa amalgama de tensiones y fraternidades, que nunca se aquieta, que está siempre rehaciéndose, resulta mi identidad, la única en que me reconozco. Todo el mundo podría decir otro tanto de sí mismo, si se examina con imparcialidad.


Amartya Sen reconoce, desde luego, que uno de los rasgos de una persona puede, en ciertas circunstancias, convertirse en esencial. Ser judío en la Alemania nazi, por ejemplo, o ser negro en la Africa del Sur del apartheid, reducía a una persona a ser sólo eso, a los ojos de los victimarios racistas, para poder matarla o discriminarla con buena conciencia. Ser gay entre homófobos o ateo entre creyentes fanáticos obliga a una persona a privilegiar esta condición sobre las otras, ya que ella lo convierte en un marginal y a veces en un perseguido. En todos estos casos son los otros, por su intolerancia y sus prejuicios, quienes imponen aquella reducción de la complejidad y diversidad que es todo ser humano, para hacerle sentir, al que se diferencia del rebaño, su rechazo o su odio. El profesor Sen -indio de nacimiento, inglés de formación, profesor a caballo de Harvard y de Cambridge, ciudadano del mundo por vocación- critica en su libro a los gobiernos que, como el británico y el francés, con las mejores intenciones, han convertido en personeros e interlocutores de las comunidades de inmigrantes musulmanes a los líderes religiosos.

¿No es ésta también, se pregunta, una manera de confinar a los inmigrantes en una de esas cajitas gregarias donde son desindividualizados y transformados en masa? Si se quiere que los inmigrantes se integren en las sociedades occidentales lo peor que se puede hacer es entregarlos atados de pies y manos a esos clérigos entre los que, a menudo, figuran los islamistas más intolerantes y opuestos a toda forma de asimilación. Estoy casi en todo de acuerdo con los sólidos argumentos de Amartya Sen. Salvo en uno. Para él, ni siquiera la cultura, en su vasta acepción -las tradiciones, la lengua, los usos y costumbres- constituye un obstáculo considerable para que una persona singular pueda elegir su soberanía optando por opciones totalmente ajenas a su comunidad. Sin duda, ése es el ideal, que la libertad pueda ejercitarse por todos y de modo tan radical. Pero me temo que no sea así y que, en muchos casos, el factor cultural constituya un obstáculo mayor para que un hombre o una mujer puedan romper con la tiranía de la tribu. No es imposible que lo consigan, pero el precio puede ser muy alto. Aconsejo a quien lo ponga en duda que lea la autobiografía de Ayaan Hirsi Ali, Infidel , donde narra la heroica aventura que fue para ella emanciparse de la opresión religiosa y cultural y conquistar su libertad. Me entusiasma que los dos ensayos más importantes recién aparecidos en Occidente sobre la cultura de la libertad los hayan escrito un indio y una somalí.

miércoles, 15 de octubre de 2008

EL GRIFO (Borges)




(Este texto fue lo primero que leí de este gran escritor no solo argentino, sino universal. Quizá no pueda expresar mediante palabras lo que siente un niño de siete años cuando descubre un universo, porque eso fue para mi todavia niño lo que representó la obra de Borges)

"Monstruos alados", dice de los Grifos Herodoto, al referir su guerra continua con los Arimaspos; casi tan impreciso es Plinio, que habla de las largas orejas y del pico curvo de estos "pájaros fabulosos" (X, 70). Quizá la descripción más detallada es la del problemático Sir John Mandeville, en el capítulo ochenta y cinco de sus famosos Viajes:

"De esta tierra (Turquía) los hombres irán a la tierra de Bactria, donde hay hombres malvados y astutos, y en esa tierra hay árboles que dan lana, como si fueran ovejas, de la que hacen tela. En esa tierra hay "ypotains" (hipopótamos) que a veces moran en la tierra, a veces en el agua, y son mitad hombre y mitad caballo, y sólo se alimentan de hombres, cuando los consiguen. En esa tierra hay muchos Grifos, más que en otros lugares, y algunos dicen que tienen el cuerpo delantero de águila, y el trasero de león, y tal es la verdad, porque así están hechos; pero el Grifo tiene el cuerpo mayor que ocho leones y es más robusto que cien águilas. Porque sin duda llevará volando a su nido un caballo con el jinete, o dos bueyes uncidos cuando salen a arar, porque tiene grandes uñas en los pies, del grandor de cuerpos de bueyes, y con éstas hacen copas para beber, y con las costillas, arcos para tirar".

