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jueves, 2 de mayo de 2019

Poema Si - If - Rudyard Kipling

Si… 

Si puedes mantener la cabeza cuando todo a tu alrededor
pierde la suya y te culpan por ello;
Si puedes confiar en ti mismo cuando todos dudan de ti,
pero admites también sus dudas;
Si puedes esperar sin cansarte en la espera,
o, siendo engañado, no pagar con mentiras,
o, siendo odiado, no dar lugar al odio,
y sin embargo no parecer demasiado bueno, ni hablar demasiado sabiamente;

Si puedes soñar-y no hacer de los sueños tu maestro;
Si puedes pensar-y no hacer de los pensamientos tu objetivo;
Si puedes encontrarte con el triunfo y el desastre
y tratar a esos dos impostores exactamente igual,
Si puedes soportar oír la verdad que has dicho
retorcida por malvados para hacer una trampa para tontos,
O ver rotas las cosas que has puesto en tu vida
y agacharte y reconstruirlas con herramientas desgastadas;

Si puedes hacer un montón con todas tus ganancias
y arriesgarlo a un golpe de azar,
y perder, y empezar de nuevo desde el principio
y no decir nunca una palabra acerca de tu pérdida;
Si puedes forzar tu corazón y nervios y tendones
para jugar tu turno mucho tiempo después de que se hayan gastado
y así mantenerte cuando no queda nada dentro de ti
excepto la Voluntad que les dice: “¡Resistid!”

Si puedes hablar con multitudes y mantener tu virtud
o pasear con reyes y no perder el sentido común;
Si ni los enemigos ni los queridos amigos pueden herirte;
Si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado;
Si puedes llenar el minuto inolvidable
con un recorrido de sesenta valiosos segundos.
Tuya es la Tierra y todo lo que contiene,
y —lo que es más— ¡serás un Hombre, hijo mío!

If…

If you can keep your head when all about you
Are losing theirs and blaming it on you;
If you can trust yourself when all men doubt you,
But make allowance for their doubting too;
If you can wait and not be tired by waiting,
Or, being lied about, don’t deal in lies,
Or, being hated, don’t give way to hating,
And yet don’t look too good, nor talk too wise;

If you can dream – and not make dreams your master;
If you can think – and not make thoughts your aim;
If you can meet with triumph and disaster
And treat those two imposters just the same;
If you can bear to hear the truth you’ve spoken
Twisted by knaves to make a trap for fools,
Or watch the things you gave your life to broken,
And stoop and build ‘em up with wornout tools;

If you can make one heap of all your winnings
And risk it on one turn of pitch-and-toss,
And lose, and start again at your beginnings
And never breath a word about your loss;
If you can force your heart and nerve and sinew
To serve your turn long after they are gone,
And so hold on when there is nothing in you
Except the Will which says to them: “Hold on”;

If you can talk with crowds and keep your virtue,
Or walk with kings – nor lose the common touch;
If neither foes nor loving friends can hurt you;
If all men count with you, but none too much;
If you can fill the unforgiving minute
With sixty seconds’ worth of distance run –
Yours is the Earth and everything that’s in it,
And – which is more – you’ll be a Man my son!

Rudyard Kipling

martes, 23 de enero de 2018

COMO DESCUBRÍ AL SUPERHOMBRE - How I Found the Superman - G. K. Chesterton

COMO DESCUBRÍ AL SUPERHOMBRE

A los lectores de Bernard Shaw y de otros escritores modernos les interesará la noticia del descubrimiento del Superhombre. Yo lo descubrí: vive en South-Croydon. Mi hallazgo será un severo desengaño para Mr. Shaw, que ha seguido una pista falsa y anda buscándolo por Black-pool; y en cuanto a la esperanza de Mr. Wells de producirlo, a base de cuerpos gaseosos, en un laboratorio particular, siempre la creí predestinada al fracaso. Afirmo que el Superhombre de Croydon nació de una manera normal, aunque, por supuesto, él no tiene nada de normal.
Sus padres no son indignos del ser prodigioso que han dado al mundo. El nombre de Lady Hypatia Smythe-Browne (ahora Lady Hypatia Hagg) nunca será olvidado en los barrios pobres, tan atendidos por su benéfico celo. Su constante grito de Salvad a los niños fustigaba la negligencia cruel de quienes permiten al niño la posesión de juguetes de color vivo, pernicioso para la vista. Alegaba estadísticas irrefutables que demostraban que los niños a quienes no les vedan el espectáculo del violeta y del bermellón propenden muchas veces a la miopía en la extrema vejez; y a su cruzada infatigable se debe que el azote de las bolitas casi fuera barrido de las casas de inquilinato. La abnegada señora recorría las calles de sol a sol quitando los juguetes a los niños pobres, bondad que les llenaba los ojos de lágrimas. Su obra fue interrumpida, en parte por su nuevo interés en la religión de Zoroastro, en parte por un paraguazo feroz. Se lo infirió una disoluta verdulera irlandesa, que, al regresar de alguna orgía, se encontró en su dormitorio insalubre con Lady Hypatia descolgando una oleografía vulgar, cuya influencia, para no decir otra cosa, no podía ser edificante. La celta, analfabeta y alcoholizada, no sólo agredió a su bienhechora, sino que la acusó de robo. La mente, exquisitamente equilibrada, de Lady Hypatia, padeció un eclipse transitorio, durante el cual contrajo enlace con el doctor Hagg.
Hablar del doctor Hagg es innecesario. Quienes tengan la más leve noticia de esos atrevidos experimentos de Eugenesia Neo-Individualista, que constituyen la preocupación esencial de la democracia británica, sin duda conocen su nombre y lo han encomendado más de una vez a la protección personal de una Entidad impersonal. Desde muy joven aplicó a la historia de la religión su vasta y sólida cultura de ingeniero electricista. Poco después era uno de nuestros geólogos más ilustres, y logró esa clara visión del porvenir del socialismo, que es patrimonio de los geólogos. Al principio pareció advertirse una grieta, fina pero visible, entre sus opiniones y las de su aristocrática esposa. Ella era partidaria (para decirlo con su poderoso epigrama) de proteger a los pobres contra sí mismos; él sostenía, con una nueva y vigorosa metáfora, que en la lucha por la vida el triunfo debía adjudicarse a los triunfadores. Los dos, sin embargo, acabaron por percibir que sus respectivas opiniones eran inequívocamente modernas y en este luminoso adjetivo sus almas encontraron la paz. El resultado es que la unión de los dos tipos más altos de nuestra cultura, la gran dama y el hombre de ciencia autodidacto, fue bendecida por el nacimiento del Superhombre, del ser que aguardan día y noche todos los obreros de Battersea.
Encontré, sin mayor dificultad, la casa del doctor Hagg: está ubicada en una de las últimas calles de Croydon y la domina una fila de álamos. Llegué a la hora del crepúsculo y es comprensible que me pareciera advertir algo oscuro y monstruoso en la indefinida mole de aquella casa que hospedaba a un ser más prodigioso que todos los seres humanos. Fui recibido con exquisita cortesía por Lady Hypatia y su esposo, pero no vi en seguida al Superhornbre, que ya ha cumplido los quince años y vive solo en una pieza apartada. Mi diálogo con los padres no aclaró del todo la naturaleza de esa misteriosa criatura. Lady Hypatia, que tiene un rostro pálido y ansioso, ostentaba esos grises y medias tintas con los que ha dado alegría a tantos hogares pobres en Hoxton. No habia del fruto de su vientre con la vanidad vulgar de una madre humana. Tomé una decisión audaz y pregunté si el Superhombre era lindo.
-Crea su propio canon, como usted sabe -respondió con un leve suspiro-. En ese plano es más bello que Apolo. Desde nuestro plano inferior, por supuesto... -y volvió a suspirar.
Tuve un horrible impulso y dije de golpe: -¿Tiene pelo?
Hubo un silencio largo y penoso. El doctor Hagg dijo con suavidad:
-Todo en ese plano es distinto: lo que tiene no es... lo que nosotros llamaríamos pelo, aunque...
-¿No te parece -murmuró su mujer-, no te parece que, para evitar discusiones, conviene llamarlo pelo, cuando uno se dirige al gran público?
-Quizá tengas razón -dijo el doctor, después de un instante-. Tratándose de pelo como ése hay que hablar en parábolas.
-Bueno, ¿qué diablos es -pregunté con alguna irritación- si no es pelo? ¿Son plumas?
-No plumas, según nuestro concepto de plumas -contestó Hagg con una voz terrible.
Me levanté, impaciente.
-Sea como fuere, ¿puedo verlo? -pregunté-. Soy periodista y sólo me traen aquí la curiosidad y la vanidad personal. Me gustaría decir que he estrechado la mano del Superhombre.
Marido y mujer también estaban de pie, muy incómodos.
-Bueno, usted comprenderá -dijo Lady Hypatia con su encantadora sonrisa de gran dama-. Usted comprenderá que hablar de manos... su estructura es tan diferente...
Olvidé todas las normas sociales. Arremetí contra la puerta del aposento que encerraba sin duda a la criatura increíble. Entré: la pieza estaba a oscuras. Oí un triste y débil gemido; a mi espalda retumbó un doble grito:
-¡Qué imprudencia! -exclamó el doctor Hagg, llevándose las manos a la cabeza-. Lo ha expuesto a una corriente de aire. ¡El Superhombre ha muerto!
Esa noche, al salir de Croydon, vi hombres enlutados cargando un féretro que no tenía forma humana. El viento se quejaba sobre nosotros, agitando los álamos, que se inclinaban y oscilaban como penachos de algún funeral cósmico.


