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sábado, 17 de septiembre de 2016

Lavadito con Ña Pancha - Cesar Hildebrandt - Gustavo Faveron

(La Primera) Lavadito con Ña Pancha
El capo Tavito estaba convencido de que era el Vladimir Nabokov de la calle de las pizzas, el Guillermo de Torre del Haití, el Harold Bloom del cómo es y el Dámaso Alonso de un Neruda de repetipuá, que eso era lo que en verdad le correspondía.
Siempre consideró que arrastrarse era una dulce obligación, que rampar era un arte marcial y que apoyar a sus amigos aun a costa de la verdad tenía un contenido casi moral.
Por lo general, sus amigos escribían cosas suaves y entretenidas, charcutería digesta para pasar el rato, y a él le daban el encargo difícil:
–Encuéntrale trascendencia –le ordenaban al capo Tavito, que de capo, en verdad, no tenía nada porque recibía órdenes hasta de los grafómanos pandilleros.
Y allí estaba Tavito con su lupa de entomólogo, es decir de autobiógrafo, encontrando la trascendencia de la vaina y la reverberancia ontológica de la cojudez.
Era tan talentoso en el arte de la invertebración que siempre encontraba algo: una medallita milagrosa, una mata con geranios que podía salvarse, una historia chueca que sólo había que enderezar para poder quedar bien y luego recibir palmaditas en el hombrito.
Y se ponía a escribir como sólo pueden hacerlo los que saben que de ellos depende una reputación, con la seriedad del arquitecto que levanta un segundo piso en un suelo blandengue. Y lo hacía de primores. Para eso sí servía Tavito: para decir que algo, que era una vulgar sopa de letras, era faisán al horno, lluvia de Beluga, ostras en el Palace junto al Reina Sofía.
–Te pasaste, compadre. No sé cómo agradecerte esta reseña –le decía un pirañita caminando al sexenio.
–No me agradezcas nada –decía Tavito, con su voz en la mayor, siempre en la mayor–. Hice lo que hacen los amigos.
Cuando alguien que no era de la mancha escribía algo, cuando un provinciano se atrevía a merodear por la Casacor de las letras, cuando una tipa que no había pasado por el taller de Thays lanzaba al triste mercado de lectores de Lima algo talentoso, peligrosamente talentoso, endiabladamente talentoso, cuando un campesino venía con su “arguedismo trasnochado” y sus rabias arcaicas, tan arcaicas como sus utopías, entonces Tavito se ponía la ropa del huachimán Pacheco, el que no aguanta ni un queco, y salía a lanzar silbatazos y tortazos para poner orden en las páginas pertinentes, restaurar la jerarquía en la república de las letras y disolver con gases lacrimógenos, es decir sus reseñas, a los sublevados.
Por ejemplo, cuando una periodista se atrevió a cuestionar como lectora las ridiculeces impresas de uno de sus amigotes –el que le dio chamba y lo hizo conocido por canje–, Tavito se puso cruel y bizantino y llamó a la ladrería para que lo acompañara: había que disolver, di-sol-ver, a niña tan atrevida.
Todos los pitbull del apañe salieron como bestias a morderla y hasta salió el venerable perro de chacra de Perú 21, a quien Mulder pretendió quitarle el nombre sin ningún derecho, para babear tras su fondillo (el fondillo de la niña) y morderlo con encías, ya que hace tiempo dejó la dentadura en un vaso del Melody, no el de Miraflores sino el de Surquillo.
Así era Tavito, que había hecho de una cierta elegancia a la hora del charleo el escudo con el que pretendía ocultar las procesiones internas que lo devoraban, la culpa que en el fondo lo mortificaba por ser tan débil, tan poquita cosa, tan ninguna cosa en un mundo donde, por lo menos, no faltaban el carácter y las peleas a puño limpio.
Porque, al final de cuentas, el pobre Tavito se había convertido en lavador de libros, Ña Pancha de medianías e insultador “ofendidísimo” en los blogs del ambiente cuando alguien se atrevía a recordarle lo que era y el triste papel que tenía en el mundillo literario de Lima City.
Tavito, por ejemplo, decidía, por sí y ante sí, quién podía ejercer la crítica literaria, qué requisitos había que reunir, cómo debía ser esa hoja de vida de respaldo. Y,claro, según los términos de la licitación planteada, sólo Tavito y los ángeles de Charlie, es decir Thays y sus diversas lenguas viperinas, podían criticar porque sólo ellos poseían el fino instinto de la calidad, el tercer ojo de Lobsang Rampa y el quinto elemento que sólo son capaces de tener aquellos que Dios tocó (lo que me reafirma en el agnosticismo).
–La señorita Maribel de Paz no está preparada para criticar libros –clamaba, doctoral, Tavito.
–Hildebrandt es un calumniador, un rastrero y un mezquino –protestaba en su blog Loro.
–Y Beto Ortiz cree que todos somos de su misma catadura –reseñaba.
Y así eran sus críticas personales, que, como las otras, estaban siempre dictadas por flujos biliares y regurgitaciones imposibles de describir.
Pero lo que no decía es qué clase de Clemente Palma era él, a quién le había ganado, cuáles eran sus “decisivas contribuciones” al pensamiento crítico ya no del mundo, ya no de América Latina, ya no de la subregión ni del Perú, sino de Chucuito, donde nació para desgracia de la limpieza y gloria de los falsarios.
Y lo que no decía es qué le parecía, en realidad, la huachafería insufrible que con tanta justicia había criticado Maribel de Paz. Así era de honesto y transparente Tavito, el crítico más temido de la comarca. Más temido por sus inferiores, es decir nadie.