En Madagascar, otro famoso viajero, Marco Polo, oyó hablar del roc, y al principio entendió que se referían al "uccello grifone", al pájaro Grifo (Viajes, III, 36).

En la Edad Media, la simbología del Grifo es contradictoria. Un bestiario italiano dice que significa el demonio; en general, es emblema de Cristo, y así lo explica Isidoro de Sevilla en sus Etimologías: "Cristo es león porque reina y tiene la fuerza; águila, porque, después de la resurrección, sube al cielo".

En el canto veintinueve del Purgatorio, Dante sueña con un carro triunfal tirado por un Grifo; la parte de águila es de oro, la de león es blanca, mezclada con bermejo, por significar, según los comentadores, la naturaleza humana de Cristo.(Blanco mezclado con bermejo da el color de la carne. Estos recuerdan la descripción del Esposo en el Cantar de los Cantares ( V, 10-11 ): "Mi amado, blanco y bermejo...; su cabeza como oro".

Otros entienden que Dante quería simbolizar al Papa, que es sacerdote y rey. Escribe Didron, en su Iconografía cristiana: "El Papa, como pontífice o águila, se eleva hasta el trono de Dios a recibir sus órdenes, y como león o rey anda por la tierra con fortaleza y con vigor".
Giancarlo Haro

martes, 14 de octubre de 2008

DONDE SE HABRAN IDO? (Borges)

Esta milonga fue publicada en 1965 en el libro "Para las seis cuerdas"

Según su costumbre, el sol
Brilla y muere, muere y brilla
Y en el patio, como ayer,
Hay una luna amarilla,
Pero el tiempo, que no ceja,
Todas las cosas mancilla
Se acabaron los valientes
Y no han dejado semilla.

Dónde están los que salieron
A libertar las naciones
O afrontaron en el Sur
Las lanzas de los malones?
Dónde están los que a la guerra
Marchaban en batallones?
Dónde están los que morían
En otras revoluciones?

-No se aflija. En la memoria
de los tiempos venideros
También nosotros seremos
Los tauras y los primeros.

El ruin será generoso
y el flojo será valiente:
No hay cosa como la muerte
Para mejorar la gente.

Dónde está la valerosa
Chusma que pisó esta tierra,
La que doblar no pudieron
Perra vida y muerte perra,
Los que en duro arrabal
Vivieron como en la guerra,
Los Muraña por el Norte
Y por el Sur los Iberra?

Qué fue de tanto animoso?
Qué fue de tanto bizarro?
A todos los gastó el tiempo,
A todos los tapa el barro.

Juan Muraña se olvidó
Del Cadenero y del carro
Y ya no sé si Moreira
Murió en Lobos o en Navarro.

-No se aflija. En la memoria
de los tiempos venideros
También nosotros seremos
Los tauras y los primeros.

El ruin será generoso
y el flojo será valiente:
No hay cosa como la muerte
Para mejorar la gente.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Calumniando al pisco (Cesar Hildebrant)

Dicen que el pisco es la patria líquida, el río ardiente de nuestras raíces. Pero yo lo uso como elevador de octanaje.Dicen que el pisco es lo que Chile no puede tener, el maná de Baco y la divina copita milagrosa. Pero a mí me tienta usarlo como desatorador.

Dicen que cura el resfrío, mata el berrinche, limpia las venas, entumece las tristezas, alivia la gastritis, le da su chiquita al sarro arterial, es amigo de la digestión y enemigo de las pedorreras, dicen que es el secreto de la longevidad iqueña y que hasta sus borracheras son apacibles y dormilonas. Pero a mí no me pasa por el gaznate.

Pero sobre todo dicen que no se puede ser peruano sin el pisco, que el pisco te da un DNI afectivo que no puedes obtener en ninguna parte y que si no lo bebes con entusiasmo o lo chupas de las cañerías de la misma patria, entonces algo de traidorzuelo tienes, un aire de no haber cantado a Polo Campos ni de haber jaraneado en el club ese que tiene un Señor de los Milagros gigante tras el zaguán. Pero a mí el pisco me sabe a agua pesada con iridio.

