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miércoles, 2 de agosto de 2017

-Noción de la mañana - Javier Sologuren - Poema

Noción de la mañana


Voy de tu mano entre los limpios juncos,
entre nubes ligeras, entre espacios
de tierna sombra. Voy en tus ojos.

Voy de tu mano como quien respira
la pausa cálida del viento,
como quien pisa en el aire blandos frutos,
como quien bebe su risueño aroma.

(No he de perder el trino y la corriente
que te moja de libres claridades,
ni tu cabello suelto como el río
que apresura sus labios en la sombra).


Del libro: Detenimientos (1947)


martes, 11 de julio de 2017

Casa de cuervos - Blanca Varela - Poema

Casa de cuervos


porque te alimenté con esta realidad
mal cocida
por tantas y tan pobres flores del mal
por este absurdo vuelo a ras de pantano
ego te absolvo de mí
laberinto hijo mío

no es tuya la culpa
ni mía
pobre pequeño mío
del que hice este impecable retrato
forzando la oscuridad del día
párpados de miel
y la mejilla constelada
cerrada a cualquier roce
y la hermosísima distancia
de tu cuerpo
tu náusea es mía
la heredaste como heredan los peces
la asfixia
y el color de tus ojos
es también el color de mi ceguera
bajo el que sombras tejen
sombras y tentaciones
y es mía también la huella
de tu talón estrecho
de arcángel
apenas pasado en la entreabierta ventana
y nuestra
para siempre
la música extranjera
de los cielos batientes
ahora leoncillo
encarnación de mi amor
juegas con mis huesos
y te ocultas entre tu belleza
ciego sordo irredento
casi saciado y libre
con tu sangre que ya no deja lugar
para nada ni nadie

aquí me tienes como siempre
dispuesta a la sorpresa
de tus pasos
a todas las primaveras que inventas
y destruyes
a tenderme -nada infinita-
sobre el mundo
hierba ceniza peste fuego
a lo que quieras por una mirada tuya
que ilumine mis restos
porque así es este amor
que nada comprende
y nada puede
bebes el filtro y te duermes
en ese abismo lleno de ti
música que no ves
colores dichos
largamente explicados al silencio
mezclados como se mezclan los sueños
hasta ese torpe gris
que es despertar
en la gran palma de dios
calva vacía sin extremos
y allí te encuentras
sola y perdida en tu alma
sin más obstáculo que tu cuerpo
sin más puerta que tu cuerpo
así este amor
uno solo y el mismo
con tantos nombres
que a ninguno responde
y tú mirándome
como si no me conocieras
marchándote
como se va la luz del mundo
sin promesas
y otra vez este prado
este prado de negro fuego abandonado
otra vez esta casa vacía
que es mi cuerpo
a donde no has de volver


Blanca Varela - Casa de cuervos, del libro Ejercicios materiales (1978-1993)

jueves, 6 de julio de 2017

César Calvo - Dan las campanas tu recuerdo en punto - Poema

Dan las campanas tu recuerdo en punto.
Afuera se pasean las dos de la mañana.
Nada pudo diciembre contra el semestre tuyo.
Nada el sol silencioso contra tu sombra hablada.
Desde el fondo de todo
lo que tengo,
me faltas.
Dan tu recuerdo en punto las campanas.
Y afuera se pasean,
de una
en una,
las dos
de la mañana.

César Calvo - Dan las campanas tu recuerdo en punto, del libro Poemas bajo tierra (1961)


sábado, 27 de mayo de 2017

Entrevista de César Hildebrandt al poeta Juan Gonzalo Rose

Entrevista de César Hildebrandt al poeta Juan Gonzalo Rose. Publicada en Caretas, Lima el 10 de marzo de 1980.