G. K. Chesterton 
JORGE LUIS BORGES & ADOLFO BIOY CASARES CUENTOS BREVES Y EXTRAORDINARIOS  

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Readers of Mr. Bernard Shaw and other modern writers may be interested to know that the Superman has been found. I found him; he lives in South Croydon. My success will be a great blow to Mr. Shaw, who has been following quite a false scent, and is now looking for the creature in Blackpool; and as for Mr. Wells's notion of generating him out of gases in a private laboratory I always thought it doomed to failure. I assure Mr. Wells that the Superman at Croydon was born in the ordinary way, though he himself, of course, is anything but ordinary.
Nor are his parents unworthy of the wonderful being whom they have given to the world. The name of Lady Hypatia Smythe-Brown (now Lady Hypatia Hagg) will never be forgotten in the East End, where she did such splendid social work. Her constant cry of "Save the children!" referred to the cruel neglect of children's eyesight involved in allowing them to play with crudely painted toys. She quoted unanswerable statistics to prove that children allowed to look at violet and vermillion often suffered from failing eyesight in their extreme old age; and it was owing to her ceaseless crusade that the pestilence of the Monkey-on-the-Stick was almost swept from Hoxton.
The devoted worker would tramp the streets untiringly, taking away the toys from all the poor children, who were often moved to tears by her kindness. Her good work was interrupted, partly by a new interest in the creed of Zoroaster, and partly by a savage blow from an umbrella. It was inflicted by a dissolute Irish apple-woman, who, on returning from some orgy to her ill-kept apartment, found Lady Hypatia in the bedroom taking down some oleograph, which, to say the least of it, could not really elevate the mind.
At this the ignorant and partly intoxicated Celt dealt the social reformer a severe blow, adding to it an absurd accusation of theft. The lady's exquisitely balanced mind received a shock; and it was during a short mental illness that she married Dr. Hagg.
Of Dr. Hagg himself I hope there is no need to speak. Anyone even slightly acquainted with those daring experiments in Neo-Individualist Eugenics, which are now the one absorbing interest of the English democracy, must know his name and often commend it to the personal protection of an impersonal power. Early in life he brought to bear that ruthless insight into the history of religions that he gained in boyhood as an electrical engineer. Later he became one of our greatest geologists; and achieved that bold and bright outlook upon the future of Socialism which only geology can give. At first there seems something like a rift, a faint, but perceptible, fissure, between his views and those of his aristocratic wife.
For she was in favour (to use her own powerful epigram) of protecting the poor against themselves; while he declared pitilessly, in a new and striking metaphor, that the weakest must go to the wall. Eventually, however, the married pair perceived an essential union in the unmistakably modern character of both their views; and in this enlightening and comprehensive expression their souls found peace. The result is that this union of the two highest types of our civilisation, the fashionable lady and all but vulgar medical man, has been blessed by the birth of the Superman, that being whom all the labourers in Battersea are so eagerly expecting night and day.
I found the house of Dr. and Lady Hypatia Hagg without much difficulty; it is situated in one of the last straggling streets of Croydon, and overlooked by a line of poplars. I reached the door towards the twilight, and it was natural that I should fancifully see something dark and monstrous in the dim bulk of that house which contained the creature who was more marvellous than the children of men. When I entered the house I was received with exquisite courtesy by Lady Hyptia and her husband; but I found much greater difficulty in actually seeing the Superman, who is now about fifteen years old, and is kept by himself in a quiet room. Even my conversation with the father and mother did not quite clear up the character of the mysterious being. Lady Hypatia, who has a pale and poignant face, and is clad in those impalpable and pathetic greys and greens with which she has brightened so many homes in Hoxton, did not appear to talk of her offspring with any of the vulgar vanity of an ordinary human mother. I took a bold step and asked if the Superman was nice looking.
'He creates his own standard, you see,' she replied, with a slight sigh. 'Upon that plane he is more than Apollo. Seen from our lower plane, of course...' And she sighed again.
I had a horrible impulse, and said suddenly, 'Has he got any hair?'
There was a long and painful silence, and then Dr. Hagg said smoothly, 'Everything upon that plane is different; what he has got is not...well, not, of course, what we call hair...but...'
'Don't you think,' said his wife, very softly, 'don't you think that really, for the sake of argument, when talking to the mere public, one might call it hair?'
'Perhaps you are right,' said the doctor after a few moments' reflection. 'In connection with hair like that one must speak in parables.'
'Well, what on earth is it,' I asked in some irritation, 'if it isn't hair? Is it feathers?'
'Not feathers, as we understand feathers,' answered Hagg in an awful voice.
I got up in some irritation. 'Can I see him, at any rate?' I asked. 'I am a journalist, and have no earthly motives except curiosity and personal vanity. I should like to say that I had shaken hands with the Superman.'
The husband and wife had both got heavily to their feet, and stood embarrassed.
'Well, of course, you know,' said Lady Hypatia, with the really charming smile of the aristocratic hostess. 'You know he can't exactly shake hands...not hands, you know....The structure, of course...'
I broke out of all social bounds, and rushed at the door of the room which I thought to contain the incredible creature. I burst it open; the room was pitch dark. But from in front of me came a small sad yelp, and from behind me a double shriek.
'You have done it, now!' cried Dr. Hagg, burying his bald brow in his hands. 'You have let in a draught on him; and he is dead.'
As I walked away from Croydon that night I saw men in black carrying out a coffin that was not of any human shape. The wind wailed above me, whirling the poplars, so that they drooped and nodded like the plumes of some cosmic funeral.
'It is, indeed,' said Dr. Hagg, 'the whole universe weeping over the frustration of its most magnificent birth.' But I thought that there was a hoot of laughter in the high wail of the wind.

G. K. ChestertonDaily News, 1909



lunes, 10 de julio de 2017

Letanía del solitario - Juan Gonzalo Rose - Poema

Letanía del solitario


Cada tarde te pierdo,
como se pierde el tiempo
o la esperanza.
Cada tarde,
definitivamente,
te pierdo
como se pierde la paciencia.
Cada tarde
dices no.
Mueves la cabeza y dices no.
Mueves la tierra y dices no.
No mueves los labios y tu silencio dice no.
Infatigablemente,
cada tarde,
mi café solitario obscurece el planeta.


Juan Gonzalo Rose - Letanía del solitario, del libro Simple canción (1960)

jueves, 6 de julio de 2017

César Calvo - Dan las campanas tu recuerdo en punto - Poema

Dan las campanas tu recuerdo en punto.
Afuera se pasean las dos de la mañana.
Nada pudo diciembre contra el semestre tuyo.
Nada el sol silencioso contra tu sombra hablada.
Desde el fondo de todo
lo que tengo,
me faltas.
Dan tu recuerdo en punto las campanas.
Y afuera se pasean,
de una
en una,
las dos
de la mañana.

César Calvo - Dan las campanas tu recuerdo en punto, del libro Poemas bajo tierra (1961)


lunes, 26 de junio de 2017

María Gómez Lara - Astillas - Poema

ASTILLAS
                                     Los verdaderos poemas son incendios
                                     VICENTE HUIDOBRO



voy frotando una astilla contra otra
y es inútil

no habrá fuego
en mis restos de madera

pude rescatar del naufragio
un trozo de leña

hueco de tormenta
atravesado por tanta agua salada

lo quebré
para inventar dos trizas que se juntan
dos chispas
que no estaban
el revés de un vacío un agujero

aquí sigo todavía estrellando mis astillas

nada que encender
y te haces humo
nada que apagar
y eres ceniza

miércoles, 21 de junio de 2017

Ecuador - Benjamín Prado - Poema

Ecuador

Hace falta la noche para ver las estrellas.

Igual que ayer, hoy busco -lo dijo Juan Ramón-
una verdad aún sin realidad;
busco en la tinta verde de todo lo que escribo
un planeta sin nombre o una jungla perdida.

Y hace falta la noche.

Yo me siento en las sombras,
prendo un fósforo,
tallo mis esmeraldas, construyo mis panales.
Todo es igual y todo es diferente.

La vida,
que fue un río,
es ahora un océano,
el pasado es la arena y el agua es el futuro.

Hace falta la noche.

Todo está en mí
lo mismo que un clavo en la madera:
cada paso en la nieve,
cada luz apagada,
cada piel encendida.

sábado, 11 de marzo de 2017

AQUEL BELLO PARIENTE DE LOS PÁJAROS - César Calvo - Poema

AQUEL BELLO PARIENTE DE LOS PÁJAROS - César Calvo

Aquel bello pariente de los pájaros
que escondía su sombra de la lluvia
mientras tú dirigías
sobre ardientes cuadernos el vuelo de su mano.
El niño que subía
por el estambre rojo del verano
para contarte ríos de perfume,
cabellos rubios y país de nardos.
Tu niño preferido -¡si lo vieras!-
es el alma de un ciego que pena entre los cactus.
Es hoy el otro, el sin reír, el pálido,
rabioso jardinero de otoños enterrados.