Fuente: https://cesarhildebrandt.wordpress.com/2006/11/16/lavadito-con-na-pancha/

sábado, 2 de julio de 2016

Marco Aurelio Denegri: A veces no conviene desenmierdar (Oscar Hahn)

Dice Miguel Gomes lo siguiente, en su trabajo sobre el psicoanálisis y la política en la poesía de Óscar Hahn: En la segunda parte de la ‘Autobiografía del inconsciente’ se perfila la pureza salvadora de lo que el analista quiere expropiar...

SIGMUND FREUD, POR SALVADOR DALÍ. Freud (1856-1939) fue o quiso ser el gran deshollinador de la psique. Dalí (1904-1989) lo trató una sola vez, pero guardó de él una impresión imborrable.


Por Marco Aurelio Denegri.
Dice Miguel Gomes lo siguiente, en su trabajo sobre el psicoanálisis y la política en la poesía de Óscar Hahn:
“En la segunda parte de la ‘Autobiografía del inconsciente’ [uno de los poemas de Hahn] se perfila la pureza salvadora de lo que el analista quiere expropiar y acaso constituya la última esperanza para quienes anhelen escapar de la ‘razón’ omnipotente que rige el presente.
“No se olvide que la ciencia –en cuyos territorios se erige el psicoanálisis– ha sido la gran aliada desde más o menos las mismas fechas en que la sociedad burguesa se impuso. Tampoco perdamos de vista que en Hahn no son nuevas las acusaciones contra la ceguera social del cientificismo moderno y las catástrofes que ocasiona:
“ ‘Todas las noches saco a pasear a mi inconsciente / Sucede que se ahoga que no respira bien
“ ‘Tiene unas pesadillas horribles / Sueña con Frankenstein con Drácula con la Momia
“ ‘Pero apenas ve el Sol se pone a chillar como un cerdo / y quiere regresar a mi cuerpo otra vez
“ ‘[...]
“ ‘Hoy día mi inconsciente se fue de paseo a la playa / y se tendió frente al mar con su traje de baño de los años 20
“ ‘Los deshollinadores quieren entrar en mi inconsciente / matarme las hormigas limpiarme los pelos
“ ‘sacar el hollín que se acumula / desde que estamos en el vientre materno
“ ‘Pero sin hollín mi inconsciente no es nadie / Es un hoyo en el vacío un esqueleto sin huesos
“ ‘No me toques el hollín oye / Mi inconsciente es una iglesia en llamas
“ ‘con sus curas sus beatas y el altar / que es una cama donde arden como locos’.” (*)
La labor del psicoanálisis, o mejor dicho, el propósito, ya que la labor la cumple el psicoanalista; el propósito, la finalidad del psicoanálisis es desenmierdar a los pacientes. Los pacientes están sucios por dentro; algunos muy sucios; otros, no tanto; pero todos tienen alguna cantidad, mayor o menor, de mierda dentro. Entonces acuden al psicoanalista y éste les aplica la terapia del desenmierdamiento.
Ahora bien: Óscar Hahn, uno de los grandes poetas contemporáneos de Chile, considera que este proceder es completamente erróneo, porque en muchos casos la mierda es la razón de ser de los enmierdados, los cuales si valen algo, es por el hollín que tienen y la basura que amontonan, guardan y conservan en su fuero íntimo. Deshollinarlos, desenmierdarlos, limpiarlos, equivaldría a reducirlos a la nada. Dicha limpieza es por otra parte dificilísima y hasta imposible por el hecho incontestable de ser muy adictiva la basura y archifascinante el muladar. La adicción a la suciedad más atroz es tan indesarraigable como el alcoholismo. El encanto de lo bajo y la fascinación que ejerce el lodo tientan permanentemente a los seres humanos.
(*) Miguel Gomes, “Psicoanálisis y política en la poesía reciente de Óscar Hahn”. En: El Arte de Óscar Hahn. Edición de Pedro Lastra. Lima, Ediciones El Santo Oficio, 2002, 51-52.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