Usted ha dicho, desgarradoramente, que las fuerzas creadoras lo han abandonado, pero que todavía espera  un milagro
Es una manera de expresar una esperanza, dictada sobre todo por el sentimiento. Porque, racionalmente, yo me doy cuenta de que mis posibilidades de creación están agotadas.
Yo me he preguntado muchas veces, Juan Gonzalo, qué fue lo que lo quebró. En un poema de Las comarcas usted dice: «pero el gran desamor, sólo noches oscuras acarrea…». ¿Fue eso? ¿Fue la soledad?
Sí, en parte… Pero hay otros factores. En primer lugar, naturalmente, el tiempo: tengo 52 años. Luego, esa soledad a la que nos hemos referido y que en mi caso es muy especial… Porque desde hace cuatro años yo padezco de depresión. Esta depresión me conduce a encerrarme en mi cuarto, y pasan semanas y semanas y yo no converso con nadie. De tal modo que, faltándome la experiencia, no hay material para la creación. Toda creación se nutre de vivencias…
El país, Juan Gonzalo, nuestra realidad, ¿tienen que ver con su tristeza?
Creo que es posible. Sin duda el clima político influye.
No sólo el clima político. Me refería al maltrato sistemático que este país administra a sus poetas, a sus músicos, a lo mejor de su gente en muchos casos…
Sí, El sentirse no estimulado, el sentirse siempre prescindible, esta especia de ofensiva muchas veces silenciosa, tienen que ver con mi depresión pero también influyen otros factores. Por ejemplo, el doctor Mariátegui me decía que a mí me hace mucho daño no tener ninguna seguridad económica. Esto es cierto… He llegado a la edad que he llegado y yo vivo mantenido por mi madre… Mi madre me da techo y comida, pero a eso no se puede reducir la existencia. De tal manera que me ayudo con esporádicos artículos periodísticos… Y mi madre ya es una mujer que ya tiene sus 80 años. Desgraciadamente, no va a ser muy largo el plazo de su vida…
¿Usted fue despedido del Instituto Nacional de Cultura, ¿verdad?
Sí.
¿Durante la gestión del señor Abril de Vivero?
Así es.
¿Por qué lo despidieron?
No me dieron ninguna explicación.
¿Cuánto ganaba?
Diez mil soles.
Usted ha nombrado el insomnio de varias maneras en su poesía: los embarcaderos del insomnio, las candelas azules del insomnio, las altas guaridas del insomnio. ¿Sigue siendo, ahora, un malestar?
En la actualidad tomo pastillas para dormir… Me surten algún efecto… Pero hace tres meses que sufro de un dolor muy agudo a los pies. Es una neuritis… Yo quisiera aprovechar esto para manifestar mi gratitud a algunas personas como Tania Libertad, y a su esposo, el poeta Francisco García, que me está pagando un tratamiento de acupuntura… También quiero agradecer a Chabuca Granda, que me está ayudando mucho moral y materialmente…
Todos quienes han seguido su itinerario poético han observado el paso de esa poesía social y militante de sus comienzos a la poesía confesional y padecida de su época madura. ¿Recuerda cuando escribió: «continúa el partido su vigilia cual un hermano pensativo y grande…»
Sí. Recuerdo…
Me pregunto su el gesto de haber dejado creencias y partido en el camino no tiene que ver con su melancolía…
Yo creo que sí. Como usted sabe, en mi juventud yo adopté una posición política de combate…
¿Por qué la abandonó?
Lo que motivó mi incursión a la política fue, más bien, un espíritu romántico… En realidad, nunca me atrajo la vida partidaria, que suele ser burocrática…
¿Usted fue comunista, verdad?
Sí.
Y antes había sido aprista…
Bueno, eso no. Lo que pasa es que fui elegido miembro de la Federación de Estudiantes del Perú con votos apristas. Pero no milité en el APRA…
¿Es definitivamente cierto aquello de que Haya le dijo alguna vez: «Usted fue aprista» y usted le respondió: «Y usted también…»? Creo que ocurrió en México, ¿o me equivoco?
Ocurrió en Lima, en el local de Alfonso Ugarte…
¿Y cómo reaccionó Haya?
Comenzó a hablar de otra cosa, un poco molesto… Haya no tenía mucho sentido del humor. Yo lo traté en cuatro o cinco oportunidades…
¿Qué recuerdos conserva de él?
Desde lejos, visto desde la perspectiva de los mítines, exhibía otro tipo de virtudes. Pero, de cerca, en una conversación, transmitía una imagen de bondad… Claro que no era el gran conversador que dicen. No suscitaba el diálogo. Era, más bien, monologante. Y nunca hablamos de política. El tema principal de estas charlas, a las que me introdujo Carlos Tosi, era una cuestión esotérica…
¿Qué era aquello?
Haya vivía obsedido por la existencia del alma. Él decía que el alma no abandona al cuerpo una vez producida la muerte sino que ella subsiste, teniendo conciencia de identidad, durante un tiempo, que puede ser corto o largo – y esto depende de la densidad del alma –. Y decía que hay almas que demoran mucho en percibir que ya no tienen identidad y que cuando adquieren esta conciencia de su no identidad recién es que se disuelven del todo… Al principio me pareció que Haya hacía de esto un tema atractivo de conversación, pero después me convencí de que él pensaba seriamente en estas cosas. Contaba mucho de su viaje por el Tíbet y, en realidad, estaba fascinado por todas esas cuestiones esotéricas…
Usted se afirma hoy como cristiano pero hay en su poesía palabras tan duras contra esta eclesiástica herencia española y, si no me equivoco, en algún poema, usted imagino la posibilidad de una catedral hecha para los que no oyeron… ¿Qué clase de refugio es el cristianismo?
Es difícil creerlo… Uno puede, a la edad que tengo, ser víctima de espejismos… No creo, sin embargo, que el cristianismo sea sólo como la tabla de salvación de un náufrago. Es algo más sereno… Alguna vez yo le hice para Caretas precisamente,  una entrevista a Fellini y le pregunté respecto a Dios y él me dijo que la condición natural del hombre frente a Dios la duda. Así es. El cristianismo tiene momentos de vacilación. No es la fe del carbonero…
Hablemos algo de su poesía. ¿Por qué desestimó a «La luz armada» del tomo de su poesía completa? ¿Le pareció una poesía social demasiado fácil?
Muy ingenua, sumamente ingenua…
Y usted suele ser desleal con esa ingenuidad que algunos estimamos… Usted depuró aquel poema «Las cartas secuestradas», que ahora tiene, por eso, dos versiones. ¿Por qué lo hizo?
Creo que sólo he cambiado las líneas finales. En la antigua versión, decía: también de palomar se muere un hombre cuando sabe vivir por una carta…
¿Por qué lo cambió?
Porque me parecía un poco cursi…
Quizá sea usted el único poeta de su importancia que pueda hablar con tanta irreverencia de su propia obra. ¿Ha escrito otras cosas que ahora considere cursi?
Parte de Las comarcas tiene mucho de cursilería. Hay una exuberancia verbal que no me gusta…
En un hermoso programa hecho para la televisión, y por supuesto hostilizado por algunos comerciantes, Tania Libertad le pregunta a usted quién fue Marisel. Y usted no responde. ¿Podrìa responder ahora?
Es que Marisel no es una persona concreta. Es la amada ideal que todos tenemos. No es un ser de carne y hueso…
Pero hubo amadas de carne y hueso. Usted tuvo una hija…
Sí. Ella vive en México.
¿La ve?
No. Nos hemos escrito alguna vez.
¿Es usted, como ha escrito Mario Vargas Llosa, el hombre que trata de rescatar al niño desesperado y jubiloso que alguna vez fue?
En algunos versos sí hay, en efecto, algo de nostalgia por la adolescencia perdida,  por la niñez perdida…
Pero quizá más que de edades podríamos hablar de inocencia…
Exactamente…
Porque en su poesía su infancia no aparece sino como la imagen de un chico melancólico que se internaba por ciertos arenales. Es decir, no creo que usted haya sido un niño feliz…
Tiene usted razón…
¿Alguna vez ha sido usted feliz, Juan Gonzalo?
No. No he conocido lo que es la verdadera felicidad.
¿No la buscó?
Todos la buscamos. No he tenido la oportunidad de encontrarla.
¿Cómo la hubiera encontrado?
En compañía de alguien que me entendiera.
¿Nunca llegó ese alguien?
No.
¿No es una visión muy deprimida?
La verdad es que en lo amorosa nunca pudo alcanzar una verdadera estabilidad. Fue mi juventud extremadamente bohemia…
En un poema destinado a León Felipe usted lo invoca: si a cantar, cantador, nos enseñaste, enséñanos, varón, cómo se calla. Es hermoso que usted persista en no callar…
Callar es en ese poema sinónimo de morir.
Y usted tiene una relación familiar con la muerte…
Sí, es una de mis obsesiones, una de mis obsesiones crepusculares.
¿Alguna vez intentó matarse, Juan Gonzalo?
Sí. Una vez… Tomé una cantidad de barbitúricos que considere que iba a ser suficiente…
¿En qué momento de su vida ocurrió?
Eso fue cuando trabajaba en Expreso… Vivía una gran soledad, alejado de mis padres; tenía un pequeño departamento en el edificio Ritz… Había tenido una ruptura sentimental…
Tomaba mucho en esa época, ¿verdad?
Bebía mucho, sí. Yo he tenido una juventud alcohólica, de la que felizmente he logrado alejarme. Fue una batalla bastante dura.
¿Ha pensado que la dependencia emocional respecto de sus padres contribuyó a sellar su carácter, a fomentar su fragilidad?
Sí. Yo creo que esa dependencia lo hace a uno poco inerme. Yo he tratado de librarme de esa dependencia viviendo solo cada vez que he podido, viajando…
Comparando a la luciérnaga con el hombre, usted ha escrito: «Pues caso estimable es el bicho, que más alumbra cuanto más se muere… Y no del hombre, que se opaca a pocos y es mucho más obscuro cuando dura…». Suena terrible, la verdad…
Sí, efectivamente: es el verso más amargo que yo he escrito en mi vida. Es un rechazo a la vejez sobre todo…
¿Qué es lo que más rechaza de la vejez?
Nos hace demasiado conscientes… Yo estaba acostumbrado, en mi juventud, a dejar ue el azar participara de mi vida. Se pierde el sabor de la aventura. Todo es tan meditado. Se aproxima así uno a la muerte… Y conste que yo no soy una persona que piensa en la muerte como la tentación del descanso. No tengo miedo a la muerte. No voto en contra de la muerte…
Habla usted de descansar. ¿Qué es aquello de lo que más quisiera descansar, Juan Gonzalo?
De la monotonía en la que se ha convertido mi vida, del estar encerrado en mi cuarto… Yo soy una persona curiosa: no voy al cinema, no veo televisión, no escucho música, no leo, no escribo. Yo no sé qué hago con mi tiempo, es totalmente un vacío… Todo me molesta, me repele…
¿Le molesta estar en este momento hablando de sí mismo como lo está haciendo?
No… Porque es una catarsis…
¿Teme algo de especial manera?
Sí… Me da miedo que , de agravarse este círculo de circunstancias adversas en que me muevo… Tengo pánico de retornar al alcoholismo. Sé que sería irremediable…
¿No le gustó el éxito alguna vez, no lo gratificó? Es decir, ¿también le disgustó el éxito?
No me disgustó… Lo que pasa es que se produce una suerte de desdoblamiento. Pareciera que es otra persona la que recibe esos éxitos y no uno. Yo lo he sentido siempre así. Los éxitos me daban alguna satisfacción pero yo notaba que mi verdadero animal estaba un poco distanciado de ese otro triunfador…
¿Por qué no se aceptó un poco? ¿Por qué se combatió tanto?
Creo que, en lo fundamental, yo me acepté a mí mismo. Lo que pasa es que no estoy conforme con el papel que me ha tocado en la comedia…
¿Cómo definiría ese papel?
Me hubiera gustado ser alguien más útil… Con toda sinceridad, yo siento, ahora que el arte es algo totalmente inútil, que no tiene ningún sentido: la poesía, la música… Al único arte al que le sigo guardando respeto es al teatro…
¿Pero usted cree que su poesía no sirve? ¿Usted cree que no conmueve, que no enriquece? Como lector le diría, cordialmente, que usted está diciendo una barbaridad…
Tal vez, pero nos leen tan pocos… En un tiempo yo tomaba parte en muchos recitales. En ese tiempo sí sentí que estaba haciendo algo por los otros… Pero con los libros el contacto con la gente es nulo… Además hay otras objeciones. El poeta tiende a hablar demasiado de si mismo…
O a ocultarse…
O a ocultarse. Pero yo creo haber hablado bastante de mí mismo…
Pero de varios Juan Gonzalos: del derrotado y del esperanzado, del depresivo, del eufórico…
Mi poesía es tan heterogénea, ¿no?
Hay mutaciones…
Así es.
¿En qué mutación anda ahora, Juan Gonzalo?
Ahora estoy inmutable…
No puedo creer que usted no conserve alguna esperanza…
Solamente extraterrena. Aquí el mundo… no tengo ninguna esperanza. Quizá suene cursi, pero lo único que espero es la salvación de mi alma… Yo soy un cristiano convencido. Creo en la compasión de Dios…
No cree en la de los hombres, ¿verdad?
No.
Me pregunto si usted sería tan triste si no hubiera conocido el exilio y la soledad, Es decir, me pregunto si su vida afectiva podría haber sido otra de no mediar algunas circunstancias…
Indudablemente hay circunstancias que influyen mucho y aquella del exilio, es cierto, fue importante para mí. Pero yo creo, más bien, que en la semilla, que en el espíritu, está la derrota esperando. Las circunstancias trabajan una arcilla ya hecha, ya cuajada. En esa arcilla ya estaba escrita la derrota… Yo nací para ser derrotado. En mis encierros me he preguntado muchas veces por qué, pero la verdad es que no he podido nunca encontrar una respuesta…
Creo que usted debe haber escrito estas palabras durante uno de sus encierros voluntarios: estoy tan triste ahora que si alguien se acercase, me amaría…
Sí, eso pertenece a Retorno a mi cuarto. Lo escribiría de nuevo…