¿Y sabiendo esto lo quisiste tanto?
¿Lo acostumbraste al mar,
al sol,
al viento, para que hoy ande respirando asfixias
en un pozo de náufragos?
¿Para esta pobre condición de niebla
defendiste su luz de enamorado?

Poesía, no quiero este camino
que me lleva a pisar sangre en el prado
cuando la luna dice que es rocío
y cuando mi alma jura que es espanto.

Poesía, no quiero este destino.
Llévate tus sandalias.
¡Devuélveme mis manos!

El final de la historia lo dirán las estrellas
y las hojas que cubren mi sueño sepultado.

lunes, 6 de febrero de 2017

LA DULCE VENGANZA DE JOSEF HASSID - CARLA BADILLO CORONADO

LA DULCE VENGANZA DE JOSEF HASSID

(a partir de La meditación de Thaïs)
A Iván Brull

La luz sólo es quebrada / por quien encuentra belleza
en medio de las sombras.
Una puerta a medio abrir es mi cerebro,
por eso escucho la voz que ilumina el temblor de los ciegos.
Los sonidos son la perpetuación de la vida,
como una ola gigante que en la orilla no muere.
Y sube y baja la marea del instinto
mientras el violín lo toca aquel que murió a los 26,
luego de que le abrieran el cráneo en una lobotomía.


¿Pero qué sale del cerebro de un genio?
¿Pus dorada?
¿Embriones de pájaros extintos?
¿Humo con olor a azufre, a jazmín, a brea?
¿Qué brota de alguien que sólo nace cada 200 años
para darnos a los mortales un poco de belleza?
Y un poco de dolor, desde luego,
porque todo lo bello duele.
Por eso un genio viene cada 200 años
y se venga de los doctores del Tiempo
haciéndoles lobotomía a través de la música.
Y ya con la tapa del cráneo abierta
les susurra muy bajito al oído:
No dejes de respirar los sonidos,
No dejes de sentir, no dejes de sentir,
que todavía estás vivo.

sábado, 11 de abril de 2015

Lugar llamado Kindberg - Julio Cortázar


Lugar llamado Kindberg - Julio Cortázar

Llamado Kindberg, a traducir ingenuamente por montaña de los niños o a verlo como la montaña gentil, la amable montaña, así o de otra manera un pueblo al que llegan de noche desde una lluvia que se lava rabiosamente la cara contra el parabrisas, un viejo hotel de galerías profundas donde todo está preparado para el olvido de lo que sigue allí afuera golpeando y arañando, el lugar por fin, poder cambiarse, saber que se está tan bien al abrigo; y la sopa en la gran sopera de plata, el vino blanco, partir el pan y darle el primer pedazo a Lina que lo recibe en la palma de la mano como si fuera un homenaje, y lo es, y entonces le sopla por encima vaya a saber por qué pero tan bonito ver que el flequillo de Lina se alza un poco y tiembla como si el soplido devuelto por la mano y por el pan fuera a levantar el telón de un diminuto teatro, casi como si desde ese momento Marcelo pudiera ver salir a escena los pensamientos de Lina, las imágenes y los recuerdos de Lina que sorbe su sopa sabrosa soplando siempre sonriendo.

Y no, la frente lisa y aniñada no se altera, al principio es sólo la voz que va dejando caer pedazos de persona, componiendo una primera aproximación a Lina chilena, por ejemplo, y un tema canturreado de Archie Shepp, las uñas un poco comidas pero muy pulcras contra una ropa sucia de auto-stop y dormir en granjas o albergues de la juventud. La juventud, se ríe Lina sorbiendo la sopa como una osita, seguro que no te la imaginas: fósiles, fíjate, cadáveres vagando como en esa película de miedo de Romero.

Marcelo está por preguntarle qué Romero, primera noticia del tal Romero, pero mejor dejarla hablar, lo divierte asistir a esa felicidad de comida caliente, como antes su contento en la pieza con chimenea esperando crepitando, la burbuja burguesa protectora de una billetera de viajero sin problemas, la lluvia estrellándose ahí afuera contra la burbuja como esa tarde en la cara blanquísima de Lina al borde de la carretera a la salida del bosque en el crepúsculo, qué lugar para hacer auto-stop y sin embargo ya, otro poco de sopa osita, cómame que necesita salvarse de una angina, el pelo todavía húmedo pero ya chimenea crepitando esperando ahí en la pieza de gran cama Habsburgo, de espejos hasta el suelo con mesitas y caireles y cortinas y por qué estabas ahí bajo el agua decime un poco, tu mamá te hubiera dado una paliza.

Cadáveres, repite Lina, mejor andar sola, claro que si llueve pero no te creas el abrigo es impermeable de veras, no más que un poco el pelo y las piernas, ya está, una aspirina si acaso. Y entre la panera vacía y la nueva llenita que ya la osezna saquea y qué manteca más rica, ¿y tú qué haces, por qué viajas en ese tremendo auto, y tú por qué, ah y tú argentino? Doble aceptación de que el azar hace bien las cosas, el previsible recuerdo de que si ocho kilómetros antes Marcelo no se hubiera detenido a beber un trago, la osita ahora metida en otro auto o todavía en el bosque, soy corredor de materiales prefabricados, es algo que obliga a viajar mucho pero esta vez ando vagando entre dos obligaciones. Osezna atenta y casi grave, qué es eso de prefabricados, pero desde luego tema aburrido, qué le va a hacer, no puede decirle que es domador de fieras o director de cine o Paul McCartney: la sal. Esa manera brusca de insecto o pájaro aunque osita flequillo bailoteándole, el refrán recurrente de Archie Shepp, tienes los discos, pero cómo, ah bueno. Dándose cuenta, piensa irónico Marcelo, de que lo normal sería que él no tuviera los discos de Archie Shepp y es idiota porque en realidad claro que los tiene y a veces los escucha con Marlene en Bruselas y solamente no sabe vivirlos como Lina que de golpe canturrea un trozo entre dos mordiscos, su sonrisa suma de free-jazz y bocado gulasch y osita húmeda de auto-stop, nunca tuve tanta suerte, fuiste bueno. Bueno y consecuente, entona Marcelo revancha bandoneón, pero la pelota sale de la cancha, es otra generación, es una osita Shepp, ya no tango, che.

Por supuesto queda todavía la cosquilla, casi un calambre agridulce de eso a la llegada a Kindberg, el parking del hotel en el enorme hangar vetusto, la vieja alumbrándoles el camino con una linterna de época, Marcelo valija y portafolios, Lina mochila y chapoteo, la invitación a cenar aceptada antes de Kindberg, así charlamos un poco, la noche y la metralla de la lluvia, mala cosa seguir, mejor paramos en Kindberg y te invito a cenar, oh sí gracias qué rico, así se te seca la ropa, lo mejor es quedarse aquí hasta mañana, que llueva que llueva la vieja está en la cueva, oh sí dijo Lina, y entonces el parking, las galerías resonantes góticas hasta la recepción, qué calentito este hotel, qué suerte una gota de agua la última en el borde del flequillo, la mochila colgando osezna girl-scout con tío bueno, voy a pedir las piezas así te secas un poco antes de cenar. Y la cosquilla, casi un calambre ahí abajo, Lina mirándolo toda flequillo, las piezas qué tontería, pide una sola. Y él no mirándola pero la cosquilla agradesagradable, entonces es un yiro, entonces es una delicia, entonces osita sopa chimenea, entonces una más y qué suerte viejo porque está bien linda. Pero después viéndola sacar de la mochila el otro par de blue-jeans y el pull-over negro, dándole la espalda charlando qué chimenea, huele, fuego perfumado, buscándole aspirinas en el fondo de la valija entre vitaminas y desodorantes y after-shave y hasta dónde pensás llegar, no sé, tengo una carta para unos hippies de Copenhague, unos dibujos que me dio Cecilia en Santiago, me dijo que son tipos estupendos, el biombo de raso y Lina colgando la ropa mojada, volcando indescriptible la mochila sobre la mesa franciscojosé dorada y arabescos James Baldwin kleenex botones anteojos negros cajas de cartón Pablo Neruda paquetitos higiénicos plano de Alemania, tengo hambre, Marcelo me gusta tu nombre suena bien y tengo hambre, entonces vamos a comer, total para ducha ya tuviste bastante, después acabas de arreglar esa mochila, Lina levantando la cabeza bruscamente, mirándolo: Yo no arreglo nunca nada, para qué, la mochila es como yo y este viaje y la política, todo mezclado y qué importa. Mocosa, pensó Marcelo calambre, casi cosquilla (darle las aspirinas a la altura del café, efecto más rápido) pero a ella le molestaban esas distancias verbales, esos vos tan joven y cómo puede ser que viajes así sola, en mitad de la sopa se había reído: la juventud, fósiles, fíjate, cadáveres vagando como en esa película de Romero. Y el gulasch y poco a poco desde el calor y la osezna de nuevo contenta y el vino, la cosquilla en el estómago cediendo a una especie de alegría, a una paz, que dijera tonterías, que siguiera explicándole su visión de un mundo que a lo mejor había sido también su visión alguna vez aunque ya no estaba para acordarse, que lo mirara desde el teatro de su flequillo, de golpe seria y como preocupada y después bruscamente Shepp, diciendo tan bueno estar así, sentirse seca y dentro de la burbuja y una vez en Avignon cinco horas esperando un stop con un viento que arrancaba las tejas, vi estrellarse un pájaro contra un árbol, cayó como un pañuelo fíjate: la pimienta por favor.