¿Un champancito, hermanito? - Mario Vargas LLosa

Huachafería es un peruanismo que en los vocabularios empobrecen describiéndolo como sinónimo de cursi. En verdad, es algo más sutil y complejo, una de las contribuciones del Perú a la experiencia universal; quien la desdeña o malentiende, queda confundido respecto a lo que es este país, a la psicología y cultura de un sector importante, acaso mayoritario de los peruanos. Porque la huachafería es una visión del mundo a la vez que una estética, una manera de sentir, pensar, gozar, expresarse y juzgar a los demás.

La cursilería es la distorsión del gusto. Una persona es cursi cuando imita algo -el refinamiento, la elegancia- que no logra alcanzar, y, en su empeño, rebaja y caricaturiza los modelos estéticos. La huachafería no pervierte ningún modelo porque es un modelo en sí misma; no desnaturaliza patrones estéticos sino, más bien, los implanta, y es, no la réplica ridícula de la elegancia y el refinamiento, sino una forma propia y distinta -peruana- de ser refinado y elegante.

En vez de intentar una definición de huachafería -cota de malla conceptual que, inevitablemente, dejaría escapar por sus rendijas innumerables ingredientes de ese ser diseminado y protoplasmático- vale la pena mostrar, con algunos ejemplos, lo vasta y escurridiza que es, la multitud de campos en que se manifiesta y a los que marca.


Hay una huachafería aristocrática y otra proletaria pero es probablemente en la clase media donde ella reina y truena. A condición de no salir de la ciudad, está por todas partes. En el campo, en cambio, es inexistente. Un campesino no es jamás huachafo, a no ser que haya tenido una prolongada experiencia citadina. Además de urbana, es antirracionalista y sentimental. La comunicación huachafa entre el hombre y el mundo pasa por las emociones y los sentidos antes que por la razón; las ideas son para ellas decorativas y prescindibles, un estorbo a la libre efusión del del sentimiento. El vals criollo es la expresión por excelencia de la huachafería en el ámbito musical, a tal extremo que se puede formular una ley sin excepciones: para ser bueno, un vals criollo debe ser huachafo. Todos nuestros grandes compositores (de Felipe Pinglo a Chabuca Granda) lo intuyeron así y, en las letras de sus canciones, a menudo esotéricas desde el punto de vista intelectual, derrocharon imágenes de inflamado color, sentimentalismo iridiscente, malicia erótica, risueña necrofilia y otros formidables excesos retóricos que contrastaban, casi siempre, con la indigencia de ideas. La huachafería puede ser genial pero es rara vez inteligente; ella es intuitiva, verbosa, formalista, melódica, imaginativa, y, por encima de todo, sensiblera. Una mínima dosis de huachafería es indispensable para entender un vals criollo y disfrutar de él; no pasa lo mismo con el huayno, que pocas veces es huachafo, y, cuando lo es, generalmente es malo.

Pero sería una equivocación deducir de esto que sólo hay huachafos y huachafas en las ciudades de la costa y que las de la sierra están inmunizadas contra la huachafería. El "indigenismo", explotación ornamental, literaria, política e histórica de un Perú prehispánico estereotipado y romántico, es la versión serrana de la huachafería costeña equivalente: el "hispanismo", explotación ornamental, literaria, política e histórica de un Perú hispánico estereotipado y romántico. La fiesta del Inti Raymi, que se resucita anualmente en el Cusco con millares de extras, es una ceremonia intensamente huachafa, ni más ni menos que la Procesión del Señor de los Milagros que amorata Lima (adviértase que adjetivo con huachafería) en el mes de Octubre.


Por su naturaleza, la huachafería está más cerca de ciertos quehaceres y actividades que de otros, pero, en realidad, no hay comportamiento u ocupación que la excluya esencialmente. La oratoria sólo si es huachafa seduce al público nacional. El político que no gesticula, prefiere la línea curva a la recta, abusa de las metáforas y las alegorías y, en vez de hablar, ruge o canta, difícilmente llegará al corazón de los oyentes. Un "gran orador" en el Perú quiere decir alguien frondoso, florido, teatral y musical. En resumen: un encantador de serpientes. Las ciencias exactas y naturales tienen sólo nerviosos contactos con la huachafería. La religión, en cambio, se codea con ella todo el tiempo, y hay ciencias con una irresistible predisposición huachafa, como las llamadas -huachafísicamente- ciencias "sociales". ¿Se puede ser "científico social" o "politólogo" sin incurrir en alguna forma de huachafería? Tal vez, pero si así sucede, tenemos la sensación de un escamoteo, como cuando un torero no hace desplantes al toro.