Más: no he podido jamás llenarme el buche con esa sustancia corrosiva que no quiere que te la tomes sino que busca dominarte, invadirte y hasta incriminarte.

Más: a mí el pisco siempre me ha parecido un producto ajeno al campo y al sol, lejano de los valles soleados y los agricultores ensombrerados del sur chico.

Porque creí hasta hace poco que el pisco era el elíxir inventado por un químico loco y hasta llegué a creer que la quebranta era una cal que podía conseguirse en las ferreterías. En suma, llegué a creer que la Química Suiza era una gran productora de pisco.

Dicen que el pisco es arriba Perú y no nos ganan y que este aguardiente-fetiche es, además, imprescindible en las ceremonias de graduación de los adolescentes que pasan al estadio de hombres hechos y derechos.

–Salud, Javiercito –dice el papá. Y Javiercito liquida la enésima copita antes de caer desmayado para siempre. Este fuego aceitoso, esta agua que hierve sin hervir, esta quinina que gotea, esta lengua viperina de las uvas, este tufo de dragón metido en una botella, este pisco idolatrado por todos a mí me parece el más linajudo de los ácidos muriáticos. Mil perdones.

martes, 7 de octubre de 2008

Hermes psicopompo


Psicopompos son aquellos seres de los ciclos mitológicos o religiosos capaces de conducir las almas de los muertos hacia una nueva realidad, sea ésta el más allá, el Infierno, el Cielo, el Valhalla. La palabra proviene del griego ψυχοπομπός, que se compone de psyche, "alma", y pompós, "el que guía o conduce"o "el guia de almas".

Aunque en ocasiones se asocie esta figura con el chamán, o Jung la identificase como la mediadora entre las parcelas conscientes e inconscientes, las auténticas fuentes de información acerca de este peculiar rol las encontramos en las mitologías. Conceptos, deidades y figuras místicas como Anubis, Hermes, Morfeo, Azrael, el Ángel Gabriel, Baldur, la Muerte con su guadaña, los shinigami japoneses o incluso la Santa Compaña, son todos manifestaciones tradicionales del psicopompo. Animales como los cuervos, caballos, búhos, perros o ciervos están íntimamente ligados a esta idea.

Como tan a menudo suele suceder, la ficción no se libra de esta ancestral figura, tan arraigada en el inconsciente colectivo. Stephen King utilizó a los gorriones como psicopompos en la novela La Mitad Oscura. Previamente, Lovecraft había hecho lo propio con los chotacabras en El Horror de Dunwich. En La Divina Comedia de Boccacio, Virgilio toma ese rol, guiando a Dante hacia el Purgatorio en el poema Inferno. Incluso algunas interpretaciones del Peter Pan de James Barrie identifican a dicha criatura faérica con la figura mitológica que nos traemos entre manos.
En Necrorama, este concepto es adoptado por la Ocupación de taxista. Los taxistas viajan desde Iron City a la Tierra mediante poderosa hechicería tarótica enlazada en automóviles y otros transportes. Allí, “cosechan” las almas de los moribundos y las guían a la City, donde son vendidas para su procesamiento en las Tanatofábricas.

Ciertamente los animales psicopompos han sido un recurso habitual a lo largo de la historia de las religiones. En la Edad del Hierro del Norte de Europa se creía que las grullas, en su viaje invernal hacia las desconocidas tierras del Sur, se llevaban con ellas a las almas, regresando más tarde para partir de nuevo al año siguiente. Por todo ello que la representación de este animal no es algo inusual en la cerámica de la época. Por otra parte, en la Celtiberia pre-romana la función de “portador de almas” era atribuída a otro animal, el buitre, el cual tras devorar al difunto se elevaba en los cielos para llevar su alma al más allá. Una visión bastante menos poética, y eso que las grullas también se dejan ver por estos lares, aunque más relacionada con el hecho de la muerte. Un bonito ejemplo de esta creencia podemos encontrarlo en una cerámica procedente de Numancia expuesta en el Museo Arqueológico de Soria, en la que puede observarse la representación de guerreros muertos tras una batalla y sobre ellos grandes figuras aladas… Al menos estas son las interpretaciones que conozco.

Estas criaturas están asociadas principalmente con determinados animales, espíritus, deidades, ángeles o demonios que están representadas a través de los siglos.