Entonces (se llevaban la fuente vacía) pensás seguir hasta Dinamarca siempre así, ¿pero tenés un poco de plata o qué? Claro que voy a seguir, ¿no comes la lechuga?, pásamela entonces, todavía tengo hambre, una manera de plegar las hojas con el tenedor y masticarlas despacio canturreándoles Shepp con de cuando en cuando una burbujita plateada plop en los labios húmedos, boca bonita recortada terminando justo donde debía, esos dibujos del renacimiento, Florencia en otoño con Marlene, esas bocas que pederastas geniales habían amado tanto, sinuosamente sensuales sutiles etcétera, se te está yendo a la cabeza este Riesling sesenta y cuatro, escuchándola entre mordiscos y canturreos no sé cómo acabé filosofía en Santiago, quisiera leer muchas cosas, es ahora que tengo que empezar a leer. Previsible, pobre osita tan contenta con su lechuga y su plan de tragarse Spinoza en seis meses mezclado con Allen Ginsberg y otra vez Shepp: cuánto lugar común desfilaría hasta el café (no olvidarse de darle la aspirina, si me empieza a estornudar es un problema, mocosa con el pelo mojado la cara toda flequillo pegado la lluvia manoteándola al borde del camino) pero paralelamente entre Shepp y el fin del gulasch todo iba como girando de a poco, cambiando, eran las mismas frases y Spinoza o Copenhague y a la vez diferente, Lina ahí frente a él partiendo el pan bebiendo el vino mirándolo contenta, lejos y cerca al mismo tiempo, cambiando con el giro de la noche, aunque lejos y cerca no era una explicación, otra cosa, algo como una mostración, Lina mostrándole algo que no era ella misma pero entonces qué, decime un poco. Y dos tajadas al hilo de gruyere, por qué no comes, Marcelo, es riquísimo, no comiste nada, tonto, todo un señor como tú, porque tú eres un señor, ¿no?, y ahí fumando mando mando mando sin comer nada, oye, y un poquito más de vino, tú querrías, ¿no?, porque con este queso te imaginas, hay que darle una bajadita de nada, anda, come un poco: más pan, es increíble lo que como de pan, siempre me vaticinaron gordura, lo que oyes, es cierto que ya tengo barriguita, no parece pero sí, te juro, Shepp.

Inútil esperar que hablara de cualquier cosa sensata y por qué esperar (porque tú eres un señor, ¿no?), osezna entre las flores del postre mirando deslumbrada y a la vez con ojos calculadores el carrito de ruedas lleno de tortas compotas merengues, barriguita, sí, le habían vaticinado gordura, sic, ésta con más crema, y por qué no te gusta Copenhague, Marcelo. Pero Marcelo no había dicho que no le gustara Copenhague, solamente un poco absurdo eso de viajar en plena lluvia y semanas y mochila para lo más probablemente descubrir que los hippies ya andaban por California, pero no te das cuenta que no importa, te dije que no los conozco, les llevo unos dibujos que me dieron Cecilia y Marcos en Santiago y un disquito de Mothers of lnvention, ¿aquí no tendrán un tocadiscos para que te lo ponga?, probablemente demasiado tarde y Kindberg, date cuenta, todavía si fueran violines gitanos pero esas madres, che, la sola idea, y Lina riéndose con mucha crema y barriguita bajo pull-over negro, los dos riéndose al pensar en las madres aullando en Kindberg, la cara del hotelero y ese calor que hacía rato reemplazaba la cosquilla en el estómago, preguntándose si no se haría la difícil, si al final la espada legendaria en la cama, en todo caso el rollo de la almohada y uno de cada lado barrera moral espada moderna, Shepp, ya está, empezás a estornudar, tomá la aspirina que ya traen el café, voy a pedir coñac que activa el salicílico, lo aprendí de buena fuente. Y en realidad él no había dicho que no le gustara Copenhague pero la osita parecía entender el tono de su voz más que las palabras, como él cuando aquella maestra de la que se había enamorado a los doce años, que importaban las palabras frente a ese arrullo, eso que nacía de la voz como un deseo de calor, de que lo arroparan y caricias en el pelo, tantos años después el psicoanálisis: angustia, bah, nostalgia del útero primordial, todo al fin y al cabo desde el vamos flotaba sobre las aguas, lea la Biblia, cincuenta mil pesos para curarse de los vértigos y ahora esa mocosa que le estaba como sacando pedazos de sí mismo, Shepp, pero claro, si te la tragas en seco cómo no se te va a pegar en la garganta, bobeta. Y ella revolviendo el café, de golpe levantando unos ojos aplicados y mirándolo con un respeto nuevo, claro que si le empezaba a tomar el pelo se lo iba a pagar doble pero no, de veras Marcelo, me gustas cuando te pones tan doctor y papá, no te enojes, siempre digo lo que no tendría que, no te enojes, pero si no me enojo, pavota, sí te enojaste un poquito porque te dije doctor y papá, no era en ese sentido pero justamente se te nota tan bueno cuando me hablas de la aspirina y fíjate que te acordaste de buscarla y traerla, yo ya me había olvidado, Shepp, ves cómo me hacía falta, y eres un poco cómico porque me miras tan doctor, no te enojes, Marcelo, qué rico este coñac con el café, qué bien para dormir, tú sabes que. Y sí, en la carretera desde las siete de la mañana, tres autos y un camión, bastante bien en conjunto salvo la tormenta al final pero entonces Marcelo y Kindberg y el coñac Shepp. Y dejar la mano muy quieta, palma hacia arriba sobre el mantel lleno de miguitas cuando él se la acarició levemente para decirle que no, que no estaba enojado porque ahora sabía que era cierto, que de veras la había conmovido ese cuidado nimio, el comprimido que él había sacado del bolsillo con instrucciones detalladas, mucha agua para que no se pegara en la garganta, café y coñac; de golpe amigos, pero de veras, y el fuego debía estar entibiando todavía más el cuarto, la camarera ya habría plegado las sábanas como sin duda siempre en Kindberg, una especie de ceremonia antigua, de bienvenida al viajero cansado, a las oseznas bobas que querían mojarse hasta Copenhague y después, pero qué importa después, Marcelo, ya te dije que no quiero atarme, noquiero-noquiero, Copenhague es como un hombre que encuentras y dejas (ah), un día que pasa, no creo en el futuro, en mi familia no hablan más que del futuro, me hinchan los huevos con el futuro, y a él también su tío Roberto convertido en el tirano cariñoso para cuidar de Marcelito huérfano de padre y tan chiquito todavía el pobre, hay que pensar en el mañana m'hijo, la jubilación ridícula del tío Roberto, lo que hace falta es un gobierno fuerte, la juventud de hoy no piensa más que en divertirse, carajo, en mis tiempos en cambio, y la osezna dejándole la mano sobre el mantel y por qué esa succión idiota, ese volver a un Buenos Aires del treinta o del cuarenta, mejor Copenhague, che, mejor Copenhague y los hippies y la lluvia al borde del camino, pero él nunca había hecho stop, prácticamente nunca, una o dos veces antes de entrar en la universidad, después ya tenía para ir tirando, para el sastre, y sin embargo hubiera podido aquella vez que los muchachos planeaban tomarse juntos un velero que tardaba tres meses en ir a Rotterdam, carga y escalas y total seiscientos pesos o algo así, ayudando un poco a la tripulación, divirtiéndose claro que vamos, en el café Rubí del Once, claro que vamos, Monito, hay que juntar los seiscientos gruyos, no era fácil, se te va el sueldo en cigarrillos y alguna mina, un día ya no se vieron más, ya no se hablaba del velero, hay que pensar en el mañana, m'hijo, Shepp. Ah, otra vez; vení, tenés que descansar, Lina. Sí doctor, pero un momentito apenas más, fíjate que me queda este fondo de coñac tan tibio, pruébalo, sí, ves cómo está tibio. Y algo que él había debido decir sin saber qué mientras se acordaba del Rubí porque de nuevo Lina con esa manera de adivinarle la voz, lo que realmente decía su voz más que lo que le estaba diciendo que era siempre idiota y aspirina y tenés que descansar o para qué ir a Copenhague por ejemplo cuando ahora, con esa manita blanca y caliente bajo la suya, todo podía llamarse Copenhague, todo hubiera podido llamarse velero si seiscientos pesos, si huevos, si poesía. Y Lina mirándolo y después bajando rápido los ojos como si todo eso estuviera ahí sobre la mesa, entre las migas, ya basura del tiempo, como si él le hubiera hablado de todo eso en vez de repetirle vení, tenés que descansar sin animarse al plural más lógico, vení vamos a dormir, y Lina que se relamía y se acordaba de unos caballos (o eran vacas, le escuchaba apenas el final de la frase), unos caballos cruzando el campo como si algo los hubiera espantado de golpe: dos caballos blancos y uno alazán, en el fundo de mis tíos no sabes lo que era galopar por la tarde contra el viento, volver tarde y cansada y claro los reproches, machona, ya mismo, espera que termino este traguito y ya, ya mismo, mirándolo con todo el flequillo al viento como si a caballo en el fundo, soplándose en la nariz porque el coñac tan fuerte, tenía que ser idiota para plantearse problemas cuando había sido ella en el gran corredor negro, ella chapoteando y contenta y dos piezas qué tontería, pide una sola, asumiendo por supuesto todo el sentido de esa economía, sabiendo y a lo mejor acostumbrada y esperando eso al acabar cada etapa, pero y si al final no era así puesto que no parecía, así, si al final sorpresas, la espada en la mitad de la cama, si al final bruscamente en el canapé del rincón, claro que entonces él, un caballero, no te olvides de la chalina, nunca vi una escalera tan ancha, seguro que fue un palacio, hubo condes que daban fiestas con candelabros y cosas, y las puertas, fíjate esa puerta, pero si es la nuestra, pintada con ciervos y pastores, no puede ser. Y el fuego, las rojas salamandras huyentes y la cama abierta blanquísima enorme y las cortinas ahogando las ventanas, ah qué rico, qué bueno, Marcelo, cómo vamos a dormir, espera que por lo menos te muestre el disco, tiene una tapa preciosa, les va a gustar, lo tengo aquí en el fondo con las cartas y los planos, no lo habré perdido, Shepp. Mañana me lo mostrás, te estás resfriando de veras, desvestite rápido, mejor apago así vemos el fuego, oh sí Marcelo, qué brasas, todos los gatos juntos, mira las chispas, se está bien en la oscuridad, da pena dormir, y él dejando el saco en el respaldo de un sillón, acercándose a la osezna acurrucada contra la chimenea, sacándose los zapatos junto a ella, agachándose para sentarse frente al fuego, viéndole correr la lumbre y las sombras por el pelo suelto, ayudándola a soltarse la blusa, buscándole el cierre del sostén, su boca ya contra el hombro desnudo, las manos yendo de caza entre las chispas, mocosa chiquita, osita boba, en algún momento ya desnudos de pie frente al fuego y besándose, fría la cama y blanca y de golpe ya nada, un fuego total corriendo por la piel, la boca de Lina en su pelo, en su pecho, las manos por la espalda, los cuerpos dejándose llevar y conocer y un quejido apenas, una respiración anhelosa y tener que decirle porque eso sí tenía que decírselo, antes del fuego y del sueño tenía que decírselo, Lina, no es por agradecimiento que lo haces, ¿verdad?, y las manos perdidas en su espalda subiendo como látigos a su cara, a su garganta, apretándolo furiosas, inofensivas, dulcísimas y furiosas, chiquitas y rabiosamente hincadas, casi un sollozo, un quejido de protesta y negación, una rabia también en la voz, cómo puedes, cómo puedes Marcelo, y ya así, entonces sí, todo bien así, perdoname mi amor perdoname tenía que decírtelo perdoname dulce perdoname, las bocas, el otro fuego, las caricias de rosados bordes, la burbuja que tiembla entre los labios, fases del conocimiento, silencios en que todo es piel o lento correr de pelo, ráfaga de párpado, negación y demanda, botella de agua mineral que se bebe del gollete, que va pasando por una misma sed de una boca a otra, terminando en los dedos que tantean en la mesa de luz, que encienden, hay ese gesto de cubrir la pantalla con un slip, con cualquier cosa, de dorar el aire para empezar a mirar a Lina de espaldas, a la osezna de lado, a la osita boca abajo, la piel liviana de Lina que le pide un cigarrillo, que se sienta contra las almohadas, eres huesudo y peludísimo, Shepp, espera que te tape un poco si encuentro la frazada, mírala ahí a los pies, me parece que se le chamuscaron los bordes, Shepp.