Acaso donde mejor se puede apreciar las infinitas variantes de la huachafería es en la literatura, porque, naturalmente, ella está sobre todo presente en el hablar y en el escribir. Hay poetas que son huachafos a ratos, como Vallejo, y otros que los son siempre, como José Santos Chocano, y poetas que no son huachafos cuando escriben poesía y sí cuando escriben prosa, como Martín Adán. Es insólito el caso de prosistas como Julio Ramón Ribeyro, que no es huachafo jamás, lo que tratándose de un escritor peruano resulta una extravagancia. Más frecuente es el caso de aquellos, como Bryce y como yo mismo, en los que, pese a nuestros prejuicios y cobardías contra ella, la huachafería irrumpe siempre en algún momento en lo que escribimos, como un incurable vicio secreto. Ejemplo notable es el de Manuel Scorza en el que hasta las comas y los acentos parecen huachafos.


He aquí algunos ejemplos de huachafería de alta alcurnia: retar a duelo, la afición taurina, tener casa en Miami, el uso de la partícula "de" o la conjunción "y" en el apellido, los anglicismos y creerse blancos. De clase media: ver telenovelas y reproducirlas en la vida real; llevar tallarines en ollas familiares a las playas los días domingos y comérselos entre ola y ola; decir "pienso de que" y meter diminutivos hasta en la sopa ("¿Te tomas un champancito, hermanito?") y tratar de "cholo" (en sentido peyorativo o no) al prójimo. Y proletarias: usar brillantina, mascar chicle, fumar marihuana, bailar rock and roll y ser racista.

Los surrealistas decían que en el acto surrealista prototípico era salir salir a la calle y pegarle un tiro al primer transeúnte. El acto huachafo emblemático es el del boxeador que, por las pantallas de televisión, saluda a su mamacita que lo está viendo y rezando por su triunfo, o del suicida frustrado que, al abrir los ojos, pide confesión. Hay una huachafería tierna (la muchacha que se compra el calzoncito rojo, con blondas, para turbar al novio) y aproximaciones que, por inesperadas, la evocan: los curas marxistas, por ejemplo. La huachafería ofrece una perspectiva desde la cual observar (y organizar) el mundo y la cultura. Argentina y la India (si juzgamos por sus películas) parecen más cerca de ella que Finlandia. Los griegos eran huachafos y los espartanos no; entre las religiones, el catolicismo se lleva la medalla de oro. El más huachafo de los de los grandes pintores es Rubens; el siglo más huachafo es el XVIII y, entre los monumentos, nada hay tan huachafo como el Sacre Coeur y el Valle de los Caídos. Hay épocas históricas que parecen construidas por y para ella: el Imperio Bizantino, Luis de Baviera, la Restauración. Hay palabras huachafas: telúrico, prístina, societal, concientizar, mi cielo (dicho a un hombre o a una mujer), devenir en, aperturar, arrebol. Lo que más se parece en el mundo de la huachafería no es la cursilería sino lo que en Venezuela llaman la pava. (Ejemplos de pava que le oí una vez a Salvador Garmendia: una mujer desnuda jugando billar, una cortina de lágrimas; flores de cera y peceras en los salones). Pero la pava tiene una connotación de mal agüero, anuncia desgracias, algo de lo que -afortunadamente- la huachafería está exenta.

¿Debo terminar este artículo con una frase huachafa? He escrito estas modestas líneas sin arrogancia intelectual, sólo con calor humano y sinceridad, pensando en esa maravillosa hechura de Dios, mi congénere: ¡el hombre!