sábado, 11 de marzo de 2017

AQUEL BELLO PARIENTE DE LOS PÁJAROS - César Calvo - Poema

AQUEL BELLO PARIENTE DE LOS PÁJAROS - César Calvo

Aquel bello pariente de los pájaros
que escondía su sombra de la lluvia
mientras tú dirigías
sobre ardientes cuadernos el vuelo de su mano.
El niño que subía
por el estambre rojo del verano
para contarte ríos de perfume,
cabellos rubios y país de nardos.
Tu niño preferido -¡si lo vieras!-
es el alma de un ciego que pena entre los cactus.
Es hoy el otro, el sin reír, el pálido,
rabioso jardinero de otoños enterrados.

¿Y sabiendo esto lo quisiste tanto?
¿Lo acostumbraste al mar,
al sol,
al viento, para que hoy ande respirando asfixias
en un pozo de náufragos?
¿Para esta pobre condición de niebla
defendiste su luz de enamorado?

Poesía, no quiero este camino
que me lleva a pisar sangre en el prado
cuando la luna dice que es rocío
y cuando mi alma jura que es espanto.

Poesía, no quiero este destino.
Llévate tus sandalias.
¡Devuélveme mis manos!

El final de la historia lo dirán las estrellas
y las hojas que cubren mi sueño sepultado.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Demasiado Ampuero - Maribel De Paz - Puta Linda

Demasiado Ampuero

Puta linda, una prosa con Parkinson

Por Maribel De Paz

Temblorosa, débil e insegura. Así es la pluma de Fernando Ampuero en Puta linda, su última novela editada por Planeta que, de tanta promoción, no necesita mayor presentación. Ya se sabe: la historia de la joven prostituta Noemí convertida en musa de un aspirante a escritor.
Abundante en justificaciones propias de un falso provocador que no quiere caer en lo políticamente incorrecto, Ampuero incomoda al lector desparramando excusas a lo largo del libro. Como la colocada en boca de uno de los protagonistas para explicar la propia existencia de la novela que le da vida y a la que califica como "una historia de pedofilia y de incesto, que si bien es algo común en los sectores populares, a decir de los sociólogos, resulta poco edificante en términos de valores humanos". Como si el mundo no se hubiera sorprendido ya con la historia de Nabokov describiendo la caloricidad de Lolita y sus muslos cubiertos de cardenales.
¿Pretendió Ampuero mimetizarse con sus protagonistas, escritores incipientes, recurriendo a la prosa que estos podrían lograr? Pareciera, pues recurre a salidas fáciles e inverosímiles para dar un vuelco a la historia al mejor estilo de aquellas series norteamericanas en las que los libretistas se deshacen de personajes incómodos con un viaje repentino, un coma o una muerte súbita.
En suma, un libro donde, más que a los protagonistas, se percibe al propio Ampuero, un libro en el que el escritor aprovecha para promocionar a sus amigos, colgando cuadros de Tola y Llona de las paredes del departamento de una ya distinguida Noemí.
Se reconoce el morbo cautivante. Sin embargo, difícil no asfixiarse con Ampuero en cada página, difícil sumergirse en la trama, difícil creerla, difícil sentirla. Finalmente, difícil no asociar el empeño del aspirante a buen escritor con el propio esfuerzo de Ampuero.