Después el fuego lento y bajo en la chimenea, en ellos, decreciendo y dorándose, ya el agua bebida, los cigarrillos, los cursos universitarios eran un asco, me aburría tanto, lo mejor lo fui aprendiendo en los cafés, leyendo antes del cine, hablando con Cecilia y con Pirucho, y él oyéndola, el Rubí, tan parecidamente el Rubí veinte años antes, Arlt y Rilke y Eliot y Borges, sólo que Lina sí, ella sí en su velero de auto-stop, en sus singladuras de Renault o de Volkswagen, la osezna entre hojas secas y lluvia en el flequillo, pero por qué otra vez tanto velero y tanto Rubí, ella que no los conocía, que no había nacido siquiera, chilenita mocosa vagabunda Copenhague, por qué desde el comienzo, desde la sopa y el vino blanco ese irle tirando a la cara sin saberlo tanta cosa pasada y perdida, tanto perro enterrado, tanto velero por seiscientos pesos, Lina mirándolo desde el semisueño, resbalando en las almohadas con un suspiro de bicho satisfecho, buscándole la cara con las manos, tú me gustas huesudo, tú ya leíste todos los libros, Shepp, quiero decir que contigo se está bien, estás de vuelta, tienes esas manos grandes y fuertes, tienes vida detrás, tú no eres viejo. De manera que la osezna lo sentía vivo a pesar de, más vivo que los de su edad, los cadáveres de la película de Romero y quién sería ése debajo del flequillo donde el pequeño teatro resbalaba ahora húmedo hacia el sueño, los ojos entornados y mirándolo, tomarla dulcemente una vez más, sintiéndola y dejándola a la vez, escuchar su ronrón de protesta a medias, tengo sueño, Marcelo, así no, sí mi amor, sí, su cuerpo liviano y duro, los muslos tensos, el ataque devuelto duplicado sin tregua, no ya Marlene en Bruselas, las mujeres como él pausadas y seguras, con todos los libros leídos, ella la osezna, su manera de recibir su fuerza y contestarla pero después, todavía en el borde de ese viento lleno de lluvia y gritos resbalando a su vez al semisueño, darse cuenta de que también eso era velero y Copenhague, su cara hundida entre los senos de Lina era la cara del Rubí, las primeras noches adolescentes con Mabel o con Nélida en el departamento prestado del Monito, las ráfagas furiosas y elásticas y casi enseguida por qué no salimos a dar una vuelta por el centro, dame los bombones, si mamá se entera. Entonces ni siquiera así, ni siquiera en el amor se abolía ese espejo hacia atrás, el viejo retrato de sí mismo joven que Lina le ponía por delante acariciándolo y Shepp y durmámonos ya y otro poquito de agua por favor; como haber sido ella, desde ella en cada cosa, insoportablemente absurdo irreversible y al final el sueño entre las últimas caricias murmuradas y todo el pelo de la osezna barriéndole la cara como si algo en ella supiera, como si quisiera borrarlo para que se despertara otra vez Marcelo, como se despertó a las nueve y Lina en el sofá se peinaba canturreando, vestida ya para otra carretera y otra lluvia. No hablaron mucho, fue un desayuno breve y había sol, a muchos kilómetros de Kindberg se pararon a tomar otro café, Lina cuatro terrones y la cara como lavada, ausente, una especie de felicidad abstracta, y entonces tú sabes, no te enojes, dime que no te vas a enojar, pero claro que no, decime lo que sea, si necesitas algo, deteniéndose justo al borde del lugar común porque la palabra había estado ahí como los billetes en su cartera, esperando que los usaran y ya a punto de decirla cuando la mano de Lina tímida en la suya, el flequillo tapándole los ojos y por fin preguntarle si podía seguir otro poco con él aunque ya no fuera la misma ruta, qué importaba, seguir un poco más con él porque se sentía tan bien, que durara un poquito más con este sol, dormiremos en un bosque, te mostraré el disco y los dibujos, solamente hasta la noche si quieres, y sentir que sí, que quería, que no había ninguna razón para que no quisiera, y apartar lentamente la mano y decirle que no, mejor no, sabes, aquí vas a encontrar fácil, es un gran cruce, y la osezna acatando como bruscamente golpeada y lejana, comiéndose cara abajo los terrones de azúcar, viéndolo pagar y levantarse y traerle la mochila y besarla en el pelo y darle la espalda y perderse en un furioso cambio de velocidades, cincuenta, ochenta, ciento diez, la ruta abierta para los corredores de materiales prefabricados, la ruta sin Copenhague y solamente llena de veleros podridos en las cunetas, de empleos cada vez mejor pagados, del murmullo porteño del Rubí, de la sombra del plátano solitario en el viraje, del tronco donde se incrustó a ciento sesenta con la cara metida en el volante como Lina había bajado la cara porque así la bajan las ositas para comer el azúcar.

sábado, 4 de abril de 2015

Ave Atque Vale: en Memoria de Charles Baudelaire - Algernon Charles Swinburne (El amor no puede equivocarse entregándose a un placer sin aguijón, colmillo o espuma)

Ave Atque Vale - Algernon Charles Swinburne

¿Debo derramar una rosa, un quejido o un laurel,
oh hermano mío, sobre éste que fue tu velo?
Quizá deseas una flor apacible modelada por el mar
o una filipéndula, germinando lentamente,
de aquellas que las Dríadas, dormidas en verano, solían tejer
antes de ser despertadas por la suave y repentina nieve de la víspera.