- Mario Vargas Llosa. Publicado en El Comercio, Lima, 28 de agosto de 1983.

viernes, 27 de enero de 2012

Interrumpí mi educación o del paso por la universidad


Antes de comenzar mi vida universitaria, pensaba que una carrera como Derecho, sería ideal para rodearme con un ambiente donde el ius imperium era el de la cultura y las letras, encontrar personas con quienes poder hablar de Borges, de Rimbaud, de cine, de Velvet Underground. Pero no, el escenario era totalmente distinto.
La mayoría tomaba a la lectura como una asignatura más del sílabo. Recuerdo, y en esto  nada tiene que ver el sentido literario de esta nota, que muchos compañeros cuando me encontraban leyendo, me preguntaban si había examen o existía exposición: no cabía dentro de sus mentes la lectura como placer, para ellos si no cumplía con un fin utilitario no servía para nada.
¿Esto quizá, también se daba en otras carreras? por supuesto que sí, pero que ocurriera en Derecho, era lo más terrible, al final de cuentas a un Ingeniero, no se le puede pedir que sea necesariamente una lumbrera de la cultura. Pero el abogado, o proyecto, tiene la obligación, creo yo, de ser un homme de letters.
No recuerdo a ningún profesor que me emocionara, no existía ningún docente que sus clases encerraran ese verbo o sapiencia que invita a escucharlo con devoción, a no querer que llegue el recreo, al contrario lo hacia una perspectiva muy deseada. La mayoría había llegado al puesto gracias al azar o al compadrismo. Algunos conocían su materia y nada más. Eran buenos y nada más. Preferí, con el tiempo, no asistir a sus clases, salvo que la asistencia fuera parte del promedio (asistencia obligatoria); al final ya sabía que el examen iba a consistir en lo mismo: lectura desde la página 58 a 200 de algún libro o del artículo 23 a 150 de alguna norma.
Los grupos políticos formaban, también, un escenario, un tanto suprarealista (y no surrealista como muchos premios nobel escriben) y decepcionante. La mayoría era gente que se llenaba la boca, hablando de mejorar o cambiar las cosas (sin tener propuestas ambiciosas u originales). Había, también, los marxistas que no habían leído a Marx, que desconocían quien era Bakunin, que tenían la mejor de las intenciones (todos decían lo mismo), y después los veías con algún cachimbo (mote que se les da a los que recién ingresan a la universidad), negociando su voto por entradas a algún concierto o para el ingreso al comedor universitario. Sí, porque si querías ingresar al comedor, tenías que pasar antes por el a padrinazgo de alguno de aquellos lobos sedientos de poder  y dinero.
Pero, después de todo, no fue tan malo mi paso por la universidad. Hice muy buenos amigos, con los cuales compartí muy buenos momentos y anécdotas, porque creo que la amistad consiste en tener mucho más que coincidencias literarias, musicales o cinéfilas: la amistad es saber que por más que la distancia o los cambios de costumbres o aficiones, siempre vas a poder contar con un oído que te escuche y te comprenda. Y, al final, la mayoría de intelectuales, o seudos, han sido una gran decepción, tipos que creen que solo lo que ellos hacen tiene importancia, y los demás son brutos o ignorantes, porque no saben quién es Kurosawa o Buckouski, olvidan que al final el arte ha sido creado para entretener, no para ser más inteligente o culto, no para crear guetos aburridos. 

jueves, 23 de octubre de 2008

¿Cuál es la obligación moral del verdadero hombre culto? - Marco Aurelio Denegri

Artículo del poligrafo peruano

Por Marco Aurelio Denegri.


"La obligación moral del verdadero hombre culto –dice el gran novelista Henry Miller– es corromper. Sí, corromper, y corromper especialmente a los jóvenes, a los niños. Hay que salvar a las nuevas generaciones de la obra nefasta de la educación. Hay que abrirles los ojos a nuestros hijos, por fin, después de muchos años de obscurantismo. Los grandes hombres del pasado, Sócrates, Jesús, San Francisco, todos ellos fueron terribles corruptores. Sus palabras y sus ejemplos disgregaron el orden establecido, liberaron los sentimientos reprimidos, dieron nuevo valor a los estímulos de la mente y del cuerpo. Pero ahora nos hallamos en una encrucijada: felicidad o destrucción. El hombre debe elegir."


Disidente y crítico insobornable del Sistema, Miller dice frontal y resuelto en la página inicial de su Trópico de Cáncer lo siguiente:


"¿Y qué es, entonces, esto que escribo? No es un libro. Es libelo, calumnia, difamación. No es un libro en el sentido ordinario de la palabra. No. Es un insulto prolongado, un escupitajo en la faz del Arte, una patada en el culo a Dios, al Hombre, al Destino, al Tiempo, al Amor, a la Belleza..., a lo que gustes y mandes. Voy a cantar para ti, un poco desentonado, quizá, pero cantaré. Cantaré mientras te estés muriendo y bailaré sobre tu sucio cadáver."


Anécdota dictatorial


El dictador venezolano Antonio Guzmán Blanco (1829-1899), encarnación del autoritarismo drástico, pronunció una frase célebre en su lecho de muerte. Al pedirle su confesor que perdonara a sus enemigos, respondió:


"No puedo; los he matado a todos."