Publicado en Caretas

sábado, 17 de septiembre de 2016

Lavadito con Ña Pancha - Cesar Hildebrandt - Gustavo Faveron

(La Primera) Lavadito con Ña Pancha
El capo Tavito estaba convencido de que era el Vladimir Nabokov de la calle de las pizzas, el Guillermo de Torre del Haití, el Harold Bloom del cómo es y el Dámaso Alonso de un Neruda de repetipuá, que eso era lo que en verdad le correspondía.
Siempre consideró que arrastrarse era una dulce obligación, que rampar era un arte marcial y que apoyar a sus amigos aun a costa de la verdad tenía un contenido casi moral.
Por lo general, sus amigos escribían cosas suaves y entretenidas, charcutería digesta para pasar el rato, y a él le daban el encargo difícil:
–Encuéntrale trascendencia –le ordenaban al capo Tavito, que de capo, en verdad, no tenía nada porque recibía órdenes hasta de los grafómanos pandilleros.
Y allí estaba Tavito con su lupa de entomólogo, es decir de autobiógrafo, encontrando la trascendencia de la vaina y la reverberancia ontológica de la cojudez.
Era tan talentoso en el arte de la invertebración que siempre encontraba algo: una medallita milagrosa, una mata con geranios que podía salvarse, una historia chueca que sólo había que enderezar para poder quedar bien y luego recibir palmaditas en el hombrito.
Y se ponía a escribir como sólo pueden hacerlo los que saben que de ellos depende una reputación, con la seriedad del arquitecto que levanta un segundo piso en un suelo blandengue. Y lo hacía de primores. Para eso sí servía Tavito: para decir que algo, que era una vulgar sopa de letras, era faisán al horno, lluvia de Beluga, ostras en el Palace junto al Reina Sofía.
–Te pasaste, compadre. No sé cómo agradecerte esta reseña –le decía un pirañita caminando al sexenio.
–No me agradezcas nada –decía Tavito, con su voz en la mayor, siempre en la mayor–. Hice lo que hacen los amigos.
Cuando alguien que no era de la mancha escribía algo, cuando un provinciano se atrevía a merodear por la Casacor de las letras, cuando una tipa que no había pasado por el taller de Thays lanzaba al triste mercado de lectores de Lima algo talentoso, peligrosamente talentoso, endiabladamente talentoso, cuando un campesino venía con su “arguedismo trasnochado” y sus rabias arcaicas, tan arcaicas como sus utopías, entonces Tavito se ponía la ropa del huachimán Pacheco, el que no aguanta ni un queco, y salía a lanzar silbatazos y tortazos para poner orden en las páginas pertinentes, restaurar la jerarquía en la república de las letras y disolver con gases lacrimógenos, es decir sus reseñas, a los sublevados.
Por ejemplo, cuando una periodista se atrevió a cuestionar como lectora las ridiculeces impresas de uno de sus amigotes –el que le dio chamba y lo hizo conocido por canje–, Tavito se puso cruel y bizantino y llamó a la ladrería para que lo acompañara: había que disolver, di-sol-ver, a niña tan atrevida.
Todos los pitbull del apañe salieron como bestias a morderla y hasta salió el venerable perro de chacra de Perú 21, a quien Mulder pretendió quitarle el nombre sin ningún derecho, para babear tras su fondillo (el fondillo de la niña) y morderlo con encías, ya que hace tiempo dejó la dentadura en un vaso del Melody, no el de Miraflores sino el de Surquillo.
Así era Tavito, que había hecho de una cierta elegancia a la hora del charleo el escudo con el que pretendía ocultar las procesiones internas que lo devoraban, la culpa que en el fondo lo mortificaba por ser tan débil, tan poquita cosa, tan ninguna cosa en un mundo donde, por lo menos, no faltaban el carácter y las peleas a puño limpio.
Porque, al final de cuentas, el pobre Tavito se había convertido en lavador de libros, Ña Pancha de medianías e insultador “ofendidísimo” en los blogs del ambiente cuando alguien se atrevía a recordarle lo que era y el triste papel que tenía en el mundillo literario de Lima City.
Tavito, por ejemplo, decidía, por sí y ante sí, quién podía ejercer la crítica literaria, qué requisitos había que reunir, cómo debía ser esa hoja de vida de respaldo. Y,claro, según los términos de la licitación planteada, sólo Tavito y los ángeles de Charlie, es decir Thays y sus diversas lenguas viperinas, podían criticar porque sólo ellos poseían el fino instinto de la calidad, el tercer ojo de Lobsang Rampa y el quinto elemento que sólo son capaces de tener aquellos que Dios tocó (lo que me reafirma en el agnosticismo).
–La señorita Maribel de Paz no está preparada para criticar libros –clamaba, doctoral, Tavito.
–Hildebrandt es un calumniador, un rastrero y un mezquino –protestaba en su blog Loro.
–Y Beto Ortiz cree que todos somos de su misma catadura –reseñaba.
Y así eran sus críticas personales, que, como las otras, estaban siempre dictadas por flujos biliares y regurgitaciones imposibles de describir.
Pero lo que no decía es qué clase de Clemente Palma era él, a quién le había ganado, cuáles eran sus “decisivas contribuciones” al pensamiento crítico ya no del mundo, ya no de América Latina, ya no de la subregión ni del Perú, sino de Chucuito, donde nació para desgracia de la limpieza y gloria de los falsarios.
Y lo que no decía es qué le parecía, en realidad, la huachafería insufrible que con tanta justicia había criticado Maribel de Paz. Así era de honesto y transparente Tavito, el crítico más temido de la comarca. Más temido por sus inferiores, es decir nadie.

Fuente: https://cesarhildebrandt.wordpress.com/2006/11/16/lavadito-con-na-pancha/

miércoles, 6 de julio de 2016

César Hildebrandt entrevista a Jorge Luis Borges (Caretas)