Tal vez tu destino sea otro: marchitarte en el baldío
regazo de la tierra, entre pálidos capullos, sacudido por
el eterno calor de amargos veranos, lejos de las dulces
espigas que bordean la costa de un pueblo sin nombre.


Orgulloso y sombrío
palpitabas en el abismo profundo del cielo;
tus oídos atentos estuvieron al lamento del vagabundo,
al sollozo del mar en agrestes promontorios,
al estéril beso de las olas,
al rumor incierto de la tumba de Leucadia,
con sus hondos cantos.
Ah, el beso yerto y salado del mar,
el triste clamor de los vientos oceánicos sacudiendo los golfos,
acosándonos y derribándonos,
como ciegos dioses que ignoran la misericordia.

Fuiste tú, hermano mío, con tus antiguas visiones,
quien adivinó secretos y dolores vedados al hombre,
amores salvajes, frutos prohibidos y venenosos,
desnudos ante tu ojo escrutador
que se abría en medio del aire viciado de la noche.
Toscas cosechas en tiempos de lascivia:
pecado sin forma, placer sin palabra.
Turbulentos presagios se agolpaban en tus sueños
y hacían cerrar los afligidos ojos de tu espíritu.
En cada rostro viste la sombra
de aquellos que sólo siembran y cosechan hombres.

Oh corazón insomne, Oh alma fatídica incapaz de conciliar el sueño;
el silencio es tu regocijo, indiferente ante el altar de la vida,
¡has dejado a un lado el amor, la serenidad, el espíritu de lucha!
Ahora los dioses, hambrientos de muerte,
alma y cuerpo nos arrebatan, la primavera, nuestras melodías.
El amor no puede equivocarse
entregándose a un placer sin aguijón, colmillo o espuma,
allí donde hay labios que nunca se abrirán.
El alma se escurre del cuerpo
y la carne se arranca de los huesos, sin congojas,
como el rocío cuando cae desde las campánulas.

Es suficiente: el principio y el fin
son para ti una y la misma cosa, para ti que estás más allá de cualquier límite.
Oh mano separada del amigo incondicional,
sin frutos que recoger o victorias por alcanzar.
Lejos del triunfo, de los diarios afanes y de las codicias
sólo hojas muertas y un poco de polvo.
Oh, quietos ojos cuya luz nada nos dice,
los días se acallan; no así el insondable abismo de tu noche,
cuando tu mirada se desliza entre lóbregos silencios.
Pensamientos y palabras se desmoronan de tu alma;
dormir, dormir para ver la luz.

Ahora todas las horas y amores extraños han terminado;
sólo sueños y deseos, canciones y placeres umbríos.
Quizá has encontrado tu lugar
entre las piernas de la mujer de un Titán, pálida amante,
reclamando de ti hondas visiones
bajo la sombra de su cabeza, de sus prodigiosos pechos,
de sus poderosos miembros que inclinados te adormecen,
con todo el peso de sus cabellos
cuyo aroma evoca el sabor y la sombra de antiguos bosques de pino
donde aún gime el viento tras haber sorteado húmedas colinas.

¿Has encontrado alguna similitud para tus visiones?
Oh jardinero de extrañas flores: ¿cuáles brotes, cuáles
capullos has encontrado sembrados en la penumbra?
¿Existen acaso desesperanzas y júbilos? ¿No es todo
una cruel humorada? ¿Qué clase de vida es ésta, con salud o enfermedad?
¿Son las frutas grises como el polvo o brillantes como la sangre?
¿Crece alguna semilla para nosotros en aquella landa sombría?
¿Hay raíces que germinen en sus débiles campiñas,
allí, en las tierras bajas donde el sol y la luna se enmudecen? ¿Hay flores o frutos?

Ah, mi volátil canción se desvanece
ante ti, el mayor de los poetas, esquivo y arcano,
tú, veloz como ninguno.
Presiento oscuras burlas en la risa misteriosa
de los guardianes de la muerte, ciegos y sin lengua,
cubriendo con un velo la cabeza de Proserpina.
Pasajera y débil es mi visión: vanas lágrimas
que caen desde ojos acongojados,
que resbalan por pálidas bocas llenas de estertores.
Son éstas las cosas que atribulaban tu espíritu cuando las veías emerger.

Demasiado lejos te encuentras ahora; ni siquiera el vuelo de las palabras puede alcanzarte;
lejos, muy lejos del pensamiento o de la oración.
¿Qué nos incomoda de ti, que sólo eres viento y aire?
¿Por qué despertamos al vacío desgarrados de temor?
Fantasías, deseos,
o sueños hambrientos de muerte, como ráfagas que propagan el fuego.
Nuestros sueños persiguen nuestra muerte y no la encuentran.
Aun así, por rápida que ésta sea, un tenue ardor se desvanece de nosotros,
mortecina luz que cae desde cielos remotos
cuando el oído está sordo
y la mirada se nubla.

Nunca más serás aquello que fuiste; ajeno al tiempo
te alejas; por eso ahora intento apresar tan sólo
un destello del triste sonido tu alma,
la sombra de tu espíritu fugaz, este pergamino cerrado
en el que pongo mi mano sin dejar que la muerte separe
mi espíritu de la comunión con tus versos.
Estos recuerdos y estas melodías
que abruman el fúnebre y oscuro umbral de las musas;
las saludo, las toco, las abrazo y me aferro,
con mis manos prestas a ceñir,
con mis oídos atentos al vago clamor
de aquellos que marchan por la vida vestidos de luto.

Yo soy uno de ellos, avanzando
ante hogueras que arden, apilada la tierra,
ofreciendo libaciones a la muerte y sus dioses,
haciéndoles una leve reverencia en medio de la fúnebre procesión de los hombres,
sin plegarias ni alabanzas,
brindando mis ofrendas a sus taciturnas majestades,
que de miel y esencias están sembradas mis tierras
mientras mis frutos se pudren en el gélido aire.
Como Orestes, deposité en tu sepulcro
un rizo de mi cabello desgreñado.

No hay manos capaces de traicionarte,
oh rey de cabeza encogida,
pues tu pálido resplandor basta para acabar con la misma Troya.
Engaños, mentiras: sobre este polvo tuyo ninguna lágrima habrá de brotar.
Nunca hubo llanto como el tuyo: que ahora los hombres
escuchen la dulce caída de tus lágrimas eternas
en las hojas abiertas de las páginas de los santos poetas.
Ni Orestes ni Electra se conduelen de tu suerte;
pero arrodillándose desde sus urnas inmemoriales,
las más altas musas de todos los tiempos
gimen por ti y hasta el mismo Dios en su corazón te añora.

Así, aun cuando aquí entre nosotros
Dios esconda su sagrada fuerza
y apague su luz
sin manifestar su música y su poder
con el suave ardor de canciones sonoras,
quiso sin embargo tocar tus labios con vino amargo
y nutrirlos con su agrio aliento.
Seguramente de sus manos el alimento de tu alma viene.
Las llamas que atemorizaron tu espíritu con su fulgor
al mismo tiempo lo iluminaron, alimentando tu corazón hambriento
así como al nuestro lo sacia con fama.

Y ahora, en el ocaso de tu alma,
el dios de todos los soles y canciones se inclina
para unir sus laureles con tu corona de cipreses.
Es Él quien guarda tu polvo de la culpa y del olvido.
Sabiendo todo lo que fuiste y eres,
compasivo, melancólico, sagrado en cada orilla del corazón,
lamenta tu muerte como la muerte de sus hijos
y santifica con extrañas lágrimas y ajenos suspiros
tu boca sin palabras, tus ojos enlutados,
y sobre tu yerta cabeza
deposita un último trazo de luz.

Desearía sollozar junto a ti en las orillas del Leteo,
abrazar con mis lágrimas su cambiante curso,
llegar hasta la escarpada colina donde Venus levanta su santuario,
la genuina Venus, no aquella que después fue cambiada
por Citerea y Ericina, perdiendo sus labios y su rostro
la divina risa de la antigua Grecia.

Un fantasma, un dios abyecto y lascivo:
tú también te postraste a su carne,
por ella entonaste plegarias
y te apartaste hacia una tierra desconocida
mientras ardían las sombras del Infierno.

Sé que ninguna corona brotará de estas flores;
que ningún saludo atraerá la luz.
Tan sólo un espíritu enfermo en medio de la noche dulce y olorosa,
los cansados ojos del amor con sus manos y su pecho estéril.
No hay remedio para estas cosas; ya no hay nada
por alcanzar o enmendar; ni siquiera nuestras canciones, querido amigo,
despejarán el misterio de la muerte asegurando la inmortalidad.
Mas no por ello dejaré de hacer música para ti
cubriendo tu polvo con rosas, hiedras o vides silvestres.
Así al menos depositaré un cetro
en el relicario donde moran tus sueños.