Esta anécdota consta en el libro de Jacques Bainville, Los Dictadores. Al cabo de muchos años he releído esta obra y sigo juzgando admisibles las palabras liminares del autor.


"La dictadura –dice Bainville– es como muchas cosas. Puede ser la mejor o la peor de las formas de gobierno. Hay excelentes dictaduras. Las hay detestables. Buenas o malas, ocurre, por lo demás, que con frecuencia las imponen las circunstancias. Entonces los interesados no eligen: soportan."


También me siguen pareciendo juiciosos los párrafos finales de la Conclusión.


"Eckermann preguntaba un día a Goethe –escribe Bainville– si la humanidad no vería el fin de las guerras. ‘Sí’, respondió el olímpico de Weimar, ‘con tal de que los gobiernos sean siempre inteligentes y los pueblos siempre razonables’.


"Otro tanto diremos de las dictaduras. Se evitan cumpliendo las mismas condiciones. Pero los buenos gobiernos son raros. Y Voltaire dijo que el grueso del género humano ha sido y será siempre imbécil."


El auténtico dictador es transparente en su conducta y jamás se avergüenza de ser abusivo y despreciador sistemático y obstinado de la democracia y las leyes.
Los dictadores de la antigüedad eran así y por eso Flaubert, que los admiraba, decía que detestaba la dictadura moderna, porque era bestia y tímida, al paso que elogiaba a Heliogábalo y Nerón por la diafanidad de sus brutalidades y atropellos, y porque no se avergonzaban de cometerlos.


Seguramente Flaubert asentía gozoso a lo que el hagiógrafo dice en el siguiente pasaje:"Conozco tus obras y sé que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Mas porque eres tibio y no caliente ni frío, estoy por vomitarte de mi boca." (Apocalipsis, 3: 15-16.)




HENRY MILLER. (1891-1980) (Esta fotografía de Miller –muy buena– se la tomó en 1946 el pintor, fotógrafo y cineasta norteamericano, Man Ray, 1890-1977.)

miércoles, 22 de octubre de 2008

¿Y el hombre dónde estaba? - Mario Vargas Llosa

Por Mario Vargas Llosa

El País

En el año 1944, en Dhaka, Bengala, entonces todavía parte de la India, un niño de once años vio llegar arrastrándose al jardín de su casa a un hombre malherido que pedía agua. Se llamaba Kader Mia y era un operario musulmán miserable que, pese a los desórdenes y las matanzas que ensangrentaban la ciudad, había salido a trabajar para poder alimentar a su familia. Lo lincharon en la calle fanáticos hinduistas por el único delito de ser musulmán, así como muchos musulmanes fanáticos degollaban en los barrios de Dakha a los hinduistas que encontraban en su camino. Kader Mia falleció en los brazos de aquel niño y su padre cuando éstos trataban de llevarlo a un hospital.

Amartya Sen, el niño de mi historia, nunca olvidó aquel episodio de su infancia ni las matanzas de cientos de miles de personas que ocurrieron aquellos días en la India por la guerra religiosa desatada entre hinduistas y musulmanes, que culminaría con el desmembramiento del país y el nacimiento de Paquistán, país que, años más tarde, se desmembraría a su vez por luchas despiadadas entre los propios musulmanes, por razones étnicas y regionales, a causa de las cuales nacería Bangladesh.

Desde aquel entonces, el futuro economista y filósofo, galardonado con el Premio Nobel de Economía y uno de los pensadores liberales más lúcidos de nuestro tiempo, aprendió a desconfiar de esas categorías colectivas -religión, raza, nación, lengua, etcétera- que pretenden definir de manera concluyente lo que es un individuo y a ver en esa "minimalización del ser humano", como la llama, a la corta o a la larga, una semilla de violencia y de crimen.

"¿Y el hombre dónde estaba?", dice uno de los versos del Canto general, de Neruda, que recuerdo desde la primera vez que lo leí, de adolescente. Es la pregunta que parece hacerse Amartya Sen en cada una de las páginas de su último libro, Identity and Violence. The Illusion of Destiny , recientemente publicado en una Inglaterra que he encontrado -vuelvo después de casi ocho meses- removida, desde las bombas terroristas de julio de 2005, con debates y dilemas sobre los temas del multiculturalismo y la existencia en el suelo británico de comunidades de razas, lenguas, culturas y credos diferentes.

En efecto, ¿dónde están el hombre y la mujer singulares y concretos, de carne y hueso, en esas abstracciones en que los disuelven los teorizadores, políticos y clérigos colectivistas para quienes la credencial definitiva y determinante de un individuo es su pertenencia a un colectivo? Disueltos, desaparecidos, regresados brutalmente a la condición tribal, a ser sólo piezas desechables del ente gregario, de modo que así puedan ser mejor odiados o endiosados.