Jorge Luis Borges
(19 de diciembre de 1978)
Primera pregunta: ¿va a hacer usted conmigo lo que suele hacer con todos los periodistas?
—¿Y qué hago?
Tomarles el pelo sin ninguna misericordia.
—Jamás he hecho eso en mi vida. Sucede que yo siempre he contestado sinceramente. Y todo el mundo prefiere suponer que esas contestaciones mías son bromas o ironías. Yo soy una persona educada, no le tomo el pelo a nadie. Y espero que no me lo tomen, tampoco.
¿Sigue insistiendo en esa delicia de frase: la democracia es un espejismo de la estadística?
—Es un abuso de la estadística. Eso es verdad, es evidente.
¿Por qué evidente?
—Porque si se tratara de un problema matemático nadie su¬pondría que la mayoría de la gente puede resolverlo. En polí¬tica, sin embargo, sí se supone que la mayoría tiene la razón. Eso se vio en mi país, cuando el que sabemos obtuvo nueve millones de votos…
El que sabemos… ¿Perón, verdad?
—Sí.
Su odiado Perón… Borges, usted lo llamó cobarde y rufián.
—Bueno, podría haber empleado palabras más duras…
¿Pero le parece justo eso? ¿Ahora que él está muerto y han pasado algunos años?
—Un rufián muerto sigue siendo un rufián. Y un cobarde muer¬to no es un valiente. La muerte no beneficia tanto. Aunque yo en una milonga digo: no hay cosa como la muerte para mejorar la gente.
Usted dijo alguna vez: «Yo siempre le pido a Dios —que no existe— el privilegio de dudar hasta que muera». ¿Sigue us¬ted dudando, Borges?
—No. Yo ahora estoy seguro de que no hay otra vida y que no hay Dios. Es una certidumbre que me satisface, me tranqui¬liza. Saber que todo esto pasará, que yo me olvidaré, que seré olvidado… Yo soy un hombre ético pero no religioso.
Ha dicho también, Borges, que considera un bochorno vi¬vir tanto y que quisiera morirse. ¿Esa proximidad a la muerte no lo conduce a Dios?
—No. Me conduce a la esperanza de que no haya Dios y que no haya otra vida. Desde luego, las Sagradas Escrituras, lla¬mémoslas así, aconsejan vivir hasta los 70 años. Yo he cumplido 79. Recuerdo cuando mi madre cumplió 98 años —ella murió a los 99— y me dijo: «¡Caramba, se me fue la mano!».
Usted es para muchas gentes tan edípico, Borges…
—¿Por qué?
Su relación con su madre fue siempre tan intensa, tan ob¬sesiva… ¿No cree que había algo de edípico en ello?
—Bueno, como dijo Chesterton lo único que sabemos de Edi¬po es que no padecía del complejo… Yo tengo un recuerdo tan puro y tan grato de mi madre. Ella ha muerto hace tres años. Yo no he querido cambiar nada de su pieza. Y cada vez que vuel¬vo a casa me asombro de que ella no esté esperándome. A la sirvienta, que es mujer del pueblo y que habla guaraní aparte del castellano, le pregunto: ¿Usted no la siente a madre? Y ella me dice: «Pero claro que la siento. La señora está aquí». No me lo dijo para alarmarme sino, al contrario, para tranquilizarme. Y entonces le hice otra pregunta: ¿Si usted la viera a mi madre en su cuarto, sentiría miedo? Y esta muchacha, la correntina, me dice: «¿Por qué miedo? Si no le tenía miedo cuando vivía, ¿por qué ahora habría de sentir miedo?».
Borges, usted ha cultivado una sorprendente modestia en torno a la estimación de su propia obra…
—Bueno, es que yo quiero ser olvidado…
Pero usted sabe que es un gran escritor.
—No creo. Yo no tengo obra. Mi obra es…
Una miscelánea…
—Una miscelánea, una ilusión óptica lograda por la tipografía.
Me está tomando el pelo, Borges. Usted no puede pensar eso de su obra.
—Claro que sí. Lo que me parece raro es que la gente sea tan indulgente conmigo. A mí no me gusta tanto lo que yo escri¬bo. Claro que eso le pasa a todo escritor. Se han escrito libros sobre mí y yo no he leído ninguno. Alicia Jurado escribió un libro sobre mí, que me aseguran que es muy bueno, y yo le dije: «Alicia, tú sabes que leo todo lo que escribes pero en este caso no voy a leer tu libro porque se trata de un tema que no me in¬teresa o que, quizá, me interesa demasiado».
Como se lo recordó un periodista hace algún tiempo, Car¬pentier dice de usted que sus opiniones políticas son incalifica¬bles…
—No conozco a Carpentier. En cuanto a mis opiniones políticas, no creo que tengan importancia. Cuando escribo trato de prescindir de mis opiniones. La literatura es una operación mis¬teriosa. Recuerdo aquí algo que dijo uno de mis autores preferidos, Kipling: «A un escritor le está permitido componer fábulas, pero no puede saber cuál es la moraleja». Es decir, un escritor no puede sa¬ber cuál será el resultado de lo que escribe en la mente de otros. Y eso le sucedió al propio Kipling, que, a pesar de ser inglés, demues¬tra en sus obras una evidente simpatía por la India y cuya casa na¬tal, en Bombay, es ahora un museo. Las opiniones son generalmente superficiales, cambian…
Y usted ha cambiado ¿verdad? Fue comunista, fue radical, hoy es conservador.
—Sí, pero ser conservador es una forma de ser escéptico. Cuando me afilié al partido conservador dije algo que molestó…
Que solo los caballeros siguen las causas perdidas.
—Sí. Porque me preguntaron: «¿Usted va a afiliarse? Pero es¬ta es una causa perdida». Y yo dije: «A un caballero solo le in¬teresan las causas perdidas». Y después dije otra cosa que los molestó: que el partido conservador tenía la ventaja de no poder provocar ningún fanatismo.
¿Nunca se ha sentido irresponsable cuando habla de polí¬tica?
—Yo tengo mi conciencia clara. Nadie puede tomarme por comunista, por fascista, por nacionalista…
Usted fue condecorado por Pinochet…
—Sí. Yo creo que Pinochet es un buen gobernante. Ese es el único Gobierno posible, así como el de Videla es el único Gobier¬no posible en Argentina. Estoy hablando de determinados países en determinadas épocas. ¿Pero por qué importan tanto mis opinio¬nes políticas?
Porque usted es, aunque no lo quiera, un líder de opinión y lo que usted dice se toma con respeto…
—Pero no tiene por qué aceptarse. Yo mismo no estoy muy seguro de lo que digo.
Claro que no tiene por qué aceptarse. A mí me parece inaceptable lo que dice. Estamos de acuerdo.
—Si estamos de acuerdo, podemos cambiar de tema… Yo tengo mi conciencia cívica limpia. Por ejemplo, yo era director de la Biblioteca Nacional, que es un cargo no bien rentado pero muy visible. Cuando supe el resultado de ciertas elecciones, renuncié. Mi madre me dijo: «No podés servir a Perón decorosa¬mente». Claro que no, le dije yo.
¿Esa fue la última vez, verdad? Porque la primera…
—La primera vez yo era simplemente bibliotecario…
¿Y es cierto que los peronistas lo nombraron inspector de precios?
—No, no. Me nombraron inspector para la venta de aves y huevos, para que yo renunciara. Yo comprendí e inmediatamen¬te renuncié. ¿Qué sabía yo de venta de aves y huevos en los mer¬cados? No poseía la erudición necesaria. Y la verdad es que les agradezco a los peronistas. Porque si esto no sucede yo hubiera seguido en esa pequeña biblioteca de barrio, ganando 240 pesos mensuales. Dos o tres meses antes de que ocurriera aquello yo fui a una reunión con unas señoras inglesas. Y había una de ellas que leía el porvenir en las hojas de té. Me dijo que iba a hablar mucho, que iba a viajar, que iba a ganar dinero hablando. Yo nunca había hablado antes en público. Pero así sucedió. Me echaron de ese cargo y tuve que resignarme a dar conferencias, cosa que me aterraba.
Usted ha dicho que de sus obras tal vez se puedan resca¬tar seis o siete páginas. ¿Cuáles?
—Es que si nombro una quizá me dé cuenta de que no es res¬catable… A ver… Hay un poema que se titula «Otro poema de los dones»…
¿Es posterior a «Elogio de la sombra», verdad?
—No recuerdo bien la cronología de mis obras… Hay un poe¬ma sobre mi bisabuelo, el coronel Suárez, que comandó la carga de caballería peruana en la batalla de Junín. Tenía 26 años.
Y el prólogo a Lugones…
—¡Ah, sí! Yo creo que eso es lo mejor que he escrito. Vamos a condenar todo lo demás y vamos a salvar ese prólogo, ¿qué le parece?