Descansa en paz. Si la vida fue injusta contigo, el destino te absolverá.
Si acaso fue dulce, debes agradecer y perdonar,
pues a no mucho más puede aspirar el hombre.
Aquel mortecino jardín donde día tras día tus manos entrelazaban estériles flores,
flores urdidas en el sigilo y la sombra;
en sus verdes capullos encontraste sufrimientos y abyecciones,
en sus grises vestigios el penetrante sabor del veneno.
Tú, con el corazón lleno de esperanza,
desataste pensamientos y pasiones desde lo más profundo de tus sueños;
pero ahora has partido, atravesado por la guadaña de la muerte
que a todos habrá de alcanzarnos
cuando nuestras vidas se agoten en la fúnebre corriente de los días.
Para ti, hermano mío,
alma sumergida en el silencio.

Recoge de mi mano esta guirnalda y despídete.
Delgadas son las hojas y baldíos los inviernos.
La tierra, nuestra madre fatal, se enfría a tu alrededor;
de sus entrañas brota la tristeza
y en medio de sus pechos asoma una tumba.
Mas, de cualquier modo, conténtate, porque tus días han acabado;
Ahora descansas en paz, sin turbulencias
ni visiones ni cantos que perturben tu espíritu.
Vaya este canto para ti, querido hermano,
sol inmóvil en donde todos los vientos se aquietan,
solitaria orilla en la que todas las aguas confluyen.

viernes, 3 de abril de 2015

EL ENCUENTRO - CUENTO CHINO (recopilado por BORGES)

Ch'ienniang era la hija del señor Chang Yi, funcionario de Hunan. Tenía un primo llamado Wang Chu, que era un joven inteligente y bien parecido. Se habían criado juntos, y como el señor Chang Yi quería mucho al joven, dijo que lo aceptaría como yerno. Ambos oyeron la promesa y como ella era hija única y siempre estaban juntos, el amor creció día a 
día. Ya no eran niños y llegaron a tener relaciones íntimas. Desgraciadamente, el padre era el único en no advertirlo. Un día un joven funcionario le pidió la mano de su hija. El padre, descuidando u olvidando su antigua promesa, consintió. Ch'ienniang, desgarrada por el amor y por la piedad filial, estuvo a punto de morir de pena, y el joven estaba tan despechado que resolvió irse del país para no ver a su novia casada con otro. Inventó un pretexto y comunicó a su tío que tenía que irse a la capital. Como el tío no logró disuadirlo, le dio dinero y regalos y le ofreció una fiesta de despedida. Wang Chu, desesperado, no cesó de cavilar durante la fiesta y se dijo que era mejor partir y no perseverar en un amor sin ninguna esperanza.

Wang Chu se embarcó una tarde y había navegado unas pocas millas cuando cayó la noche. Le dijo al marinero que amarrara la embarcación y que descansaran. No pudo conciliar el sueño y hacia la media noehe oyó pasos que se acercaban. Se incorporó y preguntó: "¿Quién anda a estas horas de la noche?" "Soy yo, soy Ch'ienniang", fue la respuesta. Sorprendido y feliz, la hizo entrar en la embarcación. Ella le dijo que había esperado ser su mujer, que su padre había sido injusto con él y que no podía resignarse a la separación. También había temido que Wang Chu, solitario y en tierras desconocidas, se viera arrastrado al suicidio. Por eso había desafiado la reprobación de la gente y la cólera de los padres y había venido para seguirlo adonde fuera. Ambos, muy dichosos, prosiguieron el viaje a Szechuen.

Pasaron cinco años de felicidad y ella le dio dos hijos. Pero no llegaron noticias de la familia y Ch'ienniang pensaba diariamente en su padre. Esta era la única nube en su felicidad. Ignoraba si sus padres vivían o no y una noche le confesó a Wang Chu sucongoja; como era hija única se sentía culpable de una grave impiedad filial. –Tienes un buen corazón de hija y yo estoy contigo -respondió él-. Cinco años han pasado y ya no estarán enojados con nosotros. Volvamos a casa-. Ch'ienniang se regocijó y se aprestaron para regresar con los niños.
Cuando la embarcación llegó a la ciudad natal, Wang Chu le dijo a Ch'ienniang: -No sé en qué estado de ánimo encontraremos a tus padres. Déjame ir solo a averiguarlo-. Al avistar la casa, sintió que el corazón le latía. Wang Chu vio a su suegro, se arrodilló, hizo una reverencia y pidió perdón. Chang Yi lo miró asombrado y le dijo: -¿De qué hablas? Hace cinco años que Ch'ienniang está en cama y sin conciencia. No se ha levantado una sola vez.

-No estoy mintiendo -dijo Wang Chu-. Está bien y nos espera a bordo.

Chang Yi no sabía qué pensar y mandó dos doncellas a ver a Ch'ienniang. A bordo la encontraron sentada, bien ataviada y contenta; hasta les mandó cariños a sus padres. Maravilladas, las doncellas volvieron y aumentó la perplejidad de Chang Yi.

Entre tanto, la enferma había oído las noticias y parecía ya libre de su mal y había luz en sus ojos. Se levantó de la cama y se vistió ante el espejo. Sonriendo y sin decir una palabra, se dirigió a la embarcación. La que estaba a bordo iba hacia la casa y se encontraron en la orilla. Se abrazaron y los dos cuerpos se confundieron y sólo quedó una Ch'ienniang, joven y bella como siempre. Sus padres se regocijaron, pero ordenaron a los sirvientes que guardaran silencio, para evitar comentarios.

Por más de cuarenta años, Wang Chu y Ch'ienniang vivieron juntos y felices.

(Cuento de la dinastía Tang, 618-906 a.C.)

La plaza tiene una torre, de Antonio Machado

La plaza tiene una torre, de Antonio Machado

La plaza tiene una torre,
la torre tiene un balcón,
el balcón tiene una dama,
la dama una blanca flor.
ha pasado un caballero
-¡ quién sabe por qué pasó !-,
y se ha llevado la plaza,
con su torre y su balcón,
con su balcón y su dama
su dama y su blanca flor.

Para tu ventana
un ramo de rosas me dio la mañana.
Por un laberinto, de calle en calleja,
buscando, he corrido, tu casa y tu reja.
Y en un laberinto me encuentro perdido
En esta mañana de mayo florido.

Cuento: LADISLAO, EL FLAUTISTA - Francisco Izquierdo Ríos

LADISLAO, EL FLAUTISTA

     -¿Oyes maestro?
     -¿Qué?
     -Flauta.
     Y toda la clase se sume en religioso silencio. A cual más, los muchachos tratan de oír, levantándose de las carpetas.
     -¡Ladislau!
     -¡Sí, el Ladislau!
     -Sólo el Ladislau, maestro, sabe tocar así la flauta.
     -No puede ser Ladislau, niños. Su padre, hace poco su padre me ha dicho que está ausente y que ya no regresará al pueblo. Ha ido a Chachapoyas, donde su madre.
     -El Ladislau es, señor. Ha llegado ayer, al anochecer, con la lluvia. Yo le he visto.
     La escuela es ya un revuelo.
     En todos los labios tiemblan el nombre de Ladislao.
      Y una profunda ola de simpatía cruza la escuela de banda en banda.
     -El Ladislau es, señor… Allí está su cabeza.
     -Si, maestro. Allí está, véalo, véalo usted. Está mirando por el cerco.
     Efectivamente, la cabecita hirsuta de Ladislao aparecía sobre el pequeño cerco de piedras de la escuela.
     -Zamarruelo… Vayan a traerlo.
     Y tres de los muchachos más grandes de la clase van como un rayo en su busca y después de un rato vuelven sin haber podido coger a Ladislao. Y solo dicen:
     -Señor, escapó a todo correr, como un venado, por el monte.
     -¡Qué raro, exclama el maestro, Ladislao se está volviendo vagabundo! ¡Qué lástima un buen muchacho!
     Y todos recuerdan con pena al compañero que tantos deliciosos momentos  dio a la escuela con su arte. Parecía que Ladislao hubiera nacido con el divino don de tocar la flauta y  de hacer flautas de carrizo como nadie.
     Todos recuerdan aún  que cuando el grupo de comuneros salió a explorar la verde e inmensa selva que empieza al otro lado del cerro, fue él quién iba adelante tocando la flauta, acompañando en el tambor por Macshi otro muchachito, hasta la loma de las afueras, donde se despidió a los valientes exploradores.
     Y, además, todos recuerdan nítidamente su inseparable poncho raído, y rebelde como los zarzamorales de las quebradas.
     -El Ladislau, se ha vuelto así diz, maestro, porque mucho le pega su madrastra.
     -Sí, algo he sabido. ¡Pobre muchacho!
     -A mí me ha contadu señor llorando.
     -Por eso diz que vive así, señor, andando por todos lados, por todos los pueblos que va.
     -Aura diz, señor, no ha llegado a la casa de su padre, ha llegado donde la mamá Grishi.
     -Su padre ya ni cuenta hace de él diz, señor. Lo ve como un extraño.
     -Y aura diz, maestro, se va a vivir ya en la Mina.
     -En las minas de sal?
     -Sí, diz señor?
     -¿Y su madre?
     -Diz, señor que está enferma en Chachapoyas y precisamente él quiere trabajar para ayudarla?
     -Y por eso diz, maestro, ya no viene ni vendrá a la escuela.
     En ese momento, volvió a oírse lejanas notas de flauta que como sollozo de un niño abandonado, hacían florecer en la escuela todo un rosal de emoción, perfumado de tristeza.
     ¡El corazón de los niños está en suspenso!
     En la huerta, bañada por la luz de oro de un jovial sol mañanero hasta los finos álamos parecían agobiados de pena.
     Ladislao, el flautista, se alejaba para siempre de la escuela.
(Francisco Izquierdo Ríos)