Aunque su libro sea una refundición de conferencias y textos escritos para todos los rincones del mundo, y por momentos resulte algo repetitivo, se trata de un ensayo apasionante, valeroso y polémico, que trata de hacer prevalecer el análisis racional y la sensatez intelectual sobre los actos de fe, los prejuicios y las pasiones políticas que generalmente enturbian toda discusión sobre la identidad, el multiculturalismo, la globalización y la nacionalidad en nuestros días, en un mundo que, desde los terribles atentados terroristas de Nueva York, Washington, Madrid y Londres, se siente inseguro y confuso sobre aquellos asuntos y al que, sobre todo, el fenómeno de una inmigración creciente e inatajable de personas de confesión musulmana ha llenado de prevenciones y suspicacias.

Amartya Sen recuerda una y otra vez, con ejemplos al alcance de la inteligencia más elemental, que todo ser humano es muchas cosas a la vez y que tratar de encajonarlo en una "pequeña cajita" -por ejemplo, su religión, su raza o su lengua- es desnaturalizarlo totalmente y condenarse a no entenderlo. Todos pertenecemos a muchas colectividades y esa múltiple pertenencia, a la vez que nos acerca y emparienta con un vasto sector, nos va diferenciando y alejando de otros (de los que también somos parte). De este modo surge nuestra identidad, en razón de una combinación muy compleja, y en cada caso diferente, de circunstancias que nos son impuestas y elecciones libres con las que confirmamos o rechazamos lo que se nos viene dado por nacimiento, familia o educación, y optamos por algo distinto.

Las identidades colectivas suprimen mediante una reducción arbitraria aquellas matizaciones y ven en los seres humanos no criaturas soberanas, con derechos y deberes inherentes a su individualidad, sino productos seriales, idénticos entre sí, privilegiando una sola de sus características -por ejemplo, ser negro, musulmán, cristiano, blanco, budista, vasco, judío, etcétera- y aboliendo todas las demás.

Ese descuartizamiento de la humanidad en bloques rígidamente diferenciados es peligroso, porque alienta el fanatismo de quienes se consideran superiores -el pueblo elegido, la raza pura, la verdadera religión, la clase redentora, la nación ejemplar- y los autoriza a ejercer la violencia sobre los otros.

Es, además, una distorsión profunda de la realidad humana, sobre todo en la época moderna, uno de cuyos grandes logros es justamente haber abierto mucho el espectro de opciones entre las que el hombre y la mujer pueden, mediante un libre ejercicio de su libertad, decidir ser diferentes del grupo, secta, comunidad o colectivo del que proceden.

La identidad no es una condición metafísica, estática, sino una realidad viva y, por lo tanto, en permanente proceso de recreación.

Yo soy un buen ejemplo de ese crucigrama de pertenencias y rechazos que, como dice Amartya Sen, constituyen la identidad de un individuo, para mí la única aceptable. Peruano, latinoamericano, español, europeo, escritor, periodista, agnóstico en materia religiosa y liberal y demócrata en política, individualista, heterosexual, adversario de dictadores y constructivistas sociales -nacionalistas, fascistas, comunistas, islamistas, indigenistas, etcétera-, defensor del aborto, del matrimonio gay, del Estado laico, de la legalización de las drogas, de la enseñanza de la religión en las escuelas, del mercado y la empresa privada, con debilidades por el anarquismo, el erotismo, el fetichismo, la buena literatura y el mal cine, de mucho sexo y tiroteo.

¿Se agota lo que soy en esa pequeña enumeración en la que, a simple vista, abundan las incoherencias y contradicciones? No. Podría llenar todavía varias páginas más mencionando todo lo que creo ser y no ser y estoy seguro de que siempre se me quedarían muchas cosas en el tintero. Cada una de ellas me solidariza con buen número de personas y me enemista con otras tantas y de toda esa amalgama de tensiones y fraternidades, que nunca se aquieta, que está siempre rehaciéndose, resulta mi identidad, la única en que me reconozco. Todo el mundo podría decir otro tanto de sí mismo, si se examina con imparcialidad.