Ese texto es absolutamente magistral pero no puedo estar de acuerdo en que sea lo único salvable… Es extraño, sin em¬bargo, oír de usted palabras generosas sobre algo de su obra.
—Hay también un poema que se titula «El otro tigre». Es lin¬do también, la verdad… Mis amigos me dicen que soy un in¬truso en la poesía. Yo creo que no. En todo caso, mi poesía es más inmediata y más íntima que mi prosa. La prosa siempre ha sido un objeto que yo he fabricado. Pero tengo la impresión que la poesía es algo que sale directamente de mí. Ahora, ¿qué haríamos sobre ese prólogo a Lugones? ¿A usted qué le parece? ¿Es poesía o es prosa? Creo que la diferencia es formal. De al¬guna manera es poesía también, ¿no?
Eso creo yo también… Sin embargo, usted tiene una ima¬gen, digamos pública, de escritor cerebral, casi glacial a veces.
—No soy frío. Desgraciadamente, soy incapaz de pensamien¬tos abstractos. He leído a los filósofos, pero me dejo llevar por la belleza de una frase. «Peregrina paloma imaginaria / que enar¬deces los últimos amores / alma de luz, de música y de flores / peregrina paloma imaginaria…». Que no quiere decir absoluta¬mente nada, pero que es muy linda… El otro día encontré esta metáfora, que es tan hermosa: «Si no me hubieran dicho que era el amor yo habría creído que era una espada desnuda». ¿No es lindo y terrible? «Si no me hubieran dicho que era el amor yo habría creído que era una espada desnuda».
¿Dónde la halló?
—En una página de Kipling. ¿Increíble, verdad? No parece de Kipling. Cuando un verso es muy bueno ya no pertenece a nadie ¿no? Se diría que cuando un verso es característico del au¬tor ya no es excelente.
¿Alguna vez ha sentido el impulso de plagiar?
—Continuamente… Aunque, en verdad, la palabra plagio es errónea. El idioma es una serie de plagios, de convenciones. En la escultura, por ejemplo, todas las estatuas ecuestres serían pla¬gios de la primera estatua ecuestre. Todos los cuadros de la Vir¬gen y el Niño se parecen. Y en literatura hay tan pocos temas.
Borges, usted ha dicho varias veces de sí mismo que es un desdichado. ¿Pero sabe una cosa? Ni en su obra ni en su ros¬tro hay desdicha.
—Sí es cierto… Creo que nuestro deber es no ser desdicha¬dos. Yo he escrito muchas letras de milongas y en una de ellas, que trata de un compadrito al que lo mataron, digo: «Entre otras cosas hay una, de la que no se arrepiente nadie en la Tierra; esa cosa es haber sido valiente. Siempre el coraje es mejor, nunca la esperanza es vana. Vaya pues esta milonga para Jacinto Chi¬clana». Jacinto Chiclana se llamaba el compadrito. Tengo otra sobre otro compadrito que se llamaba Alejandro Albornoz, que peleó contra muchos y entre muchos lo mataron a puñaladas. La milonga concluye así: «Un acero entró en el pecho: ni se le movió la cara; Alejo Albornoz murió como si no le importara»… Yo estaba buscando una frase para que él la dijera. Pero creo que así quedó mejor, ¿no?
Usted admira la valentía pero siempre ha dicho que no ha sido valiente.
—Que lo diga mi dentista… La verdad es que en cualquier destino uno puede ser valiente o puede ser cobarde. Un hom¬bre, por ejemplo, que acepta que una mujer no lo quiere es valiente a su manera.
Usted dijo alguna vez algo que me pareció terrible: que tanto su padre como su abuelo virtualmente buscaron la muerte, por valientes; y que usted no se atrevería a hacer lo mismo…
—Sí, mi abuelo, el coronel Borges, se hizo matar en la bata¬lla de Laverde, en 1864, durante una revolución que organizó Mitre y que fracasó. Por razones políticas, mi abuelo decidió ha¬cerse matar. Se puso un poncho blanco, montó un caballo tordi¬llo, avanzó al trote hasta las trincheras enemigas y le metieron dos balazos. Mi padre sufría de hemiplejía y él me dijo: «Yo me hubiera debido meter un balazo. No te voy a pedir a ti que lo hagas, pero me las voy a arreglar, no te aflijas». Efectivamente, rehusó todo alimento, toda medicación, solo tomaba agua y se dejó morir. Fue un suicidio poco escénico. Yo escribí un soneto sobre eso: «Te hemos visto morir con el tranquilo ánimo de tu padre ante las balas…».
Borges, usted no lee desde 1955…
—Sí, pero tengo amigos que me leen. Seis o siete amigos buenos que me visitan siempre y que me leen…
Así conoció a García Márquez…
—Claro, un gran escritor, aunque creo que el principio de Cien años de soledad es mejor que el final. Pero es normal. Al final el autor se cansa.
García Márquez es casi el único escritor latinoamericano de hoy sobre el que usted emite una opinión…
—No. Hablando de argentinos, por ejemplo, le diría que Ma¬llea es un excelente escritor…
¿Cortázar?
—No. Cortázar se ha perdido en juegos formales.
¿Por qué sigue comprando libros, tantos libros?
—¡Qué raro! Es un poco de superstición, ¿eh? Acabo de ad¬quirir una enciclopedia alemana que quería tener desde hace muchos años. No puedo leerla pero sé que está ahí y es esa presen¬cia lo que importa.
Quizá, Borges, si hubiera leído a Sartre, como no lo ha he¬cho…
—No, lo he leído…
…Se habría sentido tan próximo cuando él habla en Las palabras de ese fetichismo por los libros que sintió desde niño. Porque es eso, ¿no?
—Es el objeto del libro, sí… Si me hablan de un libro sagra¬do, lo entiendo. Pero si me hablan de una revista sagrada, o de un disco sagrado, ya no. Quizá dentro de 500 años se hable de discos sagrados y de periódicos sagrados.
Hablando de discos y periódicos sagrados, ¿por qué fue us¬ted tan duro con Estados Unidos?
—Es que viví cuatro meses ahí. Y me encontré con un gran país hecho de individuos muy mediocres. En la Universidad de Michigan hay un curso, para estudiantes que tienen de 25 a 30 años, de conversación en inglés. Y yo le digo a la profesora: ¿Qué les enseña? Y me dice: «Bueno, yo les digo que un buen método para agilizar el diálogo es hablar del tiempo: se puede decir que ha nevado, que ha dejado de nevar, que nieva o que va a ne¬var». Bueno, los estudiantes tienen que aprender esa miseria y tomar notas… ¿No le parece triste? Otro día hablaba con unos estudiantes a los que solo les faltaba la tesis para ser doctores en letras. Yo cometí el error de mencionar a George Bernard Shaw. «¿Who’s he?», me preguntaron. ¿Qué les parece? Es espan¬toso.
¿Sigue pensando que la literatura española no existe?
—Creo que fuera de tres o cuatro libros podría prescindir de la literatura española. La literatura española comenzó admirable¬mente. El romancero es admirable. Fray Luis de León es un gran poeta. San Juan de la Cruz también. Y luego… Garcilaso repite lo que había hecho en Italia. Y con Quevedo y Góngora todo se vuelve rígido, ya empieza lo barroco. De todo esto se salva El Quijote, sobre todo su segunda parte. Lo demás de Cervantes es horroroso.
Borges, de su desdén por las multitudes…
—No es que las desdeñe, es que no existen, son abstracciones…
Bueno, de ese desdén surge su convicción de que el fútbol o el tango son algo estúpido ¿verdad?
—A mí me gustan algunos tangos. Me gusta «El choclo», por ejemplo. Me gustan los tangos viejos. Lo que pasa es que con Gardel se inicia la decadencia. Ahí empieza el sentimiento. El tango no puede ser sentimental. Nace en los prostíbulos y las pri¬meras letras son muy obscenas.
¿Por qué no ha escrito una novela, Borges?
—Yo no soy lector de novelas. ¿Por qué voy a ser escritor de novelas? La novela no me gusta, es un género que me desagrada.
¿Por qué?
—Porque está lleno de ripio. En un cuento de Kipling, o un cuento de Henry James, todo es esencial. En las novelas hay mucho de inservible. Tienen que ponerle paisajes, digresiones, in¬tervienen las opiniones del autor.
¿Y la poesía?
—Sigue siendo lo más importante. Esa convicción la tengo con toda el alma y con todo el cuerpo. Es mi mayor necesidad…
Borges, lo está llamando su secretaria…
—Bueno, lo siento, tenemos que terminar, lo siento… Discrepamos de muchas cosas, ¿verdad? Pero eso está bien. Porque entenderse es una miseria.
Caretas 551