Te estoy perdiendo - Washington Delgado

Te estoy perdiendo


Te estoy perdiendo
en cada voz que escuchas,
en cada rostro que contemplas,
en cada gesto tuyo,
en cada lugar
que recibe a tu cuerpo.
Ser como la luz
que te envuelve, por la que dejas
un retazo de sombra.
Ser como la noche que te obliga
a un pensamiento, a un deseo,
a un sueño.
Ser una materia leve,
una corriente extensa
que te persigue siempre.
No ser esto que soy
y que te está perdiendo.

jueves, 2 de abril de 2015

El hombre que no pudo ser emperador - GIOVANNI PAPINI

 El hombre que no pudo ser emperador

 1

 Hombre lector, quienquiera que seas, quisiera en este momento tenerte aquí, cara a cara, y clavar mis ojos en tus ojos y estrecharte las manos en mis manos y decirte en voz baja: «¿Crees vivir, vivir de verdad, profundamente, enteramente? ¿Te parece tu vida tan bella y grande como acaso la soñaste en los días ardientes de la juventud?»
 Y todavía más bajo, llanamente, quisiera preguntarte: «¿Tuviste una juventud? ¿Sentiste en ti, dentro de tus entrañas, dentro de tu sangre, algo que fermentaba, que hervía, que se agitaba, que temblaba, que quería salir, derramarse, inundar el mundo como un lago de llamas? ¿Sentiste nunca, después de alguna hora de agitación, después de un gran crepúsculo, después de los versos de un poeta, sentiste que eras tú, tú en persona, el primer hombre, el descubridor de la vida, el descubridor del mundo? ¿Y no te pareció mísera esta vida, y no te pareció pequeño este mundo? ¿No deseaste la muerte por amor a la vida? ¿No experimentaste la avidez de Alejandro ante el cielo lejano?»
 Esto quisiera pedirte, vil lector, hombrecillo enflaquecido que estás leyendo páginas, escuchando los latidos de la vida ajena porque no sabes realizar actos, porque no sabes vivir por tu cuenta. ¿No te parece vil, cobarde, cobardísima, la acción que estás realizando? Una silla te sostiene, ante ti hay papeles cosidos, en esos papeles hay signos negros y tú recorres con los ojos esos signos y tu alma sonríe o gimotea, ve o entrevé, a medida que los signos van despertando a la fuerza tus imágenes soñolientas. ¡Y tú crees vivir, creo, leyendo libros! Saliendo fuera de ti, contemplarás con gran desprecio el vulgo vil que no está «al corriente», que no hace psicología y no se alimenta de literatura. Yo soy, dices para ti, un intelectual, un refinado, un pensador, un aristócrata, un hombre superior, en suma, un miembro de la élite. El mundo gira a mi alrededor, el mundo está hecho para mí. Y cuando no va bien doy un puntapié al tramoyista y lo hago yo. Y así juego y me divierto, y en mi casa sólo encontraréis fotografías de obras célebres y buenas ediciones de autores famosos. El cuello alto y las palabras oscuras son las insignias de mi grado: yo soy el rey del tiempo, el rey del espíritu, el rey de la eternidad.
 ¿Dices tú todo esto, lector cobarde? Es posible: lo creo, me lo imagino, lo deseo. Porque yo hablo precisamente para ti y quisiera tenerte delante de mí, para que sintieras en tu cara el aliento cálido de mi desprecio. Y te desprecio, lector, te desprecio por una razón terrible, por una razón odiosa, dolorosa: que yo me parezco mucho a ti, que yo soy casi como tú, lector, que yo soy tú, acaso...

 2

 Pues bien: yo acepto, ¿ves?, tu papel. Lo acepto sin miedo, aunque es muy triste tu papel, ¡oh bebedor de palabras que me lees! No temo a tus palabras. Para estar obligado a contestar me he puesto a escribir o, mejor, a gritar estas páginas. Y me pregunto aún, en alta voz: ¿crees vivir?, ¿crees vivir grandemente, profundamente, intensamente?
 Contesto: no, no creo vivir. No, no creo vivir grandemente, profundamente, enteramente. ¡Como todos, yo (soy un cobarde, un débil, un castrado! En mi cuarto (tengo todo el mundo pintado: hombres de cartón, mujeres de trapo, montañas de humo. He puesto todas esas cosas en orden y algunos días de sol todo ello hace muy bonito. Y me quedo en mi cuarto. Y aquello es todo mi mundo y toda mi vida, y cada día hago mis oraciones a los dioses de la casa y escupo sobre la gente que pasa por la calle, bajo mis ventanas, y que no tiene en su casa un pequeño mundo artificial tan gracioso como el mío.
 Allí dentro estoy en mi reino. ¡Si vierais qué bonitas actitudes! Un día tengo una postura magnífica de Zeus tonante y digo a mis muñecos: Cuidado, yo soy vuestro dios y señor, soy vuestro creador y vuestro destructor, y puedo cambiaros de lugar o haceros pedazos. Por ejemplo, yo te puedo poner a ti, fantoche cornudo, en el fondo de aquel cajón en lugar de dejarte pavonear en lo alto de esa escalera, y te echaré por la ventana ¡oh bailarina indecente que haces tantas muecas con tu cara de cartón rosado!
 Otros días, en cambio, entro allí con aires de Fausto enfadado. Cierro las ventanas para dar a la escena un aspecto misterioso, riego con polvo gris las cosas para que parezcan más melancólicas, me siento gravemente en el sillón, tuerzo la boca, levanto los ojos al cielo y acabo llorando con lágrimas calientes sobre la vanidad de la sabiduría y sobre los engaños del mundo.
 Pero poco importa que yo sea clásico o romántico: soy siempre un pobre niño que juega en su cuarto y dice para consolarse: ¡Afuera hace demasiado frío y los caminos están llenos de lobos!

 3

 Yo soy —¿lo habéis adivinado?— un cerebralista. Los cerebralistas son una raza muy curiosa: merece la pena conocerla. Te contaré la historia del padre de todos nosotros. Una historia tan grotesca que no he sabido olvidarla.
 Un día, un hombre se ató los calzones, se envolvió en una capa y salió de casa, hacia los países del Este, para conquistar el mundo. Estaba lleno de grandes pensamientos. Su corazón era mayor que el mundo. Y pensaba: Conquistaré un reino tan vasto, que los correos encanecerán antes de llegar a sus confines para llevar mis mensajes; conquistaré un tesoro tan grande, que un día podré llenar un lago de monedas de oro, si quiero; gozaré blancas mujeres en camas color de mar; derribaré terribles enemigos, en las montañas, con el fuego de mi mirada. Hoy soy un hombre pequeño y pobre, y sólo una capa me cubre, pero mis pensamientos son magníficos y quiero llegar a ser señor de todo lo que existe y dueño de todo lo que vive.
 Este hombre fue a una ciudad y, cuando anunció que quería ser rey y conducir a los hombres a la guerra para hacerse un gran reino, todos rieron a su alrededor. Entonces pensó que castigaría a aquella ciudad cuando hubiese llegado a ser poderoso y se dirigió a otra, donde le sucedió lo mismo. Y así anduvo por todo el mundo, y en todos los países se reían de él y le daban dinero tomándolo por un loco mendigo.
 Finalmente, un día se encontró delante de su casa. Nada había cambiado: sólo sus sandalias estaban gastadas, su capa llena de agujeros y sus cabellos se habían vuelto blancos. Entró en su casa y pensó: «Nadie ha querido seguirme. No he tenido la fuerza de levantar ni un solo ejército. No he conquistado ni siquiera un tesoro. Nunca seré, según parece, dueño del mundo.» Entonces se puso a meditar sobre su suerte y estuvo muy melancólico durante varios días.

 Pero una mañana —era en marzo y en los prados ya apuntaban las primeras flores amarillas— se despertó todo alegre y dijo entre sí: Finalmente he comprendido mi destino. Yo estuve ciego al ir a conquistar el señorío del mundo. Lo que yo creía tal no es lo verdadero, lo real, el mundo supremo, sino el mundo de las apariencias, de los sentidos, del engaño. Es el mundo del arado y del mercader. El mundo verdadero sólo se descubre en el pensamiento, y yo puedo ser dueño de él cuando quiera, con tal que lo busque en mí, en lo más profundo de mí. Y el hombre encanecido se puso, con una lámpara encendida, a buscar al verdadero, al profundo, al perfecto mundo. Y aquel hombre —¡recordadlo bien!— fue el padre de todos los poetas, el padre de todos los metafísicos, el padre de todos los soñadores. El fundó la dinastía de aquellos que, no poseyendo un pedazo del mundo real, se fabrican cada día cien mundos pequeños de aliento, de polvo y de barro. Y tú —hombre lector— y yo, y todos nuestros compañeros, somos los últimos descendientes del hombre que no pudo ser emperador.


De "Lo trágico cotidiano"