Amartya Sen reconoce, desde luego, que uno de los rasgos de una persona puede, en ciertas circunstancias, convertirse en esencial. Ser judío en la Alemania nazi, por ejemplo, o ser negro en la Africa del Sur del apartheid, reducía a una persona a ser sólo eso, a los ojos de los victimarios racistas, para poder matarla o discriminarla con buena conciencia. Ser gay entre homófobos o ateo entre creyentes fanáticos obliga a una persona a privilegiar esta condición sobre las otras, ya que ella lo convierte en un marginal y a veces en un perseguido. En todos estos casos son los otros, por su intolerancia y sus prejuicios, quienes imponen aquella reducción de la complejidad y diversidad que es todo ser humano, para hacerle sentir, al que se diferencia del rebaño, su rechazo o su odio. El profesor Sen -indio de nacimiento, inglés de formación, profesor a caballo de Harvard y de Cambridge, ciudadano del mundo por vocación- critica en su libro a los gobiernos que, como el británico y el francés, con las mejores intenciones, han convertido en personeros e interlocutores de las comunidades de inmigrantes musulmanes a los líderes religiosos.

¿No es ésta también, se pregunta, una manera de confinar a los inmigrantes en una de esas cajitas gregarias donde son desindividualizados y transformados en masa? Si se quiere que los inmigrantes se integren en las sociedades occidentales lo peor que se puede hacer es entregarlos atados de pies y manos a esos clérigos entre los que, a menudo, figuran los islamistas más intolerantes y opuestos a toda forma de asimilación. Estoy casi en todo de acuerdo con los sólidos argumentos de Amartya Sen. Salvo en uno. Para él, ni siquiera la cultura, en su vasta acepción -las tradiciones, la lengua, los usos y costumbres- constituye un obstáculo considerable para que una persona singular pueda elegir su soberanía optando por opciones totalmente ajenas a su comunidad. Sin duda, ése es el ideal, que la libertad pueda ejercitarse por todos y de modo tan radical. Pero me temo que no sea así y que, en muchos casos, el factor cultural constituya un obstáculo mayor para que un hombre o una mujer puedan romper con la tiranía de la tribu. No es imposible que lo consigan, pero el precio puede ser muy alto. Aconsejo a quien lo ponga en duda que lea la autobiografía de Ayaan Hirsi Ali, Infidel , donde narra la heroica aventura que fue para ella emanciparse de la opresión religiosa y cultural y conquistar su libertad. Me entusiasma que los dos ensayos más importantes recién aparecidos en Occidente sobre la cultura de la libertad los hayan escrito un indio y una somalí.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Calumniando al pisco (Cesar Hildebrant)

Dicen que el pisco es la patria líquida, el río ardiente de nuestras raíces. Pero yo lo uso como elevador de octanaje.Dicen que el pisco es lo que Chile no puede tener, el maná de Baco y la divina copita milagrosa. Pero a mí me tienta usarlo como desatorador.

Dicen que cura el resfrío, mata el berrinche, limpia las venas, entumece las tristezas, alivia la gastritis, le da su chiquita al sarro arterial, es amigo de la digestión y enemigo de las pedorreras, dicen que es el secreto de la longevidad iqueña y que hasta sus borracheras son apacibles y dormilonas. Pero a mí no me pasa por el gaznate.

Pero sobre todo dicen que no se puede ser peruano sin el pisco, que el pisco te da un DNI afectivo que no puedes obtener en ninguna parte y que si no lo bebes con entusiasmo o lo chupas de las cañerías de la misma patria, entonces algo de traidorzuelo tienes, un aire de no haber cantado a Polo Campos ni de haber jaraneado en el club ese que tiene un Señor de los Milagros gigante tras el zaguán. Pero a mí el pisco me sabe a agua pesada con iridio.

Más: no he podido jamás llenarme el buche con esa sustancia corrosiva que no quiere que te la tomes sino que busca dominarte, invadirte y hasta incriminarte.

Más: a mí el pisco siempre me ha parecido un producto ajeno al campo y al sol, lejano de los valles soleados y los agricultores ensombrerados del sur chico.

Porque creí hasta hace poco que el pisco era el elíxir inventado por un químico loco y hasta llegué a creer que la quebranta era una cal que podía conseguirse en las ferreterías. En suma, llegué a creer que la Química Suiza era una gran productora de pisco.

Dicen que el pisco es arriba Perú y no nos ganan y que este aguardiente-fetiche es, además, imprescindible en las ceremonias de graduación de los adolescentes que pasan al estadio de hombres hechos y derechos.

–Salud, Javiercito –dice el papá. Y Javiercito liquida la enésima copita antes de caer desmayado para siempre. Este fuego aceitoso, esta agua que hierve sin hervir, esta quinina que gotea, esta lengua viperina de las uvas, este tufo de dragón metido en una botella, este pisco idolatrado por todos a mí me parece el más linajudo de los ácidos muriáticos. Mil perdones.