sábado, 2 de julio de 2016

Marco Aurelio Denegri: A veces no conviene desenmierdar (Oscar Hahn)

Dice Miguel Gomes lo siguiente, en su trabajo sobre el psicoanálisis y la política en la poesía de Óscar Hahn: En la segunda parte de la ‘Autobiografía del inconsciente’ se perfila la pureza salvadora de lo que el analista quiere expropiar...

SIGMUND FREUD, POR SALVADOR DALÍ. Freud (1856-1939) fue o quiso ser el gran deshollinador de la psique. Dalí (1904-1989) lo trató una sola vez, pero guardó de él una impresión imborrable.


Por Marco Aurelio Denegri.
Dice Miguel Gomes lo siguiente, en su trabajo sobre el psicoanálisis y la política en la poesía de Óscar Hahn:
“En la segunda parte de la ‘Autobiografía del inconsciente’ [uno de los poemas de Hahn] se perfila la pureza salvadora de lo que el analista quiere expropiar y acaso constituya la última esperanza para quienes anhelen escapar de la ‘razón’ omnipotente que rige el presente.
“No se olvide que la ciencia –en cuyos territorios se erige el psicoanálisis– ha sido la gran aliada desde más o menos las mismas fechas en que la sociedad burguesa se impuso. Tampoco perdamos de vista que en Hahn no son nuevas las acusaciones contra la ceguera social del cientificismo moderno y las catástrofes que ocasiona:
“ ‘Todas las noches saco a pasear a mi inconsciente / Sucede que se ahoga que no respira bien
“ ‘Tiene unas pesadillas horribles / Sueña con Frankenstein con Drácula con la Momia
“ ‘Pero apenas ve el Sol se pone a chillar como un cerdo / y quiere regresar a mi cuerpo otra vez
“ ‘[...]
“ ‘Hoy día mi inconsciente se fue de paseo a la playa / y se tendió frente al mar con su traje de baño de los años 20
“ ‘Los deshollinadores quieren entrar en mi inconsciente / matarme las hormigas limpiarme los pelos
“ ‘sacar el hollín que se acumula / desde que estamos en el vientre materno
“ ‘Pero sin hollín mi inconsciente no es nadie / Es un hoyo en el vacío un esqueleto sin huesos
“ ‘No me toques el hollín oye / Mi inconsciente es una iglesia en llamas
“ ‘con sus curas sus beatas y el altar / que es una cama donde arden como locos’.” (*)
La labor del psicoanálisis, o mejor dicho, el propósito, ya que la labor la cumple el psicoanalista; el propósito, la finalidad del psicoanálisis es desenmierdar a los pacientes. Los pacientes están sucios por dentro; algunos muy sucios; otros, no tanto; pero todos tienen alguna cantidad, mayor o menor, de mierda dentro. Entonces acuden al psicoanalista y éste les aplica la terapia del desenmierdamiento.
Ahora bien: Óscar Hahn, uno de los grandes poetas contemporáneos de Chile, considera que este proceder es completamente erróneo, porque en muchos casos la mierda es la razón de ser de los enmierdados, los cuales si valen algo, es por el hollín que tienen y la basura que amontonan, guardan y conservan en su fuero íntimo. Deshollinarlos, desenmierdarlos, limpiarlos, equivaldría a reducirlos a la nada. Dicha limpieza es por otra parte dificilísima y hasta imposible por el hecho incontestable de ser muy adictiva la basura y archifascinante el muladar. La adicción a la suciedad más atroz es tan indesarraigable como el alcoholismo. El encanto de lo bajo y la fascinación que ejerce el lodo tientan permanentemente a los seres humanos.
(*) Miguel Gomes, “Psicoanálisis y política en la poesía reciente de Óscar Hahn”. En: El Arte de Óscar Hahn. Edición de Pedro Lastra. Lima, Ediciones El Santo Oficio, 2002, 51-52.

miércoles, 29 de junio de 2016

Curriculum Vitae - Blanca Varela

Curriculum Vitae

digamos que ganaste la carrera
y que el premio
era otra carrera
que no bebiste el vino de la victoria
sino tu propia sal
que jamás escuchaste vítores
sino ladridos de perros
y que tu sombra
tu propia sombra
fue tu única
y desleal competidora.

lunes, 16 de mayo de 2016

A Cristo en el matadero - Poema de Antonio Cisneros

A CRISTO EN EL MATADERO

Cuando hablaste
del amor y repartías
la paz y los pescados,
se acercaban
para amarte, Señor
amable y sabio.
Un buen día, aburridos
de milagros,
hartos de caminatas,
decidieron
cambiar tu cabellera
y tus sandalias
por unos cuantos reales.
Lleno de clavos
tu cuerpo fue enterrado
junto al vientre
de las ratas. Tus palabras
se hicieron estropajos,
tambores pellejudos
que anuncian
negocios y matanzas.

jueves, 7 de enero de 2016

POEMA EN EL AVIÓN - Javier Heraud - Poema


POEMA EN EL AVION*

Si acaso me preguntan
dónde estuve
y si insistentes, quieren
averiguar los sitios que he pisado,
les diré.
"Tres meses son tres años,
tres años son tres días,
tres días son tres horas,
y en verdad, en verdad hablando
sólo salía dar una vuelta
por el parque,
entré al cinema
me tropecé con otras gentes en otras
partes.
Y ya estoy aquí,
nada le ha pasado a nadie,
yo sigo como siempre
admirando los ríos del otoño,
yo sigo como siempre
esperando al verano para maldecirlo,
y conversando con mis viejos
objetos adorados:
y no pregunten más,
que de mí no habrá ya más respuestas".
Bien, yo deberé decirles
a mis amigos "lo he hecho.
Estuve en Moscú.
Aquella vez que volví a casa
me sentí muy derrotado."

 
 
*Poema escrito a su regreso de su viaje a Moscú y Europa

domingo, 3 de enero de 2016

Mi casa - Javier Heraud

mi casa

1

Mi cuarto es una
manzana,
con sus
libros,
con su
cáscara,
con su cama
tierna para
la noche dura.
Mi cuarto es el
de todos
es decir,
con su
lamparín que
me permite reir
al lado de Vallejo,
que me permite ver
la luz eterna de
Neruda.
Mi cuarto, en
fin,
es una
manzana,
con sus libros,
sus papeles,
conmigo,
con su
coraazón.

2

Por mi ventana nace
el sol casi todas
las mañanas.
Y en mi cara,
en mis manos,
en el dulce
clamor de la luz pura,
abro mis ojos entre la
noche muerta,
entre la tierna
esperanza de
quedar vivo un
día más,
un nuevo día,
para
abrir los
ojos ante la
luz eterna.

Del poemario: "El Río". Lima. 1960.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

¿Un champancito, hermanito? - Mario Vargas LLosa

Huachafería es un peruanismo que en los vocabularios empobrecen describiéndolo como sinónimo de cursi. En verdad, es algo más sutil y complejo, una de las contribuciones del Perú a la experiencia universal; quien la desdeña o malentiende, queda confundido respecto a lo que es este país, a la psicología y cultura de un sector importante, acaso mayoritario de los peruanos. Porque la huachafería es una visión del mundo a la vez que una estética, una manera de sentir, pensar, gozar, expresarse y juzgar a los demás.

La cursilería es la distorsión del gusto. Una persona es cursi cuando imita algo -el refinamiento, la elegancia- que no logra alcanzar, y, en su empeño, rebaja y caricaturiza los modelos estéticos. La huachafería no pervierte ningún modelo porque es un modelo en sí misma; no desnaturaliza patrones estéticos sino, más bien, los implanta, y es, no la réplica ridícula de la elegancia y el refinamiento, sino una forma propia y distinta -peruana- de ser refinado y elegante.

En vez de intentar una definición de huachafería -cota de malla conceptual que, inevitablemente, dejaría escapar por sus rendijas innumerables ingredientes de ese ser diseminado y protoplasmático- vale la pena mostrar, con algunos ejemplos, lo vasta y escurridiza que es, la multitud de campos en que se manifiesta y a los que marca.


Hay una huachafería aristocrática y otra proletaria pero es probablemente en la clase media donde ella reina y truena. A condición de no salir de la ciudad, está por todas partes. En el campo, en cambio, es inexistente. Un campesino no es jamás huachafo, a no ser que haya tenido una prolongada experiencia citadina. Además de urbana, es antirracionalista y sentimental. La comunicación huachafa entre el hombre y el mundo pasa por las emociones y los sentidos antes que por la razón; las ideas son para ellas decorativas y prescindibles, un estorbo a la libre efusión del del sentimiento. El vals criollo es la expresión por excelencia de la huachafería en el ámbito musical, a tal extremo que se puede formular una ley sin excepciones: para ser bueno, un vals criollo debe ser huachafo. Todos nuestros grandes compositores (de Felipe Pinglo a Chabuca Granda) lo intuyeron así y, en las letras de sus canciones, a menudo esotéricas desde el punto de vista intelectual, derrocharon imágenes de inflamado color, sentimentalismo iridiscente, malicia erótica, risueña necrofilia y otros formidables excesos retóricos que contrastaban, casi siempre, con la indigencia de ideas. La huachafería puede ser genial pero es rara vez inteligente; ella es intuitiva, verbosa, formalista, melódica, imaginativa, y, por encima de todo, sensiblera. Una mínima dosis de huachafería es indispensable para entender un vals criollo y disfrutar de él; no pasa lo mismo con el huayno, que pocas veces es huachafo, y, cuando lo es, generalmente es malo.

Pero sería una equivocación deducir de esto que sólo hay huachafos y huachafas en las ciudades de la costa y que las de la sierra están inmunizadas contra la huachafería. El "indigenismo", explotación ornamental, literaria, política e histórica de un Perú prehispánico estereotipado y romántico, es la versión serrana de la huachafería costeña equivalente: el "hispanismo", explotación ornamental, literaria, política e histórica de un Perú hispánico estereotipado y romántico. La fiesta del Inti Raymi, que se resucita anualmente en el Cusco con millares de extras, es una ceremonia intensamente huachafa, ni más ni menos que la Procesión del Señor de los Milagros que amorata Lima (adviértase que adjetivo con huachafería) en el mes de Octubre.


Por su naturaleza, la huachafería está más cerca de ciertos quehaceres y actividades que de otros, pero, en realidad, no hay comportamiento u ocupación que la excluya esencialmente. La oratoria sólo si es huachafa seduce al público nacional. El político que no gesticula, prefiere la línea curva a la recta, abusa de las metáforas y las alegorías y, en vez de hablar, ruge o canta, difícilmente llegará al corazón de los oyentes. Un "gran orador" en el Perú quiere decir alguien frondoso, florido, teatral y musical. En resumen: un encantador de serpientes. Las ciencias exactas y naturales tienen sólo nerviosos contactos con la huachafería. La religión, en cambio, se codea con ella todo el tiempo, y hay ciencias con una irresistible predisposición huachafa, como las llamadas -huachafísicamente- ciencias "sociales". ¿Se puede ser "científico social" o "politólogo" sin incurrir en alguna forma de huachafería? Tal vez, pero si así sucede, tenemos la sensación de un escamoteo, como cuando un torero no hace desplantes al toro.

Acaso donde mejor se puede apreciar las infinitas variantes de la huachafería es en la literatura, porque, naturalmente, ella está sobre todo presente en el hablar y en el escribir. Hay poetas que son huachafos a ratos, como Vallejo, y otros que los son siempre, como José Santos Chocano, y poetas que no son huachafos cuando escriben poesía y sí cuando escriben prosa, como Martín Adán. Es insólito el caso de prosistas como Julio Ramón Ribeyro, que no es huachafo jamás, lo que tratándose de un escritor peruano resulta una extravagancia. Más frecuente es el caso de aquellos, como Bryce y como yo mismo, en los que, pese a nuestros prejuicios y cobardías contra ella, la huachafería irrumpe siempre en algún momento en lo que escribimos, como un incurable vicio secreto. Ejemplo notable es el de Manuel Scorza en el que hasta las comas y los acentos parecen huachafos.


He aquí algunos ejemplos de huachafería de alta alcurnia: retar a duelo, la afición taurina, tener casa en Miami, el uso de la partícula "de" o la conjunción "y" en el apellido, los anglicismos y creerse blancos. De clase media: ver telenovelas y reproducirlas en la vida real; llevar tallarines en ollas familiares a las playas los días domingos y comérselos entre ola y ola; decir "pienso de que" y meter diminutivos hasta en la sopa ("¿Te tomas un champancito, hermanito?") y tratar de "cholo" (en sentido peyorativo o no) al prójimo. Y proletarias: usar brillantina, mascar chicle, fumar marihuana, bailar rock and roll y ser racista.

Los surrealistas decían que en el acto surrealista prototípico era salir salir a la calle y pegarle un tiro al primer transeúnte. El acto huachafo emblemático es el del boxeador que, por las pantallas de televisión, saluda a su mamacita que lo está viendo y rezando por su triunfo, o del suicida frustrado que, al abrir los ojos, pide confesión. Hay una huachafería tierna (la muchacha que se compra el calzoncito rojo, con blondas, para turbar al novio) y aproximaciones que, por inesperadas, la evocan: los curas marxistas, por ejemplo. La huachafería ofrece una perspectiva desde la cual observar (y organizar) el mundo y la cultura. Argentina y la India (si juzgamos por sus películas) parecen más cerca de ella que Finlandia. Los griegos eran huachafos y los espartanos no; entre las religiones, el catolicismo se lleva la medalla de oro. El más huachafo de los de los grandes pintores es Rubens; el siglo más huachafo es el XVIII y, entre los monumentos, nada hay tan huachafo como el Sacre Coeur y el Valle de los Caídos. Hay épocas históricas que parecen construidas por y para ella: el Imperio Bizantino, Luis de Baviera, la Restauración. Hay palabras huachafas: telúrico, prístina, societal, concientizar, mi cielo (dicho a un hombre o a una mujer), devenir en, aperturar, arrebol. Lo que más se parece en el mundo de la huachafería no es la cursilería sino lo que en Venezuela llaman la pava. (Ejemplos de pava que le oí una vez a Salvador Garmendia: una mujer desnuda jugando billar, una cortina de lágrimas; flores de cera y peceras en los salones). Pero la pava tiene una connotación de mal agüero, anuncia desgracias, algo de lo que -afortunadamente- la huachafería está exenta.

¿Debo terminar este artículo con una frase huachafa? He escrito estas modestas líneas sin arrogancia intelectual, sólo con calor humano y sinceridad, pensando en esa maravillosa hechura de Dios, mi congénere: ¡el hombre!



- Mario Vargas Llosa. Publicado en El Comercio, Lima, 28 de agosto de 1983.